¡Los huañinos marchan por el Perú!
Colección: El encanto huañino
Escrito por: David Rivera Romero
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Julio llegaba siempre vestido de rojo y blanco. Apenas el
frío descendía de los cerros y el cielo de Huáñec amanecía limpio, azul e
inmenso, el corazón del pueblo empezaba a latir de otra manera. Los muchachos
de la Escuela Fiscal de Antamaque ya no hablábamos de otra cosa que no fuera el
gran desfile de Fiestas Patrias.
—¡Este año tenemos que hacer el mejor desfile que haya visto
Huáñec! —decíamos con el entusiasmo propio de nuestros pocos años.
Era 1971, el año del Sesquicentenario de la Independencia
del Perú. En cada escuela del país se respiraba un profundo fervor patriótico,
y nuestro pequeño distrito, escondido entre los cerros de Yauyos, no era la
excepción. Para nosotros, celebrar al Perú era celebrar también a Huáñec,
nuestra tierra querida, donde aprendimos a amar la bandera antes incluso de
conocer el inmenso territorio que ella representaba.
Los preparativos comenzaban varias semanas antes. Un domingo
entero caminábamos hasta la quebrada de Tinco para cortar el mejor carrizo. Con
aquellas cañas fabricábamos los faroles que iluminarían el desfile nocturno del
27 de julio. Nadie quería que su farol fuera igual al de otro. Algunos tenían
forma de estrella; otros, de torre, de barco o de escudo nacional. Cada uno
llevaba un pedacito de nuestra imaginación infantil.
Mientras tanto, cada salón construía su propio globo
aerostático. ¡Qué trabajo tan delicado! Había que pegar cuidadosamente cada
pliego de papel de seda, combinar los colores rojo y blanco, calcular el tamaño
de la antorcha y revisar una y otra vez que el aire caliente pudiera elevarlo
hasta perderse entre las estrellas. Aquello era casi una competencia de
ingenieros, aunque apenas cursábamos la primaria.
Las madres cosían los últimos detalles de los uniformes; los
padres arreglaban la plaza y colocaban banderolas, cadenetas y banderas en cada
balcón; los abuelos limpiaban las bancas mientras recordaban las celebraciones
de su juventud. Desde la panadería San Cristóbal escapaba el irresistible aroma
del pan recién salido del horno de barro, mezclándose con el perfume del
eucalipto y de la tierra húmeda.
Todo Huáñec parecía prepararse para recibir al Perú.
El 26 de julio quedó listo hasta el último detalle. La banda
escolar afinaba sus instrumentos; los batallones ensayaban el paso marcial una
y otra vez; los niños repetíamos nuestros discursos patrióticos mirando de
frente, tal como nos enseñaban los profesores. También se ultimaban los ensayos
de la gran velada artístico-musical que, como cada año, reuniría a toda la
comunidad después del desfile de antorchas.
Por fin llegó la esperada víspera.
Cuando el reloj marcó las seis de la tarde del 27 de julio,
el patio de la escuela era un hervidero de emoción. Cada alumno sostenía
orgulloso su farol; algunos lo protegían del viento con ambas manos, como si
llevaran una pequeña llama de esperanza.
A las siete en punto comenzó uno de los momentos más
esperados por grandes y chicos: el lanzamiento de los globos aerostáticos.
Desde la planicie de Antamaque, frente a la escuela, cada
sección soltó su globo entre aplausos, vivas y gritos de emoción.
—¡Vamos, tercero!
—¡Más arriba, quinto!
—¡Que llegue hasta Lima!
Los enormes globos ascendían lentamente iluminando la noche
serrana. Parecía que el cielo también quería vestirse de rojo y blanco. Pero
hubo uno que superó a todos: el globo del cuarto año. Subió tan alto que
terminó convertido en un diminuto punto rojo, semejante a una estrella que
viajaba rumbo a los cerros de Almavado.
La algarabía fue indescriptible.
—¡Ganó cuarto año!
Los aplausos retumbaron por todo el pueblo.
Sin perder tiempo, la banda escolar dio el primer toque de
corneta.
Los tambores marcaron el paso.
Las trompetas rompieron el silencio de la noche.
Y comenzó el inolvidable desfile de faroles.
Las calles empedradas de Huáñec parecían un río de luces.
