El maestro y la voz del Apu
Colección: El Encanto Huañino
David Rivera
Romero
I. Abril en Huáñec
Era Huáñec en los años sesenta del siglo veinte.
Ya había pasado el tiempo de lluvias; los riachuelos corrían mermados, cantando
entre las piedras. Abril había llegado con su claridad tibia, cuando las nubes
se deshacen en los filos del cerro y el verdor se derrama como manto bendito.
Las clases ya habían empezado, y toda la comarca se
veía viva, perfumada de pasto fresco. Ovejas, cabras, reses, burros y caballos
pastaban en las lomas, criados con paciencia y orgullo por los huañinos.
El cielo, azul intenso, parecía pintado con añil.
Unas nubecitas blancas cruzaban lentas, relucientes con la luz del sol. Era la primavera serrana, tiempo alegre,
tiempo de esperanza.
Desde muy temprano, el pueblo se agitaba como panal
de abejas. Cada familia entraba en ajetreos: Las madres avivaban el fogón; los
padres organizaban el trabajo del día; los niños, con sus cuadernos bajo el
brazo, se alistaban.
Los niños iban a la escuela fiscal 476 de Antamaque, las niñas —trenzas negras,
lazos rojos— a la escuela 492, la de la plaza.
II. Los pudientes y los que mingan
En Huáñec, como en todo pueblo, había de todo.
Unos eran los pudientes: dueños
de buenas chacras, con ganados gordos y corrales llenos. “A esos les va bien”,
decían los demás, con respeto y un tantito de envidia.
Otros, con “menos suerte”, se la arreglaban como podían o como Dios manda: unos
días trabajando su chacrita, otros mingando
o contratándose por jornal.
Los más pobres ni chacra tenían, o apenas un
pedacito de tierra. Criaban su carnerito o su cabrita, no por negocio sino de
cariño: su “huachito”, como se
dice en Huáñec. Eran los que los pudientes contrataban como peones, para el
campo o el corral.
Sin embargo, en el pueblo subsistía o resistía aún
el “torna peón”, un sistema sagrado de trabajo de gran espíritu de la
ayuda mutua, que viene desde nuestros abuelos del Tahuantinsuyo.
La jornada empezaba antes que el gallo termine su
canto.
El desayuno era lo que la tierra daba: papas, ocas y mashwa sancochadas; cancha
doradita y máchica de cebada. Queso, casi nunca, porque “ya está contratado para mandar a Lima, hijito”,
decía la mamá.
A veces había avena —la “Quaker”, la de la bolsa con el gringo del sombrero—,
pero la mayoría se contentaba con su agüita
de chiplique o amor seco. Eso sí, cancha y papa nunca faltaban.
III. El maestro Giuliano
Por esos años vivía en el pueblo don Giuliano. Su nombre, decían, venía
de un tatarabuelo italiano, por eso sonaba distinto, es un nombre fino, decían.
Tenía chacras buenas y ganado gordo que daba gusto ver. De joven había ido a
Lima a estudiar, y años después volvió como maestro de la escuela de varones.
Hombre respetado, serio, con palabra de peso.
Una mañana de abril —de esas en que el pueblo bulle
como hormiguero— salió temprano a la plaza. Tenía que mingar a dos peones: una pa’ regar la chacra de Tumpura, otra pa’
pastar las vacas. Él no podía hacerlo, pues su deber de maestro lo tenía
ocupado de sol a sol.
Desde la esquina miraba el ir y venir de la gente.
El aire olía a tierra húmeda, a pasto fresco. Pero los minutos pasaban y nadie
se le acercaba. Entonces vio que los peones se reunían más bien en la esquina
del mercado.
“Allí se hacen los tratos”, pensó. Y se fue apuradito.
IV. En el
mercado
Apenas llegó, vio venir a Mama Pulle —su nombre era Purificación, pero en el pueblo todos la
llamaban así, con cariño—.
—¡Buenos días, Mama Pulle! —saludó el maestro—. ¿Podrías ayudarme hoy con el
riego en Tumpura?
Ella, con el sombrero ladeado y su manta chumpe,
respondió con respeto:
—Buenos días, maestro Giuliano. Me disculpará, pero ya me mingaron.
El maestro suspiró, un poco contrariado.
—¿Y no sabrás de alguien que pueda ir en tu lugar?
—No, maestro, no sé. Pero seguro alguien aparecerá —dijo sonriendo—. Que tenga
buen día, maestro.
Y se fue al mercado.
Desde fuera, don Giuliano miraba cómo la gente iba
y venía. Adentro había mucha bulla, estaban los varones acordando el “torna
peón”, estaban otras, como Mama Pulle
y Mama Hilaria, la tendera,
cuyas risas se escuchaban claramente. Entre la compra de medio kilo de azúcar,
una onza de coca y cinco caramelos perita, las dos reían fuerte, de puro gusto,
contando chistes y recuerdos.
