sábado, enero 31, 2026

El examen final de quinto año

Colección: El encanto huañino 

Recopilado por David Rivera Romero.


Último día de escuela

Aquel viernes 17 de diciembre de 1965 no fue un día cualquiera. Fue día señalado, día grande, día que uno guarda como semilla en la memoria. Para nosotros, los alumnos del quinto año de primaria, era el día del examen final y, si Dios así lo quería, también el último amanecer como escolares.

Muy temprano, cuando aún estaba “jashpa jashpa” y el gallo apenas aclaraba la garganta, yo ya estaba de pie. En toda la noche casi no había conciliado el sueño. El pensamiento me daba vueltas como trompo mal amarrado: cálculo, lenguaje, historia, geografía… todo se me venía encima. Hasta la madrugada estuve repasando, a la luz temblorosa de la linterna a kerosene, que chisporroteaba como si también se pusiera nerviosa conmigo.

Caminaba de un lado a otro del patio, sin darme cuenta, como quien anda buscando algo que se le ha perdido en la cabeza. Me preguntaba en silencio:

—¿Será muy difícil el examen?
Y yo mismo me respondía:
De ley que será, pues… es oral, ante jurado y delante de todos.

Eso era lo que más me apretaba el pecho: el examen oral, público, con maestros mirándote fijo, esperando que no te trabes, que no te tiemble la voz. A ratos me detenía en seco, mirando el suelo, respirando hondo, y me decía bajito:

—Este viernes es el último día… después ya no seré alumno de primaria, si apruebo, claro está.

—¡Vengan todos a tomar desayuno! —ordenó mi mamá desde la cocina.

Serían como las siete de la mañana. El sol aún no llegaba al pueblo y la mañana era fresca y muy agradable.

Todos desayunaban con calma, como saboreando el momento. Yo, en cambio, comí rápido, como si quisiera huir del tiempo. Mi papá me miró y dijo con voz serena: 

—Ten calma, hijo. No te preocupes. Todo saldrá bien, con el favor de Dios.

Asentí, pero igual terminé pronto. Di las gracias, pedí permiso y salí a alistarme.

Rumbo a la escuela

Me hice la ablución, como nos habían enseñado los maestros, me vestí a la carrera y me puse el guardapolvo, obligatorio ese día. En el bolsón de tela eché mis cuadernos y mi enciclopedia Venciendo, el famoso mataburro, regalo del maestro Juvenal, ya bien ajado, con las hojas cansadas de tanto trajín.

El cielo estaba despejado, de un azul limpio que daba gusto mirarlo. La calle tenía charcos de la lluvia fuerte de la noche anterior, anoche llovió loquera,dijo la vecina, como quien justifica; era la señal clara de que el invierno serrano ya estaba queriendo asomarse.

Al llegar a la esquina me encontré con Juancito, del barrio de Sana Huerta, con Rigo y Banco, del barrio de Canto. Bajaban juntos desde la plaza. Apenas nos saludamos. No hacían falta palabras. Caminamos juntos, serios, como quienes van al encuentro de algo grande, de su propio destino.

Unas cuadras más abajo estaba la escuela, imponente, con sus paredes altas y blancas. El portón abierto de par en par y, en lo alto del mástil, el pabellón nacional flameando con alegría y autoridad.

El patio escolar

Cruzamos el portón y entramos al patio. Me sorprendió el silencio. No había la bulla de otros días. Casi todos leían o conversaban en voz bajita. Nadie jugaba. Nadie corría. Los del cuarto y quinto año estaban sentados, repasando, con los cuadernos abiertos como si fueran salvavidas.

En la esquina derecha estaban Orlando y Guillermo, los más chancones del quinto, haciéndose señas con las manos, memorizando quién sabe qué cosa.

—Seguro quieren el primer y segundo puesto pensé.

—Hola, cholitos, ¿cómo están? —les dije.
No respondieron, pero me hicieron un espacio.

—A ver —dijo Guillermo—, a ti que te gusta geografía: ¿cuáles son los límites del departamento de Apurímac?
Respondí. Él verificaba en la enciclopedia.
—Y tú —le dije—, ¿cómo se halla el volumen de un cubo?
—Y tú, Orlando —agregué—, que eres bueno en Niño y la Salud, dime los huesos de la mano.

Así repasamos un rato, corrigiendo errores. Pero el ambiente estaba pesado, distinto. Hasta los maestros se veían más serios que nunca.

—Será mi nerviosismo —me dije—, por eso lo siento así.

La formación

Sonó el silbato del director.

—¡A formarse, rápido! —ordenaron los maestros.

Eran las ocho en punto, en un santiamén, como decía mi abuelita, todos estábamos alineados por grados y por talla: los más pequeños adelante, los grandes atrás. A la derecha formaban los pichones de transición, al otro extremo los de quinto, los mayores, los alumnos viejos, de once hasta quince años, porque algunos habíamos llegado hasta aquí “repitiendo, repitiendo.”

Seguro los de primer año nos miraban como alumnos grandes y decían: “Esos ya son viejos”, y nosotros, ofendidos, les respondíamos: —¡Cállate, chiuchi!

El maestro Rosas Martínez estaba de turno. Llevaba su saco plomo de corduroy y se veía más serio que nunca.

—Ese será jurado —murmurábamos.

—¡A sus filas! ¡A cubrirse! ¡Alinearse! ¡Atención! ¡Descanso!

Cumplíamos todo al pie de la letra.

Ese día cantamos con fuerza: a la escuela, a Huáñec, a las lagunas, a Runcho Punta y finalmente a la batalla de Tarapacá a la orden del maestro Apolonio. El pecho se nos hinchaba de orgullo.

