Huáñec: Tierra de brujos, dioses y resistencias
| Foto tomada de San Cristobal blogspot |
Huáñec: Balcón sagrado de los Andes
Huáñec es un hermoso rincón de nuestro querido Perú, pródigo
en tradiciones, leyendas, arte y costumbres ancestrales que sobreviven al
tiempo como un susurro persistente de la memoria colectiva. Geográficamente se
ubica en la vertiente occidental de la cordillera de los Andes, en la zona
noroeste de la provincia de Yauyos, a una altitud de 3 200 metros sobre el
nivel del mar. Su clima es seco y templado, y se asienta a las faldas tutelares
del Apu Huaylayo, como una planicie andina semejante a un vasto balcón natural,
desde donde se domina la inmensidad de las estribaciones costeras de Calango y
Mala.
Los atardeceres en Huáñec son un espectáculo íntimo y
conmovedor: el sol desciende lentamente, posándose con fuerza en las laderas,
calentando la tierra hasta volverla tibia, acogedora, casi maternal. El aire se
vuelve dorado y el silencio se llena de una paz antigua que parece detener el
tiempo. Es entonces cuando el pueblo entero se sumerge en un sosiego profundo,
como si respirara al unísono con la montaña.
Desde tiempos remotos, Huáñec ha sido la cuna de los Hanan
Yauyos. Durante el Tawantinsuyo fue un centro de administración de colcas y
tambos, con huacas de gran importancia ceremonial y una población organizada en
ayllus que, en pequeñas concentraciones o estancias, se extendían por toda la
comarca, formando una red viva de producción, ritualidad y convivencia.
De ayllus a reducciones: la irrupción colonial
La organización social de Huáñec sufrió transformaciones
profundas con la llegada de los españoles. Con el propósito de administrar
mejor a la población, identificar mano de obra para las mitas, aumentar la
recaudación de tributos e imponer la doctrina cristiana, los colonizadores
concentraron de manera forzada a las poblaciones indígenas en las llamadas
“reducciones de indios”.
Una de las primeras reducciones fundadas en el territorio de
los Hanan Yauyos fue Huáñec, durante el virreinato de Francisco de Toledo. Así,
el nuevo asentamiento fue planificado para albergar entre cuatrocientos y
quinientos tributarios indígenas. En teoría, su composición étnica debía ser
homogénea; sin embargo, la realidad desbordó el diseño administrativo: junto a
los indígenas se asentaron españoles, criollos y mestizos, generando una
convivencia compleja, tensa y profundamente transformadora.
Huáñec nació entonces como un centro urbano al estilo
español, con calles rectas, cuadras bien delineadas y una plaza principal en el
corazón del poblado. En el lado norte se alza la iglesia, flanqueada por dos
campanarios que dominan el perfil urbano. En la esquina noreste se ubican los
locales de las dos parcialidades indígenas, hoy Comunidades Campesinas. En el
lado sur destaca el imponente Cabildo, con hermosos portales que ocupan toda
una cuadra, testigos silenciosos del poder colonial. Al centro de la plaza
brilla la glorieta, con su plataforma circular elevada y balaustres de madera
tallada, símbolo del encuentro entre solemnidad y fiesta.
La iglesia posee un amplio atrio, reservado antiguamente
para acoger a los indígenas no bautizados o en proceso de adoctrinamiento, pues
solo los fieles podían ingresar al templo. Un dato crucial es que el altar fue
construido sobre la huaca principal de la comarca, cuyos vestigios aún pueden
apreciarse. Hasta fines del siglo XX se conservó su plataforma en una esquina
de la llamada “plaza chica”, junto a una pequeña escalinata donde se ubicaba la
banda de música durante las fiestas patronales.
Cada cuadra estaba compuesta por cuatro solares, cada uno
equivalente a la cuarta parte de la manzana. La distribución no fue equitativa:
los criollos, mestizos y potentados ocuparon los lugares privilegiados,
consolidando una jerarquía espacial que reflejaba la estratificación social.
En 1588, Huáñec fue escenario del V Sínodo Diocesano
Limense, presidido por el arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo, en el marco del
vasto proceso de “conversión civil” y “conversión espiritual” impulsado por la
Diócesis de Lima.
