jueves, mayo 21, 2026

 "En el camino me cantará..."

Colección: El encanto huañino

            Por: David Rivera Romero

Cuento andino de Huáñec – Sierra de Lima, Perú


Allá por los años cincuenta del siglo XX, cuando Huáñec todavía amanecía con olor a alfalfa mojada, humo de leña y canto de gallos finos, vivía en el extremo del pueblo don Joel Ballarta, hombre de respeto, trabajador como hormiga y recto como vara de eucalipto. Su casa–granja quedaba al extremo del caserío, cerquita de la quebrada, donde en abril las flores silvestres pintaban las chacras de amarillo, morado y rojo encendido, como si el mismo Tayta Dios hubiera tendido un poncho bordado sobre los sembríos.

A esa hora tempranera, cuando el sol apenas despuntaba detrás de los cerros de Cochas y las neblinas todavía dormían en los barrancos, podía verse a Joel recorriendo sus corrales, dando maíz a las gallinas y hablando con sus animales como si fueran de la familia.

Y no era para menos.
Entre todas sus aves había un gallo especial.

Grande, colorado, de cresta parada y pecho arrogante. Caminaba como hacendado en fiesta patronal. Aquel era el famoso gallo fino, el gallo alfa del corral. Joel lo había comprado meses atrás en la granja “El Dorado”, allá en la costa, y desde entonces el animal se había vuelto orgullo del pueblo. Decían que cantaba tan fuerte y tan claro, que su voz rebotaba hasta los cerros de San Joaquín.

Pero en aquellos mismos días llegó al pueblo otro personaje.

Arturo Guillén Malvas.

Hombre tunante y andariego. De rostro alargado, nariz aguileña y barba desordenada que le cubría media cara. Caminaba medio encorvado, ligero y saltadito, como zorro sorprendido entre chacras ajenas. Tenía esa maña de hablar bonito y sonreír de lado, como quien siempre esconde algo bajo el poncho.

Arturo era compadre de Joel, y por eso nomás le dieron posada aquella noche.

—Pase compadrito, acomódese no más —le había dicho Joel—. La noche está fría y por estos caminos anda bravo el sereno.

—Dios se lo pague, compadre Joel —contestó Arturo, sobándose las manos—. Mañana tempranito seguiré viaje.

Y así fue.

Comieron su sopita caliente, conversaron largo rato sobre pueblos, ferias y caminos, y cuando el silencio cubrió Huáñec, cada quien se fue a dormir.

Pero ya de madrugada…

¡Ayayay…!

A eso de las tres, Joel sintió ruidos en el patio.

“¿Quién andará por allí?”, pensó.

Se levantó despacito, tomó su linterna de mano y salió envuelto en su poncho oscuro. El cielo estaba cuajado de estrellas y la quebrada sonaba bajito con el correr del agua.

Allí encontró a Arturo.

Ya tenía listas sus alforjas y un costalillo nuevo, acomodado junto a la puerta.

—¡Compadre! —dijo Joel, todavía soñoliento—. ¿Tan temprano ya quiere marcharse? Todavía ni amanece.

Arturo se acomodó el sombrero y respondió rápido:

—Sí, compadrito. El camino es largo.

Joel bostezó mirando el cielo.

—Pero ni siquiera ha cantado el gallo todavía…

Entonces Arturo sonrió apenas, levantó el costalillo y respondió aquella frase que después se haría famosa en todo Huáñec:

—No se preocupe, compadre…
¡En el camino me cantará!

Joel, medio dormido todavía, soltó una risa corta.

—Entonces, vaya con Dios, compadre.

—Gracias, compadrito.

Y Arturo se perdió camino abajo, tragado por la oscuridad y el silbido del viento.

Joel volvió a dormir.

Pero ya clareando la mañana, cuando llevó maíz al corral…

Algo le golpeó el pecho.

Las gallinas picoteaban normal. Los pollos corrían de aquí para allá.

Pero el gran gallo colorado…

¡No estaba!

—¿Ajá…? —murmuró Joel.

Entró al galpón.

Nada.

Revisó detrás de los costales.

Nada.

Miró el cerco.

Nada.

Entonces sus ojos fueron directo al patio.

Y allí recién se dio cuenta.

El costalillo nuevo… tampoco estaba.

Joel se quedó inmóvil unos segundos.

Como relámpago le vino el recuerdo.

“¡En el camino me cantará compadre!”

—¡Ave María Purísima! —gritó llevándose las manos a la cabeza—.
¡Ese sinvergüenza me ha robado el gallo!

Y dando zapatazos de rabia agregó:

—¡Y todavía me avisó en mi propia cara!

 

Aquella misma mañana Joel fue derechito donde el juez de paz.

El juzgado quedaba al costado de la municipalidad. Allí despachaba el famoso juez costeño, hombre barrigón y elegante, siempre vestido con terno oscuro y una corbata roja que brillaba como ají mirasol bajo el sol serrano.

