jueves, septiembre 17, 2026

 

LA COSECHA DE TRIGO EN YARUNGA 

Y LA LUZ DE LAS SIETE CABRILLAS

Colección: El encanto huañino

Por: David Rivera Romero 

Agosto de 1963 

En aquellos tiempos, cuando agosto llegaba a Huáñec con sus mañanas frías, sus tardes doradas y sus noches llenas de estrellas, el campo comenzaba a cambiar de color.

Los trigales de Yarunga se mecían con el viento como un inmenso mar amarillo. Desde aquella pampa, situada al lado del camino, se podía contemplar una hermosa parte del mundo huañino: hacia arriba, las chacras de los huañinos trepaban por la falda del cerro, formando andenes que parecían hechos a mano por los mismos apus; y hacia abajo se alcanzaban a distinguir las chacras de los quinchinos.

Yarunga era un lugar especial.

No era simplemente una chacra.

Cuando llegaba el tiempo de la cosecha, se convertía en casa, en comedor, en dormitorio, en lugar de trabajo y también en escenario de alegrías y jaranas que, con los años, quedarían guardadas para siempre en la memoria de quienes tuvieron la dicha de vivirlas.

Por aquellos días, toda la familia se trasladaba a Yarunga.

No era cosa de ir por unas horas y regresar a Huáñec. ¡Qué va! La cosecha duraba por lo menos dos semanas, y durante todo ese tiempo la chacra se convertía en el hogar de la familia. No era una mudanza de esas que ahora se hacen con camiones y muebles acomodados. ¡No, señor! En aquellos tiempos bastaban unas cuantas cosas, unas frazadas, unos pellejos de carnero, algunos utensilios, herramientas de trabajo y mucha voluntad

Se levantaba una choza de paja en el centro de la chacra, cerquita de una pirca. Allí se acomodaban para dormir, protegidos como podían del frío de las noches de agosto.

La cocina se armaba en la parte superior de la chacra, casi al borde del canal de agua que discurría por el extremo sur.

Y así comenzaba la vida de cosecha.

Desde temprano, cuando el sol apenas asomaba por encima de los cerros, comenzaba el trabajo.

Había que cortar el trigo, juntar las espigas, formar los montones y preparar todo para la trilla.

Las manos de los mayores estaban acostumbradas a aquella faena. Las mujeres trabajaban con la misma energía que los hombres; los muchachos ayudaban en lo que podían y hasta los pequeños tenían alguna tarea.

Porque en el campo, pues, nadie se quedaba mirando.

Hasta el más chiquito tenía que ganarse su plato de comida.

Entre todos se hacía la cosecha.

Y entre todos se compartía también la alegría.


Daniel tenía ocho años.

Era alumno de la Escuela Fiscal 476 y cursaba el tercer año de primaria.

Durante los días de clase vivía cerca de la plaza de Huáñec y asistía puntualmente a la escuela. Pero cuando llegaba la temporada de cosecha, sabía que al salir de clases no debía regresar directamente a casa.

Una tarde de viernes, cuando el reloj de la escuela marcaba aproximadamente las cinco, Daniel salió con su cuaderno bajo el brazo.

Los demás muchachos tomaron distintos caminos.

Daniel no.

Él sabía adónde tenía que ir.

En lugar de dirigirse hacia su casa, cerca de la plaza, tomó el camino hacia el sur, rumbo a Shush, para luego continuar hasta Yarunga.

Su familia entera estaba allá.

El camino era parte de aquella aventura.

A medida que avanzaba, Daniel dejaba atrás las casas del pueblo y se internaba poco a poco en el campo.

El aire era diferente.

Ya no se escuchaban las voces de los muchachos saliendo de la escuela ni el movimiento de la plaza.

Ahora se escuchaba el viento.

El agua.

El canto de algún pájaro perdido entre los eucaliptos.

Y, más adelante, comenzaban a aparecer los trigales.

Daniel caminaba ligero.

Sabía que al llegar encontraría a sus padres, a sus abuelos y a sus hermanos trabajando.

Y sabía también que, al terminar la jornada, vendría lo mejor.

La comida.

La conversación.

La noche.

Y quizá algún wayno cantado junto a sus hermanos.