Luego habló el director, ya mayor, pausado. Nos habló del deber con los padres, con el pueblo, con la tierra. Del orgullo de ser peruanos, huañinos, hijos del Tahuantinsuyo... Yo ya no escuchaba todo. Miraba el patio, los portales, los techos de calamina sostenidos por eucaliptos. Todo me parecía especial. Ya empezaba a extrañar la escuela, aún estando allí.

El salón de quinto año

Entramos al salón, estaba muy iluminado con las grandes ventanas laterales totalmente abiertas. El piso de tierra estaba bien barrido, compacto. La pizarra negra ocupaba casi toda la pared. La mesa del jurado, con franela verde y un crucifijo, imponía respeto.

Me senté en mi carpeta de siempre. La miré con cariño: el tablero inclinado, los tinteros, el asiento de madera. Nuestra compañera durante años.

—Ya no me sentaré aquí —pensé.

Mis compañeros estaban serios, con los labios apretados. Algunos querían seguir estudiando, otros miraban los cuadros en las paredes: héroes, siembra, cosecha, cóndor, puma, serpiente. Todo eso también se estaba despidiendo de nosotros.

El examen oral

A las diez sonó el silbato del recreo, pero nadie salió. 

Pronto empezó el examen. Nunca había rendido uno así. Me daba ánimo y luego me entraba la duda. Recordaba a los dos que se habían jalado el año pasado.

Entró el jurado caminando solemnemente. Nos pusimos de pie. Banco, a mi lado, murmuró:

¡Achichiu! ¡Achichiu!
Y el miedo me recorrió entero.

El director habló, nos tranquilizó. Luego el maestro Rosas explicó el procedimiento.

Los padres estaban atrás, de pie, erguidos, orgullosos. Los alumnos menores miraban por las ventanas.

Fuimos pasando uno por uno. El jurado ayudaba si había error. 

Hubo respuestas memorables. La de Beto con los puntos cardinales, ubicándolos según las chacras de su papá, —El Este por el lado de Pilanta, el Oeste por el lado de Huancajraro, el Norte por el lado de Churca y el Sur el lado de Uclo, sacó muchas sonrisas.

 Guillermo, con su explicación del tiempo en horas, al tratar de demostrar que 11+3 puede ser 2. Dijo —Si a las 11 horas de la mañana le sumo 3 horas, me da las 2 de la tarde. — razonamiento que dejó pensando a los maestros.

Finalmente, todos aprobamos. Algunos muy bien, otros "raspando". Sin embargo, cada nota fue celebrada con aplausos.

La despedida y la lluvia

Cuando salimos al patio, ya había pasado el mediodía. Solo los de quinto formamos, cantamos el Himno nacional y luego aquel huayno escolar que aún duele recordarlo:

Adiós escuela donde mi niñez yo pasé…

El director, ahora con voz potente, dijo:

—¡Rompan filas!

Era el punto final de estos años felices en la escuela de varones 476.

Había alegría y pena juntas. Ya no éramos niños.

Salimos despacio de la escuela, el cielo se había nublado. La lluvia nos alcanzó en la calle. Corrimos a guarecernos y, al mirar hacia arriba, en Pilanta, vimos sol y lluvia a la vez. Una turmanya grande, multicolor, se alzó en el cielo, pintando un paisaje sobrecogedor.

—Hasta la naturaleza nos felicita hoy —pensé—, con lluvia, con sol y con turmanya.

Y en el corazón repetí, como despedida:

¡Adiós escuela donde mi niñez yo pasé!

¡Adiós...!


jueves, enero 01, 2026

Donde la luna alumbra el recuerdo

 

Colección: El encanto huañino
Escrito por David Rivera Romero 

Camino de Chinca - Huáñec

 De regreso a casa

Dicen los antiguos que cuando uno vuelve al pueblo, no regresa solo el cuerpo: vuelven también los pasos antiguos y las penas bien guardadas.

Javier, o como todos lo llamaban de chiquillo, Javicho, regresaba a su querido Huáñec después de más de una década. Apenas llegó a la entrada del pueblo, después de caminar largas horas desde la estación, sus ojos se llenaron de un brillo nostálgico. El aire fresco de la sierra lo recibió con el aroma a eucalipto y tierra húmeda, mientras el sonido lejano del canal de “Lalancucho” le recordaba su infancia. Al fondo, el Apu Huaylayo se alzaba imponente, guardián eterno de las memorias del pueblo.

Esa tarde, luego de reencontrarse con sus padres y hermanos, merendaron juntos como en los viejos tiempos: café pasado en fogón, pan serrano calentado en la “callana”, queso fresco y un poco de cancha amarilla que su madre tostaba con cariño. Pero mientras reía con su familia, en el fondo de su corazón palpitaba un recuerdo profundo que nunca lo abandonó. Aquel amanecer de su partida.

El amanecer de la despedida

Javicho tenía apenas 17 años cuando dejó Huáñec para ir a Lima en busca de “un mejor porvenir” como decían los mayores. El sol aún no asomaba detrás del Huaylayo, y las nubes, blancas como ovejas dormidas, bordeaban el cielo de un azul profundo. El viejo reloj de la casa marcaba las siete en punto. A esa hora, con la alforja al hombro, inició la caminata con paso decidido pero el corazón encogido. Lo acompañaban sus padres, que lo despedían con orgullo, pero también con los ojos húmedos. Él, sin embargo, al llegar a la portada de Shush, miraba discretamente hacia todos lados, esperando ver a Dorita, la muchacha huañina de ojos claros que le había robado el corazón.

No estaba.