Caminos sagrados y arquitectura ritual
Huáñec posee cuatro caminos de salida, cada uno cargado de
historia y simbolismo. Hacia el norte se habre el camino hacia el Apu Priakaka, en el extremo del pueblo se encuentra el paraje denominado “Canto”,
donde aún se conserva la piedra simbólica de la apacheta prehispánica. Cerca de
ella se levantó la capilla de Santa Clara, hoy desaparecida tras su derrumbe en
la década de 1970; solo persiste su plataforma.
Hacia el sur, se encuentra el camino hacia los pueblos del Hatun Yauyos, en esta salida, en el sector de “Shush”construyeron dos capillas coloniales, de las cuales sobrevive solemente una. Al oeste se abre el camino que conecta con la costa, flanqueado por los vestigios de otras dos capillas. Finalmente, al este, la ruta asciende hacia el Apu Huaylayo, donde todavía se reconocen restos de una capilla en ruinas.
De todas estas edificaciones coloniales, solo permanece en pie la
capilla de Shush; las demás han quedado reducidas a plataformas sagradas,
espacios donde los antiguos Hanan Yauyos celebraban sus fiestas, trabajos
colectivos y rituales dedicados a sus Apus.
Al ingresar al pueblo por cualquiera de estos accesos, se
percibe el trazo rectilíneo de sus calles, angostas y empedradas, y la
armoniosa distribución de sus más de treinta manzanas. Los barrios
tradicionales —Sana-huerta, Canto, Calpa y Antamaque— conservan sus nombres
ancestrales pese a los intentos posteriores por rebautizarlos, resistiendo como
marcas vivas de la identidad local.
El silencio de los muertos y las huacas vivas
El cementerio de Huáñec cumple un rol prominente en el
paisaje huañino. Se sitúa al noroeste, fuera del pueblo, al final de un camino
largo y melancólico conocido como “Adiós Huáñec”. Es un campo santo sereno, de
gran belleza y recogimiento, donde reposan las memorias y los restos de
generaciones enteras, custodiadas por el viento andino y la luz clara de la
planicie huañina.
En el barrio de Calpa, situado sobre una pequeña loma al
suroeste, se conservan los vestigios de la huaca prehispánica del encuentro con
el Dios Sol. Aunque muchas de sus piedras fueron reutilizadas, aún permanecen
algunas enormes, como gigantes dormidos. La tradición oral afirma que allí
habitan los “gentiles”, seres antiguos a los que se debe respeto, pues pueden
atrapar al desprevenido y causarle enfermedad.
La tierra de los brujos y la resistencia espiritual
Huáñec es conocido como la “tierra de los brujos”,
denominación nacida en los primeros años de la Colonia. Los doctrineros
católicos descubrieron que en la zona vivían numerosos sacerdotes indígenas,
algunos de gran jerarquía —los Hatun Wilca— y otros de menor rango, los Humus,
dedicados a la curación.
Estos sabios empleaban hierbas, sacrificios rituales como la "callpa" y estados de trance para comunicarse con lo sagrado, prácticas
profundamente ajenas y contrarias al dogma católico. Uno de los más notables
fue Cristóbal Curis Hanampa, Hatun Wilca huañino cuyo principal Apu era Rasu
Yacolca, dios de las aguas que mora al sur del Pariakaka.
Cristóbal Curis Hanampa es recordado como un baluarte de la
resistencia cultural de los Hanan Yauyos, símbolo de una lucha silenciosa por
preservar la cosmovisión andina frente al embate colonial. Los curas llamaron
“brujos” a estos sacerdotes, y debido a su notable presencia en Huáñec, el
pueblo quedó marcado con ese apelativo que hoy evoca misterio, sabiduría
ancestral y espiritualidad profunda.
Fe, comunidad y celebración
Actualmente, Huáñec cuenta con dos comunidades campesinas:
la Comunidad Campesina Huáñec y la Comunidad Campesina Santísima Trinidad de
Huáñec. Profundamente devotos de la fe católica, los huañinos celebran sus
fiestas patronales en junio, con misa solemne, bailes sociales y corridas de
toros.
La festividad de mayor atractivo es la dedicada al Corpus
Christi, cuyas actividades centrales son la misa y la corrida de toros de
competencia, que congregan tanto a los hijos del pueblo como a visitantes,
renovando los lazos comunitarios y la memoria colectiva.