Aquella tarde, cuando Daniel llegó a Yarunga, el sol ya estaba bajando.

La chacra estaba llena de actividad.

Las espigas de trigo se encontraban apiladas en cada andén, formando pequeños cerros dorados.

Desde lejos se veían las familias trabajando en sus parcelas.

Más allá, en la falda del cerro, algunas fogatas comenzaban a encenderse.

La tarde se iba apagando lentamente.

—¡Daniel! —se escuchó llamar.

Era uno de los suyos.

Daniel dejó sus cosas y se incorporó a las labores.

En la cosecha, el tiempo pasaba rápido.

Un rato parecía largo, pero cuando uno se daba cuenta ya había caído la noche.

Y aquella noche de agosto era una de esas noches que no se olvidan.

Después de la faena vino la comida.

Y entre las cosas que más esperaba Daniel estaba la famosa watia de calabaza.

La calabaza se colocaba entre la paja encendida y las cenizas calientes del trigo cosechado.

Poco a poco se iba cocinando.

El olor comenzaba a llenar el aire.

—Ya está, ya está —decía alguno.

Y los pequeños se acercaban con los ojos bien abiertos.

Cuando por fin sacaban la calabaza, estaba caliente y suave.

¡Qué maravilla!

No hacía falta plato elegante ni cubiertos finos.

En Yarunga, en esos tiempos, una watia recién salida de la paja podía convertirse en el mejor manjar del mundo.

Y así, entre risas y conversaciones, la familia comía.


Pero la noche recién comenzaba.

El cielo estaba completamente despejado. ¡Qué cielo aquel!

Limpio, profundo, inmenso.

Parecía que Dios había lavado el firmamento para que las estrellas brillaran con toda su fuerza.

Daniel levantó la mirada.

Allá arriba estaba la Cruz del sur.

Más allá, los llamados Ojos de Llama.

Y cruzando el cielo, como un enorme camino de luz, el Tayta Mayu, la Vía Láctea.

Pero las que más atractivas y alucinantes eran Las Siete Cabrillas.

Pequeñitas, juntas, brillando allá arriba.

Daniel las miraba maravillado. Soñaba que algún día podría alcanzar con sus manos y ponerlos en su bolso de la escuela.

La luna, en cuarto menguante, apenas iluminaba el paisaje.

El resto lo hacían las estrellas.

Abajo, en las chacras, se podían ver pequeñas fogatas.

Parecían lucecitas perdidas en la oscuridad de la falda del cerro.

Los eucaliptos se movían suavemente con el viento.

Sus sombras se alargaban sobre la tierra.

Y por el canal de regadío corría el agua con un murmullo tranquilo.

Era una noche serena.

Una de esas noches en que hasta el silencio parece cantar.

Daniel se quedó escuchando.

No había ruido de motores.

No había electricidad que iluminara el campo.

No había televisión.

No había teléfonos.

No había apuro.

Solamente el cielo, los cerros, los trigales, el agua y la familia.

Y eso era suficiente.


Cuando llegaba la hora de dormir, la familia se acomodaba como podía.

Pero Daniel tenía una preferencia.

Le gustaba dormir afuera.

Al lado de la choza.

Sobre el pellejo de oveja que servía como colchón.

¡Ah, qué suavidad!

Después de todo un día de trabajo, acostarse sobre aquel pellejo y mirar el cielo era una felicidad que hoy resulta difícil explicar.

Daniel se acomodaba.

Sus hermanos estaban cerca.

La familia conversaba un rato.

Y luego comenzaban los waynos.

Uno empezaba.

Otro respondía.

Y así, entre voces juveniles, alguna guitarra imaginaria en la memoria y el murmullo del agua, la noche se llenaba de música.

A veces cantaban bajito.

A veces con más fuerza.

Porque cuando uno es joven, pues, el cansancio se olvida cuando aparece un wayno.

Y si el corazón está contento, se canta nomás.

No importa si la voz es buena o mala.

¡Para eso está la noche!

Para cantar.

Para reír.

Para recordar.

Para vivir.

Daniel escuchaba a sus hermanos y, poco a poco, el sueño comenzaba a vencerlo.

