Colección "El encanto huañino"
Recopilado por David Rivera Romero
Huáñec, 2022
—¡Mi hermano! ¡Al fin estás de vuelta!
—¿Tú eres el Saturnino? ¡Ni te reconocía con esa barriga!
Los
abrazos eran apretados, las carcajadas sinceras y las palmadas en la espalda
sonaban fuerte, como si quisieran recobrar en un segundo los años perdidos.
Encuentro de amigos en el baile social
La
fiesta traía procesión, misa, desfile de jinetes, y la tradicional corrida de
toros. Pero la noche… ¡la noche era del baile social! Un evento que nadie osaba
perderse. Se realizaba por turno en los locales de las dos comunidades
campesinas. Esta vez tocaba en el local de la comunidad de arriba, el más
amplio, adornado con ramas de eucalipto, cintas y faroles de papel.
La
banda de músicos, ya instalada, probaba sus instrumentos. Jonás, conocido como “Nashito”,
era el trompetista principal. Vestía su traje negro con solapas rojas, su
corbatita verde y una sonrisa de oficio que ocultaba el cansancio. Tocaba con
alma. La música era su vida.
Mientras
afinaba, sintió un golpecito en la espalda. Se volteó.
—¡Shato!
—gritó con alegría, dejando la trompeta a un lado para abrazar a su viejo amigo
Saturnino—. ¡No lo puedo creer! ¿Cuánto ha pasado?
—Quince
años, hermano —respondió Shato, emocionado—. Quince años y recién puedo volver.
Estaba en Pichanaki, ya sabes, trabajando con los camiones… y bueno, aquí
estoy. ¡Tenía que venir para la fiesta!
Se
abrazaron largo, como quien quiere comprobar que el otro es de carne y hueso.
—Sigues
igualito, Nashito. Aunque con más cachetes, ja ja…
—Y
tú ya pareces patrón, oye. Hasta huele a selva tu chompa. ja ja ja…
—¡Cállate
zonzo! Oye, escúchame… —Shato se inclinó un poco, hablándole en voz baja—.
¿Puedes hacerme un favor?
—Claro,
lo que quieras, compadre.
—Toca
un vals, pero no cualquiera. Quiero bailar "Cariñito".
—¿"Cariñito"?
Ufff, de los buenos… ¿A quién vas a invitar, ah?
Shato
sonrió nervioso, y bajando más la voz, confesó:
—He visto a mi "antigua", Nashito… Está allá, con sus primas. No
sabes lo que sentí al verla. Como si el corazón me hubiera pateado el pecho.
Nashito
sonrió con complicidad.
—¡Ajá!
El amor viejo nunca muere, dicen. Ya está, hermano. Tú prepárate que yo me
encargo del vals.
Se
palmearon la espalda y se separaron justo cuando el presentador anunciaba a la
banda.
El vals "Cariñito"
—¡Atención,
atención! ¡Se abre el baile social! ¡Y con ustedes, la Banda de música Filarmónica
de Huáñec!
Los
aplausos retumbaron. Los músicos iniciaron con un huayno, luego un pasacalle.
Las parejas empezaban a animarse, los pisos crujían bajo el zapateo. El aroma a
chamis y perfume flotaba en el aire. Nashito, con una seña rápida, avisó a sus
compañeros:
—Después del huayno, va “Cariñito”, como lo hacíamos en Huarochirí.
Y
así fue. El vals empezó, suave, melancólico, con esa melodía que duele bonito.
Al primer acorde, los varones se lanzaron a buscar pareja, casi peleándose por
las mejores. La pista se llenó rápido.
Nashito,
mientras tocaba, curioseaba entre la multitud. Quería ver a Shato y a su
“antigua”. Se paró de puntitas, sin dejar de tocar.
—¿Dónde está ese conchudo…? —pensó.
Al
fin lo encontró, bailando en la parte central, abrazado a una mujer de manta
labrada, vestido celeste y largas trenzas. Pero al verla bien, casi se le sale
la trompeta de la boca.
—¿¡Qué!? ¿Con… Eugenia? ¿Con mi Geña?
Sintió
que la sangre se le subía a la cara.
—¡Con razón me pidió el vals ese caradura! ¡Está bailando con mi esposa!
Intentó
dejar de tocar, pero el deber pudo más. Terminó el vals como pudo, tragándose
la furia.
Siempre aclarando las
cosas
Al
acabar la pieza, bajó el instrumento bruscamente. Buscó con la mirada a Shato.
No tuvo que ir lejos: él mismo se acercaba, sonriente.
—¡Gracias,
hermano! ¡Ese vals estuvo hermoso! Pero escúchame… —se acercó más y bajó la
voz—. Te tengo que confesar algo…
Nashito
ya tenía los puños cerrados.
—¡¿Qué
cosa quieres ahora?! —espetó, respirando con dificultad.
—Escúchame,
escúchame —dijo Shato, levantando las manos—. No pude llegar a donde estaba
Natí, ¿te acuerdas de Natalia? De la secundaria, se me adelantaron. Y como no
iba a quedarme solo, justo vi a tu Geña cerquita, y le pedí el baile. ¡Pero
solo por no quedarme parado como tonto!
—¿Y
encima me pides "¿Cariñito”, desgraciado?
—¡No
seas celoso, Nashito! —bromeó Shato, palmeándole el hombro—. ¿Qué crees? ¡Si
hasta me dio miedo invitarla! ¡Está más seria que inspectora de colegio!
Nashito
lo miró fijo… y terminó soltando una carcajada.
—¡Ay, Shato! ¡Por poco te rompo el hocico!
—Ya
pasó, ya pasó. Ahora escúchame, esta vez sí voy a bailar con Natí. ¿Puedes
tocar “Celoso”? Así, con arte, pa’ que sepa que todavía me acuerdo.
—¿Tú
estás loco o tienes licencia para hacerme rabiar? —gruñó Nashito, pero
sonriendo—. Ya está, hermano. Pero esta vez, no te confundas de mujer.
—¡Palabra
de huañino!
El Final
Y
la fiesta siguió. La banda tocó huaynos, valses, boleros, corridos. Nashito,
entre pieza y pieza, se bajaba a bailar con su Geña, que ya lo miraba de reojo
como sabiendo todo. Shato, esta vez sí, logró sacar a Natí, quien aceptó la
invitación con una sonrisa tímida. Bailaron pegaditos, como si el tiempo no
hubiera pasado.
Cuando
los primeros rayos del sol asomaron por los cerros, las últimas parejas aún
giraban al ritmo de la tradicional “despedida yauyina”, la muliza de la Calandria Peruana.
El local estaba lleno de pasos, risas, abrazos y promesas de volver.
—¡Que
viva Huáñec! —gritó alguien, alzando una media botella de chamis.
Y
todos, como en coro, respondieron:
—¡¡Salud!!
