martes, julio 28, 2026

¿Los huañinos marchan por el Perú!

 

¡Los huañinos marchan por el Perú!

Colección: El encanto huañino

Escrito por: David Rivera Romero

Foto de año reciente


Julio llegaba siempre vestido de rojo y blanco. Apenas el frío descendía de los cerros y el cielo de Huáñec amanecía limpio, azul e inmenso, el corazón del pueblo empezaba a latir de otra manera. Los muchachos de la Escuela Fiscal de Antamaque ya no hablábamos de otra cosa que no fuera el gran desfile de Fiestas Patrias.

—¡Este año tenemos que hacer el mejor desfile que haya visto Huáñec! —decíamos con el entusiasmo propio de nuestros pocos años.

Era 1971, el año del Sesquicentenario de la Independencia del Perú. En cada escuela del país se respiraba un profundo fervor patriótico, y nuestro pequeño distrito, escondido entre los cerros de Yauyos, no era la excepción. Para nosotros, celebrar al Perú era celebrar también a Huáñec, nuestra tierra querida, donde aprendimos a amar la bandera antes incluso de conocer el inmenso territorio que ella representaba.

Los preparativos comenzaban varias semanas antes. Un domingo entero caminábamos hasta la quebrada de Tinco para cortar el mejor carrizo. Con aquellas cañas fabricábamos los faroles que iluminarían el desfile nocturno del 27 de julio. Nadie quería que su farol fuera igual al de otro. Algunos tenían forma de estrella; otros, de torre, de barco o de escudo nacional. Cada uno llevaba un pedacito de nuestra imaginación infantil.

Mientras tanto, cada salón construía su propio globo aerostático. ¡Qué trabajo tan delicado! Había que pegar cuidadosamente cada pliego de papel de seda, combinar los colores rojo y blanco, calcular el tamaño de la antorcha y revisar una y otra vez que el aire caliente pudiera elevarlo hasta perderse entre las estrellas. Aquello era casi una competencia de ingenieros, aunque apenas cursábamos la primaria.

Las madres cosían los últimos detalles de los uniformes; los padres arreglaban la plaza y colocaban banderolas, cadenetas y banderas en cada balcón; los abuelos limpiaban las bancas mientras recordaban las celebraciones de su juventud. Desde la panadería San Cristóbal escapaba el irresistible aroma del pan recién salido del horno de barro, mezclándose con el perfume del eucalipto y de la tierra húmeda.

Todo Huáñec parecía prepararse para recibir al Perú.

El 26 de julio quedó listo hasta el último detalle. La banda escolar afinaba sus instrumentos; los batallones ensayaban el paso marcial una y otra vez; los niños repetíamos nuestros discursos patrióticos mirando de frente, tal como nos enseñaban los profesores. También se ultimaban los ensayos de la gran velada artístico-musical que, como cada año, reuniría a toda la comunidad después del desfile de antorchas.

Por fin llegó la esperada víspera.

Cuando el reloj marcó las seis de la tarde del 27 de julio, el patio de la escuela era un hervidero de emoción. Cada alumno sostenía orgulloso su farol; algunos lo protegían del viento con ambas manos, como si llevaran una pequeña llama de esperanza.

A las siete en punto comenzó uno de los momentos más esperados por grandes y chicos: el lanzamiento de los globos aerostáticos.

Desde la planicie de Antamaque, frente a la escuela, cada sección soltó su globo entre aplausos, vivas y gritos de emoción.

—¡Vamos, tercero!
—¡Más arriba, quinto!
—¡Que llegue hasta Lima!

Los enormes globos ascendían lentamente iluminando la noche serrana. Parecía que el cielo también quería vestirse de rojo y blanco. Pero hubo uno que superó a todos: el globo del cuarto año. Subió tan alto que terminó convertido en un diminuto punto rojo, semejante a una estrella que viajaba rumbo a los cerros de Almavado.

La algarabía fue indescriptible.

—¡Ganó cuarto año!

Los aplausos retumbaron por todo el pueblo.

Sin perder tiempo, la banda escolar dio el primer toque de corneta.

Los tambores marcaron el paso.

Las trompetas rompieron el silencio de la noche.

Y comenzó el inolvidable desfile de faroles.