Miraba por última vez las estrellas.

Y se quedaba dormido.


Así pasaron aquellos días de cosecha.

Día tras día.

Mañana tras mañana.

Con el trigo cortado bajo el sol, las espigas acumulándose en los andenes, el trabajo familiar, la watia, las fogatas, los waynos y aquellas noches interminables de agosto.

La cosecha de trigo no era solamente una actividad agrícola.

Era una forma de vida.

Era la familia reunida.

Era el campo convertido en casa.

Era el trabajo compartido.

Era la conversación de los mayores.

Era la alegría de los niños.

Era la música de los jóvenes.

Era el cielo de Yarunga cubriendo a todos por igual.

Y aquellas experiencias fueron quedando grabadas, poco a poco, en la mente, en el corazón y en el alma de Daniel.


Pasaron los años.

Muchos años.

Casi medio siglo.

Y un día Daniel regresó a Yarunga.

Ya no era aquel niño de ocho años que salía de la escuela con su cuaderno bajo el brazo.

Ahora era un hombre.

Se quedó parado sobre una gran piedra de la chacra.

Miró alrededor.

El paisaje seguía teniendo algo conocido.

El cerro.

Los andenes.

El camino.

El agua.

El cielo.

Pero faltaban personas.

Muchas personas.

Ya no estaban los abuelos Arnaldo y Elena.

Tampoco estaban sus padres.

Y Daniel sintió entonces que el tiempo había pasado de verdad.

Se quedó en silencio.

Miró hacia arriba.

Las estrellas comenzaban a aparecer nuevamente.

Una.

Dos.

Tres.

Después muchas y pudo avizorar nuevamente Las siete cabrillas.

Y entonces recordó algo que alguna vez le había dicho su abuelo Arnaldo.

Daniel era todavía un niño cuando escuchó aquella explicación.

—Abuelito, ¿por qué hay tantas estrellas?

Su abuelo Arnaldo, que conocía muchas historias de los antiguos, miraba hacia el cielo y después a su nieto.

—Porque allá arriba también hay gente que nos mira.

Daniel se quedó callado.

—¿Quiénes?

El abuelo sonrió.

—Nuestros antepasados. Los que ya se fueron. Ellos están allá arriba mirando a sus hijos, a sus nietos... Por eso las estrellas no se apagan.

Daniel volvió a mirar el cielo.

—¿Y las Siete Cabrillas?

—También —respondió el abuelo—. Mira bien. Cuando brillan fuerte, es porque alguien está mirando.

Aquella explicación quedó grabada en la memoria del muchacho.

No sabía entonces que muchos años después recordaría esas palabras con una claridad que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar.

Las estrellas seguían allí.

Titilaban.

Brillaban.

Parecían lejanas.

Pero nunca se apagaban.

Daniel pensó entonces que quizá el abuelo tenía razón.

Tal vez aquellas luces que veía en el cielo eran los ojos de quienes alguna vez caminaron por esas mismas chacras.

De quienes trabajaron aquellos andenes.

De quienes cantaron aquellos waynos.

De quienes encendieron las fogatas.

De quienes prepararon la watia.

De quienes durmieron sobre el pellejo de oveja mirando el mismo cielo.

De quienes amaron aquella tierra.

Y de quienes, aunque ya no estaban físicamente, seguían acompañando a los que habían quedado.


Daniel permaneció allí un largo rato.

Miró hacia las chacras de los huañinos, allá arriba.

Miró hacia las chacras bajas de los quinchinos.

Escuchó nuevamente el rumor del agua por el canal.

El viento movió suavemente los eucaliptos.

Y por un instante le pareció escuchar, muy lejos, una voz cantando un antiguo wayno.

Quizá era solamente el viento.

Quizá era el recuerdo.

O quizá eran las voces de los que se habían ido.

Quién sabe.

En el corazón de un huañino, esas cosas no necesitan explicación.

Porque hay recuerdos que no mueren.

Hay canciones que no dejan de sonar.

Hay caminos que uno puede recorrer después de cincuenta años y sentir que acaba de pasar por allí ayer.

Y hay noches en que uno mira las estrellas y descubre que los seres queridos no se han ido del todo.