“¿Por qué no vino?, dijo que me esperaría en la portada”, pensaba mientras los pasos lo alejaban de su casa, de la plaza, de ella. Pero al llegar al recodo del camino, justo frente al viejo molino abandonado, Dorita apareció como un suspiro. Llevaba puesta una manta labrada, un quipe en la espalda y el cabello negro sujeto con una trenza que parecía tejida con hilos de viento. Corrió hacia él y se colgó de su cuello. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No quise despedirme allá, delante de todos —dijo, sollozando—. Por eso te esperé aquí.

Sacó de su quipe una pequeña talega de tocuyo blanco.

—Te traje tu fiambre. La cancha la tosté recién, aún está calientita, y aquí hay queso seco.

Javicho, conmovido, guardó el paquetito en su alforja.

—Dorita —le dijo—, ya debo irme. Si no, llegaré tarde a la estación y perderé el carro. Pero te juro que antes de doce meses regresaré a verte. Te escribiré desde Lima y tú me escribirás también, ¿sí?

Dorita asintió, aunque un nudo en la garganta no le permitió pronunciar palabra. Se abrazaron fuerte, como queriendo detener el tiempo. Luego, un beso selló ese amor que había nacido en estas tierras, como las rojas flores del “chinanhuayta” en primavera.

Los meses pasaron. Las cartas volaron entre Lima y Huáñec, llenas de palabras amorosas, promesas y sueños. Pero el tiempo es un río traicionero. Javicho no pudo regresar ese primer año, ni el segundo. Al tercero, las cartas de Dorita cesaron. Él, herido en su orgullo, dejó también de escribir…

La piedra y la voz del viento

Ahora, de vuelta en Huáñec, después de la merienda en la tosca mesa grande de la cocina con sus padres, se levantó luego de pedir permiso, se envolvió con su poncho nogal de listones azules y la suave bufanda que hace tanto tiempo, Dorita le tejió con hilo de alpaca y salió a caminar por las angostas calles, llevaba una linterna a pilas en la mano, aunque la luna nueva y el cielo estrellado alumbraban lo suficiente.

Tenía la intención de ir a la plaza, pero el corazón lo desvió. Se encaminó hacia el oeste, rumbo a Antamaque, donde alguna vez vivió Dorita. A cada paso, los recuerdos le susurraban: las risas, los paseos y las confesiones bajo el árbol de sauco. Sin darse cuenta, llegó a la casa de adobe que tantas veces ha visitado antes, aún conservaba la pintura blanca, la vetusta puerta marrón de madera, el techo de calamina. Sin embargo, ahora solo escuchaba el sonido del silencio. La puerta estaba asegurada con el candado azul, que lucía viejo y oxidado; las ventanas cerradas y oscuras, no había la luz de la lámpara a kerosene que se filtraba por las rendijas; los perros de antaño ya no estaban. El silencio y los recuerdos le apretaron tanto el pecho que apenas podía respirar.

Siguió caminando muy lentamente, sintió como flotara en el aire, cruzó el portillo de piedras y salió a la campiña y avanzó por el camino angosto, flanqueado por pircas de piedra y eucaliptos, hasta llegar a la gran piedra laja que yacía al lado izquierdo, testigo de tantos reuniones y tertulias juveniles. Subió sobre ella, se abrigó con su poncho y se acomodó como lo hacía antaño.

La memoria

No necesitaba cerrar los ojos para recordar, los recuerdos se agolpaban en la memoria. Sentía, como antes, que Dorita aparecería en cualquier momento. Parecía escuchar su dulce voz, contándole que había ordeñado las vacas, que un ternero se había escapado, que ese día el queso no había completado el molde y tantas cosas cotidianas. Y él, por su parte, le contaba el detalle de cómo se cayó del burro en plena plaza mientras la buscaba con la mirada.

—Esa tarde decidí pasar por la plaza, entré por la calle de abajo con mis burritos, —susurró—, pensando que estarías sentada en la grada de la plaza, te busqué con la vista entre el gentío; y justo cuando te vi, el burro que montaba dio un salto y me caí en plena acequia. ¡Qué vergüenza sentí! Pero tú solo reías bajito con las dos manos en la cara. Risa dulce y clara como el sonido un arroyo.

Al retornar de los recuerdos, ahora solo sintió que las lágrimas se deslizaban silenciosas por sus mejillas. El viento soplaba suavemente y hacía crujir las hojas del viejo eucalipto cercano. Entonces, una voz interior, o tal vez el susurro del árbol, pareció decirle:

—Ella te esperó muchas tardes y noches aquí mirando el horizonte como buscando entre la gente que llegaba al pueblo… hasta que un día, ya no vino más. Pocos días después, una noche muy oscura, a eso de las siete doblaron las campanas…

—Ya no sigas —murmuró Javicho—. Ya sé que se fue.

Se quedó en silencio. Sintió, por un instante, que Dorita estaba allí como antes, sentada a su lado, mirándolo con ternura con esos grandes ojos pardos tan encantadores. Cuando el canto lúgubre del tuco lo devolvió a la realidad, se puso de pie, miró el cielo. La luna de otoño, la luna de Antamaque, parecía esconderse entre las ramas, avergonzada por no poder consolarlo.

Entonces, con voz quebrada, Javicho habló por última vez:

—Dorita, esta vez sí he venido a verte. Pero tú ya no estás para esperarme. Te fallé, y el destino no me perdonó. Solo me queda esta piedra, este cielo, y el recuerdo de tus suaves manos tibias…

El frio viento sopló más fuerte, y las hojas del eucalipto danzaron como si quisieran abrazarlo. Un rayo de luna cayó sobre la piedra, como una despedida, como una señal de que el amor verdadero no muere… solo se transforma en memoria.

