domingo, octubre 05, 2025

Lección de vida — Chano Rula

 

Escrito por: David Rivera Romero.

Era una tarde soleada de agosto de 1970. El viento corría ligero, moviendo suavemente las espigas doradas de las chacras de Antamaque. El cielo azul se extendía limpio, con apenas unas nubes blancas que parecían descansar sobre la cima de los cerros.

Caminaba yo por los senderos polvorientos, cuando, al otro lado de la quebrada, divisé a un hombre sentado en la orilla de una sementera de trigo. Desde la distancia no pude reconocerlo. Llevado por la curiosidad, descendí hacia la quebrada, crucé el arroyo cristalino que discurría sereno entre piedras lisas y musgosas. El agua cantaba bajito, como quien tararea un yaraví.

Subí la ladera y avancé en línea recta. Ya más cerca, a unos metros, distinguí la figura: un hombre de unos cincuenta años, delgado, con el rostro curtido por el sol y el viento serrano. Llevaba un sombrero negro de fieltro, ya gastado en el ala; una camisa guinda a cuadros, las mangas largas arremangadas en los codos; pantalón chumpe de cordillate y un par de botas negras, de esas firmes que alguna vez calzaban los gendarmes, como se les llamaba a los policías, tiempos atrás.

Estaba sentado al borde del precipicio, con los codos apoyados en los muslos, los puños sosteniendo la cara, inmóvil, como si conversara en silencio con la distancia. Sus ojos, hundidos y brillantes, estaban fijos en el horizonte: los pueblos de San Joaquín y Cochas se dejaban ver allá abajo, envueltos en un manto de luz que poco a poco cedía a la sombra.

Me acerqué silbando un huayno, a ver si así volteaba. Pero no reaccionó. Parecía hipnotizado por aquel diálogo de las montañas y la luz solar.

Cuando estuve a unos cinco metros, lo reconocí: era Chano, el carpintero del pueblo. El famoso Chano rula.

Buenas tardes, don Chano —dije con respeto.

Él giró lentamente, con una sonrisa cansada, y respondió:
—Hola, David, buenas tardes. ¿Qué haces por aquí, muchacho?

—Le vi desde el frente —contesté—, y quise saber qué hacía usted sentado en esta orilla.

—Ah… —murmuró, golpeando suavemente la piedra con la palma de la mano—. Siempre que puedo, vengo hasta aquí. Esta es mi silla de piedra. Anda, siéntate a mi lado.

Acepté gustoso. Desde allí, la quebrada se abría profunda, como un gran mural pintado por la naturaleza. Los cerros altos, verdes y pardos, dejaban caer sus sombras alargadas que parecían gigantescos dedos señalando los valles.

—¿Ves esas sombras del frente? —me dijo Chano, con la mirada fija en los perfiles montañosos—. Hace un rato, la sombra de la izquierda era pequeña y la de la derecha, grande, muy grande. Ahora ya se enfrentan, casi iguales, como si discutieran. Pero en unos minutos más, cuando el sol baje, la sombra de la izquierda crecerá, avanzará lento, paso a paso… hasta cubrir a la otra. Y cuando eso pase, David, también nosotros estaremos envueltos en la sombra. Será hora de volver a Huáñec.

Sus palabras me estremecieron. ¡Qué manera tan sabia de ver el mundo! Chano no miraba solo cerros ni sombras: miraba la vida misma reflejada en la naturaleza.

Animado por su serenidad, saqué del bolsillo un papel arrugado.
—Mire, don Chano, estoy escribiendo unos versos para un concurso de literatura en el colegio. Quiero que me diga qué le parecen.

Él tomó el papel con cuidado, como si fuera un objeto sagrado. Lo leyó en silencio una y otra vez, con la frente fruncida. Al terminar, levantó los ojos y me dijo:
—Está bonito, David. Pero mira… aquí te falta una rima, aquí una coma. Y aquí, cambia esta palabra, le dará más fuerza.

Mientras hablaba, sus dedos manchados de aserrín señalaban cada corrección con firmeza, pero con ternura. Sentí entonces, que aquel carpintero no solo tallaba madera, también tallaba palabras y pensamientos.

Cuando acabamos de pulir los versos, la sombra ya nos había alcanzado. El aire se tornó fresco, y los grillos comenzaron su canto en la quebrada. Caminamos de regreso al pueblo, paso a paso, en silencio. Yo con la hoja corregida en el bolsillo, él con la mirada todavía clavada en las montañas.

Aquella tarde, comprendí que la verdadera sabiduría no se grita: se comparte con sencillez, como una sombra que avanza despacio hasta envolvernos.

Y estos son los versos que presenté en aquel concurso:

LECCIÓN DE VIDA

No puedo dar lo que no tengo,
amor, consejo, ni un solo bien.
Si no lo siento, no lo expreso,
es un engaño, un cruel desdén.

El que no es humilde, no enseña,
el que no ama, no puede dar.
El hipócrita, con falsa lengua,
solo hiere, sin nada que amar.

Las lecciones sin corazón,
no son más que un eco vacío,
un grito hueco, un falso eco,
que deja el alma en un vacío.

Si no lo vives, no lo digas,
callar es mejor, es más sincero.
Aprender primero, luego hablar,
es la verdad, el camino entero.

No hay mayor engaño que la falsedad,
no hay peor dolor que la hipocresía.
Solo podemos dar lo que llevamos,
con corazón, con verdad, con alegría.