Siguen allí.

Arriba.

En el cielo inmenso.

Titilando.

Cuidándonos.

Sin apagarse nunca.

Daniel sonrió.

Tenía tristeza en el corazón por aquellos seres queridos que ya no estaban.

Pero también tenía alegría.

Alegría por haber vivido aquellos años.

Por haber conocido aquellas noches.

Por haber corrido de niño entre los trigales.

Por haber compartido la cosecha con su familia.

Por haber dormido al lado de la choza, sobre un pellejo de carnero, bajo el cielo más hermoso que podía recordar.

Y comprendió que, después de tantos años, la cosecha de trigo todavía seguía allí.

No en los andenes.

No en las espigas.

No en las fogatas.

Sino dentro de él.

Porque algunas cosechas no se recogen con las manos.

Se recogen con el corazón.

Y la cosecha de aquel agosto de 1963 había dejado en Daniel una riqueza que ningún tiempo podía quitarle.

La riqueza de sus recuerdos.

La riqueza de su familia.

La riqueza de Yarunga.

La riqueza de ser huañino.

Daniel volvió a mirar las estrellas.

Y allá arriba, entre las Siete Cabrillas, la Cruz del Sur, los Ojos de Llama y el Tayta Mayu, una luz seguía titilando.

Y otra.

Y otra.

Como si los antiguos habitantes de aquella tierra todavía estuvieran allí, cuidando desde el cielo a sus hijos, a sus nietos y a todos aquellos que alguna vez caminaron por las chacras de Yarunga.

Daniel bajó lentamente de la gran piedra.

Y mientras emprendía el camino de regreso, pensó que quizá eso era la vida:

trabajar, cantar, querer, recordar...

y algún día convertirse también en una pequeña estrella que, desde lo alto, siguiera iluminando el camino de los que vienen detrás.

Así era Yarunga.

Así era la cosecha.

Así era la vida de aquellos huañinos de antaño.

Y así, entre trigo, fogatas, waynos y estrellas, quedó para siempre guardado en la memoria de Daniel aquel hermoso agosto de 1963.

martes, julio 28, 2026

¿Los huañinos marchan por el Perú!

 

¡Los huañinos marchan por el Perú!

Colección: El encanto huañino

Escrito por: David Rivera Romero

Foto de año reciente


Julio llegaba siempre vestido de rojo y blanco. Apenas el frío descendía de los cerros y el cielo de Huáñec amanecía limpio, azul e inmenso, el corazón del pueblo empezaba a latir de otra manera. Los muchachos de la Escuela Fiscal de Antamaque ya no hablábamos de otra cosa que no fuera el gran desfile de Fiestas Patrias.

—¡Este año tenemos que hacer el mejor desfile que haya visto Huáñec! —decíamos con el entusiasmo propio de nuestros pocos años.

Era 1971, el año del Sesquicentenario de la Independencia del Perú. En cada escuela del país se respiraba un profundo fervor patriótico, y nuestro pequeño distrito, escondido entre los cerros de Yauyos, no era la excepción. Para nosotros, celebrar al Perú era celebrar también a Huáñec, nuestra tierra querida, donde aprendimos a amar la bandera antes incluso de conocer el inmenso territorio que ella representaba.

Los preparativos comenzaban varias semanas antes. Un domingo entero caminábamos hasta la quebrada de Tinco para cortar el mejor carrizo. Con aquellas cañas fabricábamos los faroles que iluminarían el desfile nocturno del 27 de julio. Nadie quería que su farol fuera igual al de otro. Algunos tenían forma de estrella; otros, de torre, de barco o de escudo nacional. Cada uno llevaba un pedacito de nuestra imaginación infantil.

Mientras tanto, cada salón construía su propio globo aerostático. ¡Qué trabajo tan delicado! Había que pegar cuidadosamente cada pliego de papel de seda, combinar los colores rojo y blanco, calcular el tamaño de la antorcha y revisar una y otra vez que el aire caliente pudiera elevarlo hasta perderse entre las estrellas. Aquello era casi una competencia de ingenieros, aunque apenas cursábamos la primaria.