Y así, en la soledad de la noche serrana, Javicho se quedó allí, abrazado por los árboles y la luna, esperando un consuelo que quizá solo los Apus puedan ofrecer.

 




lunes, diciembre 22, 2025

 

La Despedida Huañina

 

           Colección “El encanto huañino”

           Autor: David Rivera Romero


 Esto que voy a contar sucedió allá por los años sesenta del siglo pasado, cuando Huáñec, ese pueblo enclavado entre los pliegues azules de la cordillera yauyina, era todavía más remoto, más íntimo. En aquellos tiempos, la carretera solo llegaba hasta “Pie de la Cuesta”. De ahí para arriba, a lomo de bestia o caminando con el alma bien templada por el viento serrano, era la única forma de llegar. Un día de viaje. Y otro tanto para regresar.

La fiesta del pueblo, la más grande, había llegado a su fin. El bullicio se tornaba silencio, los trajes bordados de fiesta dormían bien dobladitos el al baúl o colgados en los clavos de los cuartos de adobe hasta el otro año, y los músicos empacaban con nostalgia sus instrumentos. Hoy partían los “residentes”. Aquellos hijos huañinos que, como golondrinas de estación, regresaban cada año desde Lima o más allá para llenar la plaza con recuerdos, con abrazos, con chamis y con chicha de airampo.

En la portada de Shush, ese arco flanqueado por dos antiguas capillas coloniales, que marca el límite entre el adentro y el afuera, se concentraban las despedidas. Besos, abrazos, promesas, y lágrimas que el viento secaba sin pedir permiso. Entre todos, destacaba Daniel, un joven huañino residente en Lima que había regresado después de cinco largos años. Volvía con ansias de tierra, de pueblo, de fiesta, de banda y de reencuentro. Pero más que nada, volvía por ella: Juanita, su ñatita querida, esa linda flor huañina que aún lo esperaba.

Ella, con los ojos llenos de rocío, le alcanzó una taleguita con fiambre: cancha amarilla, queso seco y un trozo de charqui envuelto en papel de bolsa de azúcar. Daniel no quería irse, pero tenía que hacerlo. Llevaba en el hombro varias huantalinas bien cargadas de frutas, quesos, “machca” de cebada y uno que otro encargo de última hora. En sus alforjas, reposaba su terno azul, ese que usó para pasar de “cabecilla” y su sombrero de macora.

Juanita estaba muy cerca de la Capilla, con las manos apretadas contra el pecho, como si con ellas pudiera contener ese dolor que le subía desde el ombligo hasta la garganta. A su alrededor, sus amigas intentaban consolarla: “¡No llores, zonza! Le decían. Si él te ha prometido que volverá para llevarte a Lima, seguro lo hará. Vas a ver, solo es cosa de esperar”.

La banda de músicos, con los pulmones aún henchidos de aire limpio serrano, comenzó a tocar la “Despedida Yauyina”. Esa mulisa que parte el alma, aunque uno no quiera, que tiene en cada nota el susurro de un adiós.

Daniel, que ya estaba montado en su caballo, desmontó de golpe. Cruzó la multitud como si el tiempo se detuviera, tomó la mano de Juanita y la llevó al centro de la ronda. Allí, entre pasos y giros, bailaron. Él tenía los ojos rojos, dijo que era por el chamis que le habían dado en la mañana, pero todos sabían que era por las lágrimas que no quiso dejar escapar.

Ella lucía un sombrero blanco con un prendedor de plata que Daniel le regaló dos días antes. Su manta labrada tenía bordadas las iniciales de su nombre, y el mandil largo de cuerpo entero nuevo —hecho por la tía Ricarda— brillaba como un bordado de estrellas en cada bolsillo. Sus llanques “tapsha”, con cintas multicolores, daban vueltas con elegancia sobre el suelo polvoriento de la portada.

Daniel vestía una casaca negra de cuero, un pantalón caqui, y zapatillas blancas recién lavadas. En la cintura llevaba una cadena con silbato y un puñal de viajero que su tío le había regalado como amuleto. El sombrero negro, adornado con flores rojas y blancas, resaltaba su apariencia de un apuesto joven mestizo entre los antiguos danzantes del tiempo.

El sol ya calentaba las laderas de Lalancucho, dorando los cerros y acortando las sombras. La despedida estaba en su punto más triste. Entre abrazos, besos y miradas, se escuchaban gritos de ¡Hasta el otro año, paisano! ¡Que te vaya bonito!

Mientras la banda seguía:

“Adiós, Dios linda huañina, Llegó la hora de mi partida, Ay qué cruel es el destino, Separarme de mi adorada…” (1)

Daniel montó su caballo, pero antes de partir, buscó con la mirada a Juanita. Sus ojos se encontraron una vez más. No dijeron nada con palabras, pero sus pupilas se hablaron como solo los que han amado saben hablar.

Con un espuelazo, el caballo arrancó. Juanita ya no pudo disimular y rompió en llanto. Daniel se alejaba con el corazón apretado. Al llegar al Molino, las lágrimas ya eran dueñas de su rostro. Sacó un pañuelo blanco, de esos que se llevan solo para despedidas importantes, y lo agitó mirando hacia atrás. En Shush, aún sonaban las últimas notas de la banda.

Al pasar por Chinca, ya no se escuchaba la música. Solo el trote de las cabalgaduras y algún silbido lejano. Daniel sacó su silbato y, con fuerza, tocó ese sonido especial que tantas veces usó para llamar a Juanita. Un sonido que solo ella reconocería. Un silbido que atravesó las quebradas y fue a chocar directo contra el pecho de su ñatita que aún lo buscaba con los ojos.