El maestro se quedó mirando al suelo, pensativo:
“Mama Pulle no tiene chacra ni ganado;
vive del jornal, del día a día… y, sin embargo, ríe. Yo tengo chacras, vacas,
sueldo de maestro. Pero vivo preocupado, apurado, como si el mundo se me
viniera encima. ¿No sería mejor vivir como ella, sin tanta carga?”
V. El encuentro con Mama Fortunata
De pronto una voz le cortó el pensamiento:
—¡Buenos días, maestro! —era Mama
Fortunata, con su lliclla colorada cubriéndole la espalda.
—Buenos días, Mama Fortunata —contestó él, algo más
animado—. Justo te buscaba. Necesito un peón para regar la chacrita de Tumpura.
—Claro que sí, maestro —respondió ella con brillo
en los ojos—. Y si hubiera otro trabajito, mi Jesús también está sin oficio.
El maestro se rio, aliviado:
—Sí, sí, vengan los dos. Ahorita mismo pasen por mi casa.
Sacó del bolsillo un billete de diez soles oro
—“una libra”, como todavía se decía— y otro de cinco soles, “media libra”. Se
los dio.
Mama Fortunata lo miró con duda:
—¿No son veinte soles, maestro? ¿Una libra pa’ cada uno?
El maestro, algo incómodo, respondió seco:
—Son cinco soles por ti y diez por Jesús. Las mujeres ganan la mitad nomás, así
se paga siempre.
Ella se quedó callada, bajó la mirada.
—Gracias, maestro —dijo quedito, y se fue ligera a la tienda.
En el camino murmuraba:
—“Las mujeres ganan la mitad, hum… si el trabajo es el mismo. Yo riego igual
que cualquier hombre. Pero mejor ya no digo nada, no vaya a ser que se enoje y
ya no me mingue.”
Por su parte, don Giuliano sintió alivio, como si
se hubiera quitado una piedra del pecho. Caminó rápido a su casa, mientras la
campana de la escuela repicaba. Era el director, y debía llegar puntual.
VI. El recuerdo y la enseñanza
Pasaron los años. Una tarde, conversando en la
plaza con el maestro —ya jubilado y canoso—, me señaló con la mirada a Mama Pulle, que pasaba frente a
nosotros:
—Buenas tardes, maestro —le dijo ella.
—Buenas tardes, Mama Pulle —contestó él con una sonrisa.
Entonces me contó aquella historia de la mañana en
que comprendió algo importante:
—Mira, muchacho —me dijo—, uno debe aprender a vivir sin tanta preocupación.
Hay que resolver las cosas a tiempo, sin apuros ni enredos. La vida se hace más
buena cuando uno es solidario con los demás, sobre todo con nuestros paisanos.
No es el que más tiene el que vive mejor, sino el que sabe vivir en paz, con el
corazón limpio y la conciencia tranquila.
Me quedé pensando. Recordé que unos meses antes, al
volver de la chacra, me crucé con Mama
Fortunata. Conversamos del pueblo, de la gente: que Millge ya techó su
casa nueva, que Mama Ricarda cerró la tienda, que don Toledo trajo género de
pana de Lima. Entre chisme y risa, me lanzó directo:
—¿Y tú, qué haces ahora?
—Ayudo a mi papá en el taller —le dije.
—Eso ya se sabe —contestó rápido—, pero ¿qué más?
—Estudio en la capital —le respondí, medio
orgulloso.
—Ah, eso suponía —dijo—. Oye, el maestro Julián fue tu profesor en la escuela, ¿no?
—¿Cuál Julián? —pregunté.
—El que ahora se hace llamar Giuliano pues —dijo riéndose—. Se fue a Lima como
Julián y volvió como Giuliano. Somos promoción, no creas.
—Ah, no sabía —le dije.
—Ese es un amarrete —añadió—, un miserable,
como decimos aquí en Huáñec. ¿No te he contado? A nosotras las mujeres nos
pagaba cinco soles al día, a los hombres diez...
Volteé a mirar al maestro. Estaba callado, la vista
perdida hacia los cerros de Almavado
y Ñahuín, como quien busca allá
lejos una respuesta. El viento jugaba con su sombrero, moviéndole el ala.
Y me quedé pensando:
¿Quién tenía razón? ¿El maestro con su lección del buen vivir, o Mama Fortunata
con su reclamo callado?
Quizás —me dije— el buen vivir
no está en tener o no tener, sino en hacer justicia con el otro, en no mirar
desde arriba, sino desde el mismo suelo que nos sostiene.
Porque en el fondo, todos somos hijos del mismo Apu
Huaylayo, del mismo cielo y del mismo sol.

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