Las madres cosían los últimos detalles de los uniformes; los padres arreglaban la plaza y colocaban banderolas, cadenetas y banderas en cada balcón; los abuelos limpiaban las bancas mientras recordaban las celebraciones de su juventud. Desde la panadería San Cristóbal escapaba el irresistible aroma del pan recién salido del horno de barro, mezclándose con el perfume del eucalipto y de la tierra húmeda.

Todo Huáñec parecía prepararse para recibir al Perú.

El 26 de julio quedó listo hasta el último detalle. La banda escolar afinaba sus instrumentos; los batallones ensayaban el paso marcial una y otra vez; los niños repetíamos nuestros discursos patrióticos mirando de frente, tal como nos enseñaban los profesores. También se ultimaban los ensayos de la gran velada artístico-musical que, como cada año, reuniría a toda la comunidad después del desfile de antorchas.

Por fin llegó la esperada víspera.

Cuando el reloj marcó las seis de la tarde del 27 de julio, el patio de la escuela era un hervidero de emoción. Cada alumno sostenía orgulloso su farol; algunos lo protegían del viento con ambas manos, como si llevaran una pequeña llama de esperanza.

A las siete en punto comenzó uno de los momentos más esperados por grandes y chicos: el lanzamiento de los globos aerostáticos.

Desde la planicie de Antamaque, frente a la escuela, cada sección soltó su globo entre aplausos, vivas y gritos de emoción.

—¡Vamos, tercero!
—¡Más arriba, quinto!
—¡Que llegue hasta Lima!

Los enormes globos ascendían lentamente iluminando la noche serrana. Parecía que el cielo también quería vestirse de rojo y blanco. Pero hubo uno que superó a todos: el globo del cuarto año. Subió tan alto que terminó convertido en un diminuto punto rojo, semejante a una estrella que viajaba rumbo a los cerros de Almavado.

La algarabía fue indescriptible.

—¡Ganó cuarto año!

Los aplausos retumbaron por todo el pueblo.

Sin perder tiempo, la banda escolar dio el primer toque de corneta.

Los tambores marcaron el paso.

Las trompetas rompieron el silencio de la noche.

Y comenzó el inolvidable desfile de faroles.

Las calles empedradas de Huáñec parecían un río de luces. Los faroles se mecían al compás de la marcha mientras la banda interpretaba vibrantes melodías patrióticas. Las ventanas estaban repletas de familias que saludaban emocionadas; desde los balcones caían vivas al Perú y pañuelos blancos ondeaban al viento helado de la sierra.

Al llegar a la plaza principal, las autoridades aguardaban en los balcones del Cabildo: el alcalde, los regidores, el gobernador, el juez de paz, el párroco y los dirigentes de las comunidades campesinas. Todos se pusieron de pie para aplaudir el paso de los escolares.

—¡Viva el Perú!
—¡Viva Huáñec!
—¡Vivan nuestras comunidades campesinas!

Las voces resonaban entre los cerros como si las montañas mismas respondieran al saludo patrio.

Aquella noche todavía guardaba otra sorpresa.

La velada artístico-musical fue, quizá, la más recordada de toda una generación. No solo participaron los estudiantes; también lo hicieron los clubes deportivos San Cristóbal, Rayo de Oro y El Porvenir, junto con las comunidades campesinas. La fiesta comenzó con un solemne Himno Nacional entonado por todo el pueblo. Luego llegaron las marchas deportivas, las poesías patrióticas, los dramas escolares sobre la independencia, las canciones acompañadas por arpa, violín y quena, y finalmente la majestuosa danza del Rey Inca, interpretada por los alumnos de quinto de primaria.

Cuando el reloj se acercaba a la medianoche, nadie quería regresar a casa.

Huáñec seguía celebrando al Perú.

El amanecer del 28 de julio encontró la plaza completamente abarrotada. Habían llegado visitantes de San Joaquín, Cochas y otros pueblos vecinos. Los ponchos multicolores, los sombreros de ala ancha y las cintas rojiblancas llenaban de color la plaza mientras la banda afinaba sus últimos acordes.

Entonces se hizo un profundo silencio.

El director de la banda levantó lentamente la corneta.

Una sola nota bastó para estremecer al pueblo entero.