Al llegar a Peña Blanca, se sacó el sombrero y lo alzó volteando la mirada hacia Calpa. Lo agitó con fuerza, como si en ese ademán se fuera también su alma. Allí, entre piedras, viento y maguey, dejó una promesa sellada con silencio.

En su corazón, llevaba un cofre invisible donde guardaba las palabras no dichas, los abrazos robados y el sabor de la chicha de airampo compartida. Cuando regresara -porque así lo había jurado- no vendría solo con regalos, sino con la decisión firme de pedir la mano de Juanita.

Historias de amor como la de Daniel y Juanita abundan en el pueblo cada año, unas crecen y se fortalecen cual un eucalipto, soportan todos los vientos y tempestades y perduran para siempre; otros crecen un tiempo, soportan vientos fuertes, pero basta una tempestad para arrancarlos de raíz y se secan lentamente a pasar de los días, otros no siquiera soportan una ventisca y cual hoja seca vuelan y desaparecen rápidamente sin dejar huella alguna.

Cada historia tiene su propio camino, Daniel y Juanita tenían la esperanza de que amor fuera tan fuerte como el eucalipto.

¡Adiós, Juanita! Llegó la hora de mi partida, Ay qué cruel es el destino, Separarme de mi adorada…”

(1) Fragmento de la obra musical “La Despedida Yauyina” de la Calandria peruana, Olga Espíritu Javier.

   


domingo, noviembre 02, 2025

 

El maestro y la voz del Apu

Colección: El Encanto Huañino

David Rivera Romero



I. Abril en Huáñec

Era Huáñec en los años sesenta del siglo veinte.
Ya había pasado el tiempo de lluvias; los riachuelos corrían mermados, cantando entre las piedras. Abril había llegado con su claridad tibia, cuando las nubes se deshacen en los filos del cerro y el verdor se derrama como manto bendito.

Las clases ya habían empezado, y toda la comarca se veía viva, perfumada de pasto fresco. Ovejas, cabras, reses, burros y caballos pastaban en las lomas, criados con paciencia y orgullo por los huañinos.

El cielo, azul intenso, parecía pintado con añil. Unas nubecitas blancas cruzaban lentas, relucientes con la luz del sol. Era la primavera serrana, tiempo alegre, tiempo de esperanza.

Desde muy temprano, el pueblo se agitaba como panal de abejas. Cada familia entraba en ajetreos: Las madres avivaban el fogón; los padres organizaban el trabajo del día; los niños, con sus cuadernos bajo el brazo, se alistaban.
Los niños iban a la escuela fiscal 476 de Antamaque, las niñas —trenzas negras, lazos rojos— a la escuela 492, la de la plaza.

 

II. Los pudientes y los que mingan

En Huáñec, como en todo pueblo, había de todo.
Unos eran los pudientes: dueños de buenas chacras, con ganados gordos y corrales llenos. “A esos les va bien”, decían los demás, con respeto y un tantito de envidia.
Otros, con “menos suerte”, se la arreglaban como podían o como Dios manda: unos días trabajando su chacrita, otros mingando o contratándose por jornal.

Los más pobres ni chacra tenían, o apenas un pedacito de tierra. Criaban su carnerito o su cabrita, no por negocio sino de cariño: su “huachito”, como se dice en Huáñec. Eran los que los pudientes contrataban como peones, para el campo o el corral.

Sin embargo, en el pueblo subsistía o resistía aún el “torna peón”, un sistema sagrado de trabajo de gran espíritu de la ayuda mutua, que viene desde nuestros abuelos del Tahuantinsuyo.  

La jornada empezaba antes que el gallo termine su canto.
El desayuno era lo que la tierra daba: papas, ocas y mashwa sancochadas; cancha doradita y máchica de cebada. Queso, casi nunca, porque “ya está contratado para mandar a Lima, hijito”, decía la mamá.
A veces había avena —la “Quaker”, la de la bolsa con el gringo del sombrero—, pero la mayoría se contentaba con su agüita de chiplique o amor seco. Eso sí, cancha y papa nunca faltaban.

III. El maestro Giuliano

Por esos años vivía en el pueblo don Giuliano. Su nombre, decían, venía de un tatarabuelo italiano, por eso sonaba distinto, es un nombre fino, decían.
Tenía chacras buenas y ganado gordo que daba gusto ver. De joven había ido a Lima a estudiar, y años después volvió como maestro de la escuela de varones. Hombre respetado, serio, con palabra de peso.

Una mañana de abril —de esas en que el pueblo bulle como hormiguero— salió temprano a la plaza. Tenía que mingar a dos peones: una pa’ regar la chacra de Tumpura, otra pa’ pastar las vacas. Él no podía hacerlo, pues su deber de maestro lo tenía ocupado de sol a sol.

Desde la esquina miraba el ir y venir de la gente. El aire olía a tierra húmeda, a pasto fresco. Pero los minutos pasaban y nadie se le acercaba. Entonces vio que los peones se reunían más bien en la esquina del mercado.
“Allí se hacen los tratos”, pensó. Y se fue apuradito.

IV. En el mercado

Apenas llegó, vio venir a Mama Pulle —su nombre era Purificación, pero en el pueblo todos la llamaban así, con cariño—.
—¡Buenos días, Mama Pulle! —saludó el maestro—. ¿Podrías ayudarme hoy con el riego en Tumpura?

Ella, con el sombrero ladeado y su manta chumpe, respondió con respeto:
—Buenos días, maestro Giuliano. Me disculpará, pero ya me mingaron.

El maestro suspiró, un poco contrariado.
—¿Y no sabrás de alguien que pueda ir en tu lugar?
—No, maestro, no sé. Pero seguro alguien aparecerá —dijo sonriendo—. Que tenga buen día, maestro.

Y se fue al mercado.