Los faroles se mecían al compás de la marcha mientras la banda interpretaba
vibrantes melodías patrióticas. Las ventanas estaban repletas de familias que
saludaban emocionadas; desde los balcones caían vivas al Perú y pañuelos
blancos ondeaban al viento helado de la sierra.
Al llegar a la plaza principal, las autoridades aguardaban
en los balcones del Cabildo: el alcalde, los regidores, el gobernador, el juez
de paz, el párroco y los dirigentes de las comunidades campesinas. Todos se
pusieron de pie para aplaudir el paso de los escolares.
—¡Viva el Perú!
—¡Viva Huáñec!
—¡Vivan nuestras comunidades campesinas!
Las voces resonaban entre los cerros como si las montañas
mismas respondieran al saludo patrio.
Aquella noche todavía guardaba otra sorpresa.
La velada artístico-musical fue, quizá, la más recordada de
toda una generación. No solo participaron los estudiantes; también lo hicieron
los clubes deportivos San Cristóbal, Rayo de Oro y El Porvenir, junto con las
comunidades campesinas. La fiesta comenzó con un solemne Himno Nacional
entonado por todo el pueblo. Luego llegaron las marchas deportivas, las poesías
patrióticas, los dramas escolares sobre la independencia, las canciones
acompañadas por arpa, violín y quena, y finalmente la majestuosa danza del Rey
Inca, interpretada por los alumnos de quinto de primaria.
Cuando el reloj se acercaba a la medianoche, nadie quería
regresar a casa.
Huáñec seguía celebrando al Perú.
El amanecer del 28 de julio encontró la plaza completamente
abarrotada. Habían llegado visitantes de San Joaquín, Cochas y otros pueblos
vecinos. Los ponchos multicolores, los sombreros de ala ancha y las cintas
rojiblancas llenaban de color la plaza mientras la banda afinaba sus últimos
acordes.
Entonces se hizo un profundo silencio.
El director de la banda levantó lentamente la corneta.
Una sola nota bastó para estremecer al pueblo entero.
Los tambores comenzaron a retumbar con fuerza.
Las trompetas parecían conversar con los cerros.
Los escolares marchábamos erguidos, orgullosos de llevar el
uniforme impecable y la bandera nacional al frente del batallón. Cada paso era
un homenaje a los hombres y mujeres que nos dieron una patria libre.
Las madres lloraban discretamente de emoción.
Los padres aplaudían sin descanso.
Los abuelos sonreían orgullosos al ver que una nueva
generación aprendía a amar al Perú con la misma intensidad que ellos.
Los discursos de los niños despertaban prolongados aplausos
y repetidos vivas a la patria. No eran simples palabras aprendidas de memoria;
eran la voz sincera de una generación que crecía creyendo que servir al Perú
comenzaba respetando a la escuela, ayudando al vecino y trabajando unidos por
el progreso del pueblo.
Al concluir la ceremonia, el director resumió el sentimiento
de todos:
—Hoy no ha desfilado únicamente una escuela. Hoy ha marchado
todo Huáñec. Porque el amor al Perú no se demuestra solamente con una banda o
con un uniforme. Se demuestra trabajando unidos, honrando nuestra historia y
construyendo un mejor futuro para nuestros hijos.
Un largo aplauso envolvió la plaza.
Desde entonces, cada vez que la banda escolar vuelve a
recorrer las calles durante las Fiestas Patrias, los mayores cuentan a los
niños aquella inolvidable celebración de 1971, cuando un pequeño pueblo de la
serranía limeña hizo sentir que el Perú entero marchaba al compás de sus
cornetas.
Y todavía hoy, cuando el viento baja desde las cumbres de
Huáñec y atraviesa las calles silenciosas, muchos aseguran escuchar, mezclado
con el eco de los cerros, el inconfundible sonido de aquellas cornetas
escolares que parecen repetir una misma consigna:
—¡Arriba, huañinos! ¡Porque el Perú también nace y se
engrandece desde nuestros pueblos andinos!
Después llegaron las vacaciones de medio año. Sin embargo,
el eco de las marchas, el brillo de los faroles, los globos perdiéndose entre
las estrellas y el orgullo de haber desfilado por la patria permanecieron
grabados para siempre en la memoria de aquellos niños que, sin saberlo,
escribieron una de las páginas más entrañables de la historia de Huáñec.