Tenía fama de justo.

—Pase usted, don Joel —dijo el juez acomodándose los lentes—. ¿Qué asunto lo trae tan temprano?

Joel se quitó el sombrero y habló serio:

—Señor juez, vengo a denunciar un robo.

—¿Qué le han robado?

Joel respiró profundo.

—Mi gallo.

El juez levantó las cejas.

—¿Un gallo?

—No cualquier gallo, señor juez. Mi gallo fino. El mejor del pueblo.

El juez carraspeó.

—¿Y quién es el denunciado?

Joel golpeó la mesa con rabia contenida.

—¡Arturo Guillén Malvas!

La denuncia quedó registrada.

De inmediato mandaron aviso al gobernador del pueblo para traer al acusado “de grado o fuerza”, como decían antes.

Y así fue.

Dos días después el gobernador y sus tenientes llegaron con Arturo, polvoriento y renegando, y lo encerraron en la carceleta del pueblo.

¡Uyuyuy… cómo comentaba la gente!

—“Dicen que se robó un gallo…”

—“No pues, dicen que era un gallo fino…”

—“Capaz quería venderlo en Catahuasi…”

Hasta los muchachos iban a mirar por las rendijas de la carceleta para ver al famoso roba–gallos.

Arturo, sentado en un rincón, chacchaba coca en silencio.

A veces renegaba bajito.

A veces soltaba una sonrisa pícara.

Y a veces parecía arrepentido.

Porque en el fondo sabía que había abusado de la confianza de su compadre.

 

Llegó por fin el día del juicio.

El salón estaba lleno.

Unos habían ido por curiosidad. Otros para reírse un rato. Y no faltaban los viejos que se acomodaban diciendo:

—“A ver qué dice la justicia…”

El juez golpeó la mesa.

—¡Orden!

Luego miró a Arturo.

—Diga usted, señor Guillén. ¿Es verdad que robó el gallo del señor Joel?

Arturo levantó lentamente la cabeza.

—Señor juez… yo no robé el gallo.

—¿Cómo que no? —preguntó el juez frunciendo el ceño.

—No, señor. Yo me llevé el gallo… pero no lo robé.

La sala soltó murmullos.

El juez acomodó su corbata roja.

—Explíquese bien.

Entonces Arturo habló despacito, como quien teje una trampa con palabras.

—Cuando me despedía, mi compadre Joel me dijo que todavía era temprano porque ni el gallo había cantado… y yo le respondí clarito: “En el camino me cantará compadre”. Y él me contestó: “Entonces que te vaya bien”.

Hizo una pausa teatral.

—Si el gallo iba a cantarme en el camino… ¿cómo iba a hacerlo si no lo llevaba conmigo?

¡La sala entera soltó carcajadas!

Hasta el secretario tuvo que agachar la cabeza para ocultar la risa.

Pero Joel se puso colorado de indignación.

—¡No se haga el inocente! —gritó—. ¡Yo no sabía que el gallo estaba dentro del costalillo!

El juez golpeó la mesa otra vez.

—¡Orden carajo!

Luego se quedó pensando largo rato.

Miró a Joel.

Miró a Arturo.

Miró a la ventana donde se escuchaba cantar otro gallo lejano.

Finalmente habló:

—La intención dolosa está clara. El acusado abusó de la confianza de su compadre y se llevó un bien ajeno sin consentimiento.

Arturo bajó la cabeza.

El juez continuó:

—Se ordena la devolución inmediata del gallo y del costalillo. Asimismo, el señor Arturo Guillén Malvas deberá pagar doscientos soles oro por daños y perjuicios.

Un murmullo recorrió la sala.

Dos cientos soles oro…

¡Era plata seria!

Arturo sintió que el alma se le iba a los pies.

Joel, en cambio, respiró tranquilo, aunque por dentro todavía le dolía más la traición que el robo mismo.

Porque perder un gallo era poca cosa.

Pero perder la confianza de un compadre…

Eso sí dolía.

 

Pasaron algunos días.

Llegó el dinero.

Regresó el gallo.

Y desde entonces el animal se volvió celebridad en Huáñec.

Los niños iban a verlo.

Le llevaban maíz.

Le hablaban como a persona importante.

—“Ese es el gallo que cantó en el camino…”

Decían entre risas.

Y el animal, orgulloso como siempre, caminaba por el corral levantando las plumas, como si supiera que ya era famoso.

En cuanto a Arturo…

Quedó libre.

Pero jamás volvió a dormir en casa de Joel.

Cuando alguna vez se cruzaban en la plaza, apenas se saludaban.

Y aunque los años fueron pasando, todavía los viejos del pueblo cuentan esta historia sentados al sol, diciendo entre risas y sacudidas de cabeza:

—¡Cuidado pues compadrito…!
¡No vaya ser que “en el camino le cante…”!