Las calles empedradas de Huáñec parecían un río de luces. Los faroles se mecían al compás de la marcha mientras la banda interpretaba vibrantes melodías patrióticas. Las ventanas estaban repletas de familias que saludaban emocionadas; desde los balcones caían vivas al Perú y pañuelos blancos ondeaban al viento helado de la sierra.

Al llegar a la plaza principal, las autoridades aguardaban en los balcones del Cabildo: el alcalde, los regidores, el gobernador, el juez de paz, el párroco y los dirigentes de las comunidades campesinas. Todos se pusieron de pie para aplaudir el paso de los escolares.

—¡Viva el Perú!
—¡Viva Huáñec!
—¡Vivan nuestras comunidades campesinas!

Las voces resonaban entre los cerros como si las montañas mismas respondieran al saludo patrio.

Aquella noche todavía guardaba otra sorpresa.

La velada artístico-musical fue, quizá, la más recordada de toda una generación. No solo participaron los estudiantes; también lo hicieron los clubes deportivos San Cristóbal, Rayo de Oro y El Porvenir, junto con las comunidades campesinas. La fiesta comenzó con un solemne Himno Nacional entonado por todo el pueblo. Luego llegaron las marchas deportivas, las poesías patrióticas, los dramas escolares sobre la independencia, las canciones acompañadas por arpa, violín y quena, y finalmente la majestuosa danza del Rey Inca, interpretada por los alumnos de quinto de primaria.

Cuando el reloj se acercaba a la medianoche, nadie quería regresar a casa.

Huáñec seguía celebrando al Perú.

El amanecer del 28 de julio encontró la plaza completamente abarrotada. Habían llegado visitantes de San Joaquín, Cochas y otros pueblos vecinos. Los ponchos multicolores, los sombreros de ala ancha y las cintas rojiblancas llenaban de color la plaza mientras la banda afinaba sus últimos acordes.

Entonces se hizo un profundo silencio.

El director de la banda levantó lentamente la corneta.

Una sola nota bastó para estremecer al pueblo entero.

Los tambores comenzaron a retumbar con fuerza.

Las trompetas parecían conversar con los cerros.

Los escolares marchábamos erguidos, orgullosos de llevar el uniforme impecable y la bandera nacional al frente del batallón. Cada paso era un homenaje a los hombres y mujeres que nos dieron una patria libre.

Las madres lloraban discretamente de emoción.

Los padres aplaudían sin descanso.

Los abuelos sonreían orgullosos al ver que una nueva generación aprendía a amar al Perú con la misma intensidad que ellos.

Los discursos de los niños despertaban prolongados aplausos y repetidos vivas a la patria. No eran simples palabras aprendidas de memoria; eran la voz sincera de una generación que crecía creyendo que servir al Perú comenzaba respetando a la escuela, ayudando al vecino y trabajando unidos por el progreso del pueblo.

Al concluir la ceremonia, el director resumió el sentimiento de todos:

—Hoy no ha desfilado únicamente una escuela. Hoy ha marchado todo Huáñec. Porque el amor al Perú no se demuestra solamente con una banda o con un uniforme. Se demuestra trabajando unidos, honrando nuestra historia y construyendo un mejor futuro para nuestros hijos.

Un largo aplauso envolvió la plaza.

Desde entonces, cada vez que la banda escolar vuelve a recorrer las calles durante las Fiestas Patrias, los mayores cuentan a los niños aquella inolvidable celebración de 1971, cuando un pequeño pueblo de la serranía limeña hizo sentir que el Perú entero marchaba al compás de sus cornetas.

Y todavía hoy, cuando el viento baja desde las cumbres de Huáñec y atraviesa las calles silenciosas, muchos aseguran escuchar, mezclado con el eco de los cerros, el inconfundible sonido de aquellas cornetas escolares que parecen repetir una misma consigna:

—¡Arriba, huañinos! ¡Porque el Perú también nace y se engrandece desde nuestros pueblos andinos!

Después llegaron las vacaciones de medio año. Sin embargo, el eco de las marchas, el brillo de los faroles, los globos perdiéndose entre las estrellas y el orgullo de haber desfilado por la patria permanecieron grabados para siempre en la memoria de aquellos niños que, sin saberlo, escribieron una de las páginas más entrañables de la historia de Huáñec.

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