Desde fuera, don Giuliano miraba cómo la gente iba y venía. Adentro había mucha bulla, estaban los varones acordando el “torna peón”, estaban otras, como Mama Pulle y Mama Hilaria, la tendera, cuyas risas se escuchaban claramente. Entre la compra de medio kilo de azúcar, una onza de coca y cinco caramelos perita, las dos reían fuerte, de puro gusto, contando chistes y recuerdos.

El maestro se quedó mirando al suelo, pensativo:
Mama Pulle no tiene chacra ni ganado; vive del jornal, del día a día… y, sin embargo, ríe. Yo tengo chacras, vacas, sueldo de maestro. Pero vivo preocupado, apurado, como si el mundo se me viniera encima. ¿No sería mejor vivir como ella, sin tanta carga?

V. El encuentro con Mama Fortunata

De pronto una voz le cortó el pensamiento:
—¡Buenos días, maestro! —era Mama Fortunata, con su lliclla colorada cubriéndole la espalda.

—Buenos días, Mama Fortunata —contestó él, algo más animado—. Justo te buscaba. Necesito un peón para regar la chacrita de Tumpura.

—Claro que sí, maestro —respondió ella con brillo en los ojos—. Y si hubiera otro trabajito, mi Jesús también está sin oficio.

El maestro se rio, aliviado:
—Sí, sí, vengan los dos. Ahorita mismo pasen por mi casa.

Sacó del bolsillo un billete de diez soles oro —“una libra”, como todavía se decía— y otro de cinco soles, “media libra”. Se los dio.

Mama Fortunata lo miró con duda:
—¿No son veinte soles, maestro? ¿Una libra pa’ cada uno?

El maestro, algo incómodo, respondió seco:
—Son cinco soles por ti y diez por Jesús. Las mujeres ganan la mitad nomás, así se paga siempre.

Ella se quedó callada, bajó la mirada.
—Gracias, maestro —dijo quedito, y se fue ligera a la tienda.

En el camino murmuraba:
—“Las mujeres ganan la mitad, hum… si el trabajo es el mismo. Yo riego igual que cualquier hombre. Pero mejor ya no digo nada, no vaya a ser que se enoje y ya no me mingue.”

Por su parte, don Giuliano sintió alivio, como si se hubiera quitado una piedra del pecho. Caminó rápido a su casa, mientras la campana de la escuela repicaba. Era el director, y debía llegar puntual.

VI. El recuerdo y la enseñanza

Pasaron los años. Una tarde, conversando en la plaza con el maestro —ya jubilado y canoso—, me señaló con la mirada a Mama Pulle, que pasaba frente a nosotros:
—Buenas tardes, maestro —le dijo ella.
—Buenas tardes, Mama Pulle —contestó él con una sonrisa.

Entonces me contó aquella historia de la mañana en que comprendió algo importante:
—Mira, muchacho —me dijo—, uno debe aprender a vivir sin tanta preocupación. Hay que resolver las cosas a tiempo, sin apuros ni enredos. La vida se hace más buena cuando uno es solidario con los demás, sobre todo con nuestros paisanos. No es el que más tiene el que vive mejor, sino el que sabe vivir en paz, con el corazón limpio y la conciencia tranquila.

Me quedé pensando. Recordé que unos meses antes, al volver de la chacra, me crucé con Mama Fortunata. Conversamos del pueblo, de la gente: que Millge ya techó su casa nueva, que Mama Ricarda cerró la tienda, que don Toledo trajo género de pana de Lima. Entre chisme y risa, me lanzó directo:
—¿Y tú, qué haces ahora?

—Ayudo a mi papá en el taller —le dije.
—Eso ya se sabe —contestó rápido—, pero ¿qué más?

—Estudio en la capital —le respondí, medio orgulloso.
—Ah, eso suponía —dijo—. Oye, el maestro Julián fue tu profesor en la escuela, ¿no?

—¿Cuál Julián? —pregunté.
—El que ahora se hace llamar Giuliano pues —dijo riéndose—. Se fue a Lima como Julián y volvió como Giuliano. Somos promoción, no creas.

—Ah, no sabía —le dije.
—Ese es un amarrete —añadió—, un miserable, como decimos aquí en Huáñec. ¿No te he contado? A nosotras las mujeres nos pagaba cinco soles al día, a los hombres diez...

Volteé a mirar al maestro. Estaba callado, la vista perdida hacia los cerros de Almavado y Ñahuín, como quien busca allá lejos una respuesta. El viento jugaba con su sombrero, moviéndole el ala.

Y me quedé pensando:
¿Quién tenía razón? ¿El maestro con su lección del buen vivir, o Mama Fortunata con su reclamo callado?
Quizás —me dije— el buen vivir no está en tener o no tener, sino en hacer justicia con el otro, en no mirar desde arriba, sino desde el mismo suelo que nos sostiene.

Porque en el fondo, todos somos hijos del mismo Apu Huaylayo, del mismo cielo y del mismo sol.

domingo, octubre 05, 2025

Lección de vida — Chano Rula

 

Escrito por: David Rivera Romero.

Era una tarde soleada de agosto de 1970. El viento corría ligero, moviendo suavemente las espigas doradas de las chacras de Antamaque. El cielo azul se extendía limpio, con apenas unas nubes blancas que parecían descansar sobre la cima de los cerros.

Caminaba yo por los senderos polvorientos, cuando, al otro lado de la quebrada, divisé a un hombre sentado en la orilla de una sementera de trigo. Desde la distancia no pude reconocerlo. Llevado por la curiosidad, descendí hacia la quebrada, crucé el arroyo cristalino que discurría sereno entre piedras lisas y musgosas. El agua cantaba bajito, como quien tararea un yaraví.

