miércoles, mayo 03, 2023

Un vals para bailar con mi “antigua”

 


Colección "El encanto huañino"                        

Recopilado por David Rivera Romero

Huáñec, 2022

La Fiesta y los Visitantes

Junio llegaba, y con él, las fiestas patronales de San Antonio y Santísima trinidad, la más esperada del año en el pueblo. Las casas se adornaban con banderines de colores, y desde días antes, las cocinas hervían con los aromas del olluquito con charqui, la pachamanca, la calabaza guatya, el caldo de mote y el café con cañazo conocido como “Chamis”. Las campanas de la iglesia repicaban más seguido, como si también se prepararan para recibir a los visitantes.

El pueblo cobraba vida. Volvían los que habían emigrado hace años en busca de mejores horizontes, muchos desde Lima, otros desde la selva o la costa. Y así, la plaza se convertía en escenario de reencuentros:
—¡Oye, compadre! ¿Cuántos años han pasado?
—¡Mi hermano! ¡Al fin estás de vuelta!
—¿Tú eres el Saturnino? ¡Ni te reconocía con esa barriga!

Los abrazos eran apretados, las carcajadas sinceras y las palmadas en la espalda sonaban fuerte, como si quisieran recobrar en un segundo los años perdidos.

Encuentro de amigos en el baile social

La fiesta traía procesión, misa, desfile de jinetes, y la tradicional corrida de toros. Pero la noche… ¡la noche era del baile social! Un evento que nadie osaba perderse. Se realizaba por turno en los locales de las dos comunidades campesinas. Esta vez tocaba en el local de la comunidad de arriba, el más amplio, adornado con ramas de eucalipto, cintas y faroles de papel.

La banda de músicos, ya instalada, probaba sus instrumentos. Jonás, conocido como “Nashito”, era el trompetista principal. Vestía su traje negro con solapas rojas, su corbatita verde y una sonrisa de oficio que ocultaba el cansancio. Tocaba con alma. La música era su vida.

Mientras afinaba, sintió un golpecito en la espalda. Se volteó.

—¡Shato! —gritó con alegría, dejando la trompeta a un lado para abrazar a su viejo amigo Saturnino—. ¡No lo puedo creer! ¿Cuánto ha pasado?

—Quince años, hermano —respondió Shato, emocionado—. Quince años y recién puedo volver. Estaba en Pichanaki, ya sabes, trabajando con los camiones… y bueno, aquí estoy. ¡Tenía que venir para la fiesta!

Se abrazaron largo, como quien quiere comprobar que el otro es de carne y hueso.

—Sigues igualito, Nashito. Aunque con más cachetes, ja ja…

—Y tú ya pareces patrón, oye. Hasta huele a selva tu chompa. ja ja ja…

—¡Cállate zonzo! Oye, escúchame… —Shato se inclinó un poco, hablándole en voz baja—. ¿Puedes hacerme un favor?

—Claro, lo que quieras, compadre.

—Toca un vals, pero no cualquiera. Quiero bailar "Cariñito".

—¿"Cariñito"? Ufff, de los buenos… ¿A quién vas a invitar, ah?

Shato sonrió nervioso, y bajando más la voz, confesó:
—He visto a mi "antigua", Nashito… Está allá, con sus primas. No sabes lo que sentí al verla. Como si el corazón me hubiera pateado el pecho.

Nashito sonrió con complicidad.

—¡Ajá! El amor viejo nunca muere, dicen. Ya está, hermano. Tú prepárate que yo me encargo del vals.

Se palmearon la espalda y se separaron justo cuando el presentador anunciaba a la banda.

El vals "Cariñito"

—¡Atención, atención! ¡Se abre el baile social! ¡Y con ustedes, la Banda de música Filarmónica de Huáñec!

Los aplausos retumbaron. Los músicos iniciaron con un huayno, luego un pasacalle. Las parejas empezaban a animarse, los pisos crujían bajo el zapateo. El aroma a chamis y perfume flotaba en el aire. Nashito, con una seña rápida, avisó a sus compañeros:
—Después del huayno, va “Cariñito”, como lo hacíamos en Huarochirí.

Y así fue. El vals empezó, suave, melancólico, con esa melodía que duele bonito. Al primer acorde, los varones se lanzaron a buscar pareja, casi peleándose por las mejores. La pista se llenó rápido.

Nashito, mientras tocaba, curioseaba entre la multitud. Quería ver a Shato y a su “antigua”. Se paró de puntitas, sin dejar de tocar.
—¿Dónde está ese conchudo…? —pensó.

Al fin lo encontró, bailando en la parte central, abrazado a una mujer de manta labrada, vestido celeste y largas trenzas. Pero al verla bien, casi se le sale la trompeta de la boca.
—¿¡Qué!? ¿Con… Eugenia? ¿Con mi Geña?

Sintió que la sangre se le subía a la cara.
—¡Con razón me pidió el vals ese caradura! ¡Está bailando con mi esposa!

Intentó dejar de tocar, pero el deber pudo más. Terminó el vals como pudo, tragándose la furia.

Siempre aclarando las cosas

Al acabar la pieza, bajó el instrumento bruscamente. Buscó con la mirada a Shato. No tuvo que ir lejos: él mismo se acercaba, sonriente.

—¡Gracias, hermano! ¡Ese vals estuvo hermoso! Pero escúchame… —se acercó más y bajó la voz—. Te tengo que confesar algo…

Nashito ya tenía los puños cerrados.

—¡¿Qué cosa quieres ahora?! —espetó, respirando con dificultad.

—Escúchame, escúchame —dijo Shato, levantando las manos—. No pude llegar a donde estaba Natí, ¿te acuerdas de Natalia? De la secundaria, se me adelantaron. Y como no iba a quedarme solo, justo vi a tu Geña cerquita, y le pedí el baile. ¡Pero solo por no quedarme parado como tonto!

—¿Y encima me pides "¿Cariñito”, desgraciado?

—¡No seas celoso, Nashito! —bromeó Shato, palmeándole el hombro—. ¿Qué crees? ¡Si hasta me dio miedo invitarla! ¡Está más seria que inspectora de colegio!

Nashito lo miró fijo… y terminó soltando una carcajada.
—¡Ay, Shato! ¡Por poco te rompo el hocico!

—Ya pasó, ya pasó. Ahora escúchame, esta vez sí voy a bailar con Natí. ¿Puedes tocar “Celoso”? Así, con arte, pa’ que sepa que todavía me acuerdo.

—¿Tú estás loco o tienes licencia para hacerme rabiar? —gruñó Nashito, pero sonriendo—. Ya está, hermano. Pero esta vez, no te confundas de mujer.

—¡Palabra de huañino!

El Final

Y la fiesta siguió. La banda tocó huaynos, valses, boleros, corridos. Nashito, entre pieza y pieza, se bajaba a bailar con su Geña, que ya lo miraba de reojo como sabiendo todo. Shato, esta vez sí, logró sacar a Natí, quien aceptó la invitación con una sonrisa tímida. Bailaron pegaditos, como si el tiempo no hubiera pasado.

Cuando los primeros rayos del sol asomaron por los cerros, las últimas parejas aún giraban al ritmo de la tradicional “despedida yauyina”, la muliza de la Calandria Peruana. El local estaba lleno de pasos, risas, abrazos y promesas de volver.

—¡Que viva Huáñec! —gritó alguien, alzando una media botella de chamis.

Y todos, como en coro, respondieron:
—¡¡Salud!!