Los tambores comenzaron a retumbar con fuerza.

Las trompetas parecían conversar con los cerros.

Los escolares marchábamos erguidos, orgullosos de llevar el uniforme impecable y la bandera nacional al frente del batallón. Cada paso era un homenaje a los hombres y mujeres que nos dieron una patria libre.

Las madres lloraban discretamente de emoción.

Los padres aplaudían sin descanso.

Los abuelos sonreían orgullosos al ver que una nueva generación aprendía a amar al Perú con la misma intensidad que ellos.

Los discursos de los niños despertaban prolongados aplausos y repetidos vivas a la patria. No eran simples palabras aprendidas de memoria; eran la voz sincera de una generación que crecía creyendo que servir al Perú comenzaba respetando a la escuela, ayudando al vecino y trabajando unidos por el progreso del pueblo.

Al concluir la ceremonia, el director resumió el sentimiento de todos:

—Hoy no ha desfilado únicamente una escuela. Hoy ha marchado todo Huáñec. Porque el amor al Perú no se demuestra solamente con una banda o con un uniforme. Se demuestra trabajando unidos, honrando nuestra historia y construyendo un mejor futuro para nuestros hijos.

Un largo aplauso envolvió la plaza.

Desde entonces, cada vez que la banda escolar vuelve a recorrer las calles durante las Fiestas Patrias, los mayores cuentan a los niños aquella inolvidable celebración de 1971, cuando un pequeño pueblo de la serranía limeña hizo sentir que el Perú entero marchaba al compás de sus cornetas.

Y todavía hoy, cuando el viento baja desde las cumbres de Huáñec y atraviesa las calles silenciosas, muchos aseguran escuchar, mezclado con el eco de los cerros, el inconfundible sonido de aquellas cornetas escolares que parecen repetir una misma consigna:

—¡Arriba, huañinos! ¡Porque el Perú también nace y se engrandece desde nuestros pueblos andinos!

Después llegaron las vacaciones de medio año. Sin embargo, el eco de las marchas, el brillo de los faroles, los globos perdiéndose entre las estrellas y el orgullo de haber desfilado por la patria permanecieron grabados para siempre en la memoria de aquellos niños que, sin saberlo, escribieron una de las páginas más entrañables de la historia de Huáñec.

jueves, mayo 21, 2026

 "En el camino me cantará..."

Colección: El encanto huañino

            Por: David Rivera Romero

Cuento andino de Huáñec – Sierra de Lima, Perú


Allá por los años cincuenta del siglo XX, cuando Huáñec todavía amanecía con olor a alfalfa mojada, humo de leña y canto de gallos finos, vivía en el extremo del pueblo don Joel Ballarta, hombre de respeto, trabajador como hormiga y recto como vara de eucalipto. Su casa–granja quedaba al extremo del caserío, cerquita de la quebrada, donde en abril las flores silvestres pintaban las chacras de amarillo, morado y rojo encendido, como si el mismo Tayta Dios hubiera tendido un poncho bordado sobre los sembríos.

A esa hora tempranera, cuando el sol apenas despuntaba detrás de los cerros de Cochas y las neblinas todavía dormían en los barrancos, podía verse a Joel recorriendo sus corrales, dando maíz a las gallinas y hablando con sus animales como si fueran de la familia.

Y no era para menos.
Entre todas sus aves había un gallo especial.

Grande, colorado, de cresta parada y pecho arrogante. Caminaba como hacendado en fiesta patronal. Aquel era el famoso gallo fino, el gallo alfa del corral. Joel lo había comprado meses atrás en la granja “El Dorado”, allá en la costa, y desde entonces el animal se había vuelto orgullo del pueblo. Decían que cantaba tan fuerte y tan claro, que su voz rebotaba hasta los cerros de San Joaquín.

Pero en aquellos mismos días llegó al pueblo otro personaje.

Arturo Guillén Malvas.

Hombre tunante y andariego. De rostro alargado, nariz aguileña y barba desordenada que le cubría media cara. Caminaba medio encorvado, ligero y saltadito, como zorro sorprendido entre chacras ajenas. Tenía esa maña de hablar bonito y sonreír de lado, como quien siempre esconde algo bajo el poncho.