Subí la ladera y avancé en línea recta. Ya más cerca, a unos metros, distinguí la figura: un hombre de unos cincuenta años, delgado, con el rostro curtido por el sol y el viento serrano. Llevaba un sombrero negro de fieltro, ya gastado en el ala; una camisa guinda a cuadros, las mangas largas arremangadas en los codos; pantalón chumpe de cordillate y un par de botas negras, de esas firmes que alguna vez calzaban los gendarmes, como se les llamaba a los policías, tiempos atrás.

Estaba sentado al borde del precipicio, con los codos apoyados en los muslos, los puños sosteniendo la cara, inmóvil, como si conversara en silencio con la distancia. Sus ojos, hundidos y brillantes, estaban fijos en el horizonte: los pueblos de San Joaquín y Cochas se dejaban ver allá abajo, envueltos en un manto de luz que poco a poco cedía a la sombra.

Me acerqué silbando un huayno, a ver si así volteaba. Pero no reaccionó. Parecía hipnotizado por aquel diálogo de las montañas y la luz solar.

Cuando estuve a unos cinco metros, lo reconocí: era Chano, el carpintero del pueblo. El famoso Chano rula.

Buenas tardes, don Chano —dije con respeto.

Él giró lentamente, con una sonrisa cansada, y respondió:
—Hola, David, buenas tardes. ¿Qué haces por aquí, muchacho?

—Le vi desde el frente —contesté—, y quise saber qué hacía usted sentado en esta orilla.

—Ah… —murmuró, golpeando suavemente la piedra con la palma de la mano—. Siempre que puedo, vengo hasta aquí. Esta es mi silla de piedra. Anda, siéntate a mi lado.

Acepté gustoso. Desde allí, la quebrada se abría profunda, como un gran mural pintado por la naturaleza. Los cerros altos, verdes y pardos, dejaban caer sus sombras alargadas que parecían gigantescos dedos señalando los valles.

—¿Ves esas sombras del frente? —me dijo Chano, con la mirada fija en los perfiles montañosos—. Hace un rato, la sombra de la izquierda era pequeña y la de la derecha, grande, muy grande. Ahora ya se enfrentan, casi iguales, como si discutieran. Pero en unos minutos más, cuando el sol baje, la sombra de la izquierda crecerá, avanzará lento, paso a paso… hasta cubrir a la otra. Y cuando eso pase, David, también nosotros estaremos envueltos en la sombra. Será hora de volver a Huáñec.

Sus palabras me estremecieron. ¡Qué manera tan sabia de ver el mundo! Chano no miraba solo cerros ni sombras: miraba la vida misma reflejada en la naturaleza.

Animado por su serenidad, saqué del bolsillo un papel arrugado.
—Mire, don Chano, estoy escribiendo unos versos para un concurso de literatura en el colegio. Quiero que me diga qué le parecen.

Él tomó el papel con cuidado, como si fuera un objeto sagrado. Lo leyó en silencio una y otra vez, con la frente fruncida. Al terminar, levantó los ojos y me dijo:
—Está bonito, David. Pero mira… aquí te falta una rima, aquí una coma. Y aquí, cambia esta palabra, le dará más fuerza.

Mientras hablaba, sus dedos manchados de aserrín señalaban cada corrección con firmeza, pero con ternura. Sentí entonces, que aquel carpintero no solo tallaba madera, también tallaba palabras y pensamientos.

Cuando acabamos de pulir los versos, la sombra ya nos había alcanzado. El aire se tornó fresco, y los grillos comenzaron su canto en la quebrada. Caminamos de regreso al pueblo, paso a paso, en silencio. Yo con la hoja corregida en el bolsillo, él con la mirada todavía clavada en las montañas.

Aquella tarde, comprendí que la verdadera sabiduría no se grita: se comparte con sencillez, como una sombra que avanza despacio hasta envolvernos.

Y estos son los versos que presenté en aquel concurso:

LECCIÓN DE VIDA

No puedo dar lo que no tengo,
amor, consejo, ni un solo bien.
Si no lo siento, no lo expreso,
es un engaño, un cruel desdén.

El que no es humilde, no enseña,
el que no ama, no puede dar.
El hipócrita, con falsa lengua,
solo hiere, sin nada que amar.

Las lecciones sin corazón,
no son más que un eco vacío,
un grito hueco, un falso eco,
que deja el alma en un vacío.

Si no lo vives, no lo digas,
callar es mejor, es más sincero.
Aprender primero, luego hablar,
es la verdad, el camino entero.

No hay mayor engaño que la falsedad,
no hay peor dolor que la hipocresía.
Solo podemos dar lo que llevamos,
con corazón, con verdad, con alegría.


martes, septiembre 23, 2025

El ciprés que guarda mis juegos

Recordar es es volver a vivir, reza el dicho, les invito a jugar el en ciprés de la plaza.

 Colección: El encanto huañino

David Rivera Romero

Esa noche el frío había llegado antes que la luna. El aire cortaba la cara como un cuchillo de piedra, pero la noche era tan clara que hasta las estrellas parecían más cerca. Me puse el poncho nogal, la bufanda blanca que mi madre tejió cuando partí a la ciudad, y salí a caminar por las calles del pueblo. Eran cerca de las ocho, y el silencio se metía por las rendijas de las casas, como si todos estuvieran guardando secretos.

Qué distinto se veía Huáñec ahora, pensé mientras avanzaba. Cuando llegué, a eso de las cinco de la tarde, la vida hervía por todas partes: niñas cargando baldes de agua desde el caño de la esquina, con las trenzas saltando a cada paso; niños arreando piaras de burros que se resistían a caminar, rebuznando y pateando el polvo; hombres y mujeres guiando sus borregas, sus reses, entre carcajadas y silbidos, rumbo a los corrales. Una mezcla de voces, risas y el aroma de tierra mojada llenaban el aire. Hasta las campanas de la iglesia sonaban alegres, aunque solo fuera para anunciar la misa de las seis.

“Este es el encanto huañino”, me dije entonces, cansado pero feliz de estar de vuelta después de tantos años. El viaje había sido largo y arduo: nueve horas caminando desde la estación de ómnibus en el paraje de Huayquilla, al otro lado del abra de Tres Cruces, con el costalillo al hombro, liviano porque dentro llevaba apenas mi ropa y unos cuantos panetones envueltos en papeles rojos, azules y verdes —comprados en la panadería del chino José en La Parada— para regalar a los míos. Ya era diciembre y pronto llegarían la Navidad y el Año Nuevo, y uno no puede llegar con las manos vacías.

Pero ahora, a esa hora de la noche, las calles estaban vacías y oscuras. Solo la luna comenzaba a derramar su luz por las faldas de los cerros de Lalancucho y Moya, y las estrellas se esparcían como granos de maíz blanco en el cielo. El silencio era tan profundo que se podía oír el suave murmullo de la pila de agua desde la esquina.

Avancé despacio, esperando encontrar a alguien con quien cruzar palabra. La pila seguía allí, eterna, dejando escapar su hilo cristalino con un sonido dulce y frío. Me apreté la bufanda, miré a todos lados, pero no había ni un alma.

Doblé la esquina rumbo a la plaza. Desde abajo, ya se divisaba al final de la calle el alto campanario, con su base de piedra y su techo de calamina que brillaba débilmente. Al llegar a la plaza encontré la misma soledad. Solo la luz de la luna y las estrellas permitían ver con claridad las siluetas de los cuatro cipreses, que custodiaban cada cuadrante.

Tres de ellos se alzaban altísimos, orgullosos, con sus hojas escamosas apuntando hacia el cielo como lanzas verdes. El cuarto, en cambio, era diferente: muy bajito, pequeño, con un tronco corto y retorcido, sus ramas enmarañadas y su follaje tan espeso que parecía esconderse de la mirada ajena. Ese estaba plantado frente a la iglesia, apartado en cierto modo de sus hermanos altivos.

Me detuve y lo miré con cariño. Recordé cuando de niño yo solía trepar a ese ciprés bajito, el único que se dejaba conquistar por nuestras manos pequeñas. También recordé la fotografía que mi madre mandó a tomar una tarde de 28 de julio, después del desfile escolar: yo de pie frente a aquel ciprés, con mi uniforme impecable y un orgullo inocente en los ojos.

—¿Te acuerdas de mí, compadre? —le murmuré, sin darme cuenta—. El que siempre andaba colgado de tus ramas…

En ese instante, juraría que una brisa suave me revolvió el cabello como respuesta.

Las ramas susurraban, y me parecieron las voces de mis compañeros de infancia: “¡A que no llegas hasta la punta!”, “¡Agárrate bien, que te caes!”, “¡Mira cuántas semillas junté!”.

Cerré los ojos y, por un momento, pude vernos: un puñado de niños, trepando y descolgándonos como viscachas entre las ramas, riendo a carcajadas, arañándonos las manos y las rodillas. Recordé también cómo recogíamos las semillas redondas que el árbol dejaba caer como canicas mágicas para nuestros juegos.

Me senté al pie del ciprés, recostado contra su corteza. Sentí el frío de la tierra, el perfume del musgo y de las flores de retama que alguien habría dejado en la iglesia. Desde allí miré al campanario y a las estrellas. La luna ya estaba alta y plateaba la plaza entera.

Entonces, recordé una leyenda que solíamos contar mientras jugábamos aquí, a veces a escondidas, a veces en voz alta para asustar a los más pequeños. Decían los abuelos que ese ciprés, el más bajito, estaba hechizado. Que, en las madrugadas de enero, cuando la neblina cubría la plaza, se le veía moverse, estirando sus ramas como si fueran brazos, y que quien se atrevía a treparlo a esa hora podía escuchar las voces de los niños que ya no estaban, los que partieron jóvenes, llamando desde el tronco.

Me reí solo al recordarlo.
—No te enojes, compadre —le dije en voz baja, dándole una palmadita al tronco—. Yo no creo en cuentos… pero igual no me trepo esta noche.

El viento volvió a agitar las hojas, y, por un instante, me pareció que una risita infantil flotaba entre las ramas.

—Sí, sí —añadí—, tú también extrañas nuestras travesuras, ¿verdad?

No supe cuánto tiempo estuve ahí, con la cabeza recostada en el tronco. Cuando volví en mí, la luna bañaba toda la plaza, y las calaminas del cabildo brillaban alegres. En las ventanas más cercanas, algunas luces temblaban, y un aroma a patache con masara caliente llegó desde alguna cocina cercana.

Me levanté despacio. Me sacudí el polvo, me acomodé el poncho y el sombrero. Ya no sentía nostalgia. En el pecho había un calor sereno, como si alguien —quizá el propio ciprés— me hubiera reconfortado.

Me incliné levemente y murmuré:
—Gracias, amigo. Volveré pronto.

Al dar unos pasos hacia el mercado, volví la vista una última vez. Las estrellas parecían colgarse de las puntas de los cipreses más altos, mientras el pequeño, con sus ramas retorcidas, se recostaba contra la luna como un viejo guardián satisfecho.

Y así, con el corazón ligero, caminé rumbo al mercado a buscar una tasa de chocolate “tigre” caliente, seguro de que esa noche el ciprés también dormiría tranquilo.