Arturo era compadre de Joel, y por eso nomás le dieron posada aquella noche.

—Pase compadrito, acomódese no más —le había dicho Joel—. La noche está fría y por estos caminos anda bravo el sereno.

—Dios se lo pague, compadre Joel —contestó Arturo, sobándose las manos—. Mañana tempranito seguiré viaje.

Y así fue.

Comieron su sopita caliente, conversaron largo rato sobre pueblos, ferias y caminos, y cuando el silencio cubrió Huáñec, cada quien se fue a dormir.

Pero ya de madrugada…

¡Ayayay…!

A eso de las tres, Joel sintió ruidos en el patio.

“¿Quién andará por allí?”, pensó.

Se levantó despacito, tomó su linterna de mano y salió envuelto en su poncho oscuro. El cielo estaba cuajado de estrellas y la quebrada sonaba bajito con el correr del agua.

Allí encontró a Arturo.

Ya tenía listas sus alforjas y un costalillo nuevo, acomodado junto a la puerta.

—¡Compadre! —dijo Joel, todavía soñoliento—. ¿Tan temprano ya quiere marcharse? Todavía ni amanece.

Arturo se acomodó el sombrero y respondió rápido:

—Sí, compadrito. El camino es largo.

Joel bostezó mirando el cielo.

—Pero ni siquiera ha cantado el gallo todavía…

Entonces Arturo sonrió apenas, levantó el costalillo y respondió aquella frase que después se haría famosa en todo Huáñec:

—No se preocupe, compadre…
¡En el camino me cantará!

Joel, medio dormido todavía, soltó una risa corta.

—Entonces, vaya con Dios, compadre.

—Gracias, compadrito.

Y Arturo se perdió camino abajo, tragado por la oscuridad y el silbido del viento.

Joel volvió a dormir.

Pero ya clareando la mañana, cuando llevó maíz al corral…

Algo le golpeó el pecho.

Las gallinas picoteaban normal. Los pollos corrían de aquí para allá.

Pero el gran gallo colorado…

¡No estaba!

—¿Ajá…? —murmuró Joel.

Entró al galpón.

Nada.

Revisó detrás de los costales.

Nada.

Miró el cerco.

Nada.

Entonces sus ojos fueron directo al patio.

Y allí recién se dio cuenta.

El costalillo nuevo… tampoco estaba.

Joel se quedó inmóvil unos segundos.

Como relámpago le vino el recuerdo.

“¡En el camino me cantará compadre!”

—¡Ave María Purísima! —gritó llevándose las manos a la cabeza—.
¡Ese sinvergüenza me ha robado el gallo!

Y dando zapatazos de rabia agregó:

—¡Y todavía me avisó en mi propia cara!

 

Aquella misma mañana Joel fue derechito donde el juez de paz.

El juzgado quedaba al costado de la municipalidad. Allí despachaba el famoso juez costeño, hombre barrigón y elegante, siempre vestido con terno oscuro y una corbata roja que brillaba como ají mirasol bajo el sol serrano.

Tenía fama de justo.

—Pase usted, don Joel —dijo el juez acomodándose los lentes—. ¿Qué asunto lo trae tan temprano?

Joel se quitó el sombrero y habló serio:

—Señor juez, vengo a denunciar un robo.

—¿Qué le han robado?

Joel respiró profundo.

—Mi gallo.

El juez levantó las cejas.

—¿Un gallo?

—No cualquier gallo, señor juez. Mi gallo fino. El mejor del pueblo.

El juez carraspeó.

—¿Y quién es el denunciado?

Joel golpeó la mesa con rabia contenida.

—¡Arturo Guillén Malvas!

La denuncia quedó registrada.

De inmediato mandaron aviso al gobernador del pueblo para traer al acusado “de grado o fuerza”, como decían antes.

Y así fue.

Dos días después el gobernador y sus tenientes llegaron con Arturo, polvoriento y renegando, y lo encerraron en la carceleta del pueblo.

¡Uyuyuy… cómo comentaba la gente!

—“Dicen que se robó un gallo…”

—“No pues, dicen que era un gallo fino…”

—“Capaz quería venderlo en Catahuasi…”

Hasta los muchachos iban a mirar por las rendijas de la carceleta para ver al famoso roba–gallos.

Arturo, sentado en un rincón, chacchaba coca en silencio.

A veces renegaba bajito.

A veces soltaba una sonrisa pícara.

Y a veces parecía arrepentido.

Porque en el fondo sabía que había abusado de la confianza de su compadre.

 

Llegó por fin el día del juicio.

El salón estaba lleno.

Unos habían ido por curiosidad. Otros para reírse un rato. Y no faltaban los viejos que se acomodaban diciendo:

—“A ver qué dice la justicia…”

El juez golpeó la mesa.

—¡Orden!

Luego miró a Arturo.

—Diga usted, señor Guillén. ¿Es verdad que robó el gallo del señor Joel?

Arturo levantó lentamente la cabeza.

—Señor juez… yo no robé el gallo.

—¿Cómo que no? —preguntó el juez frunciendo el ceño.

—No, señor. Yo me llevé el gallo… pero no lo robé.

La sala soltó murmullos.

El juez acomodó su corbata roja.

—Explíquese bien.

Entonces Arturo habló despacito, como quien teje una trampa con palabras.

—Cuando me despedía, mi compadre Joel me dijo que todavía era temprano porque ni el gallo había cantado… y yo le respondí clarito: “En el camino me cantará compadre”. Y él me contestó: “Entonces que te vaya bien”.

Hizo una pausa teatral.

—Si el gallo iba a cantarme en el camino… ¿cómo iba a hacerlo si no lo llevaba conmigo?

¡La sala entera soltó carcajadas!

Hasta el secretario tuvo que agachar la cabeza para ocultar la risa.

Pero Joel se puso colorado de indignación.

—¡No se haga el inocente! —gritó—. ¡Yo no sabía que el gallo estaba dentro del costalillo!

El juez golpeó la mesa otra vez.

—¡Orden carajo!

Luego se quedó pensando largo rato.

Miró a Joel.

Miró a Arturo.

Miró a la ventana donde se escuchaba cantar otro gallo lejano.

Finalmente habló:

—La intención dolosa está clara. El acusado abusó de la confianza de su compadre y se llevó un bien ajeno sin consentimiento.

Arturo bajó la cabeza.

El juez continuó:

—Se ordena la devolución inmediata del gallo y del costalillo. Asimismo, el señor Arturo Guillén Malvas deberá pagar doscientos soles oro por daños y perjuicios.

Un murmullo recorrió la sala.

Dos cientos soles oro…

¡Era plata seria!

Arturo sintió que el alma se le iba a los pies.

Joel, en cambio, respiró tranquilo, aunque por dentro todavía le dolía más la traición que el robo mismo.

Porque perder un gallo era poca cosa.

Pero perder la confianza de un compadre…

Eso sí dolía.

 

Pasaron algunos días.

Llegó el dinero.

Regresó el gallo.

Y desde entonces el animal se volvió celebridad en Huáñec.

Los niños iban a verlo.

Le llevaban maíz.

Le hablaban como a persona importante.

—“Ese es el gallo que cantó en el camino…”

Decían entre risas.

Y el animal, orgulloso como siempre, caminaba por el corral levantando las plumas, como si supiera que ya era famoso.

En cuanto a Arturo…

Quedó libre.

Pero jamás volvió a dormir en casa de Joel.

Cuando alguna vez se cruzaban en la plaza, apenas se saludaban.

Y aunque los años fueron pasando, todavía los viejos del pueblo cuentan esta historia sentados al sol, diciendo entre risas y sacudidas de cabeza:

—¡Cuidado pues compadrito…!
¡No vaya ser que “en el camino le cante…”!


sábado, marzo 28, 2026


 Cotón Verde

Colección: El encanto huañino

Escrito por David Rivera Romero

El mal que no tiene nombre

Aquella tarde, cuando el sol ya se iba escondiendo tras los cerros como cansado de alumbrar tanta pena humana, Silvio yacía inconsciente sobre su lecho, como alma que se ha apartado del cuerpo sin avisar. Su madre, con el corazón encogido y los ojos ya secos de tanto llorar, mandó llamar a la curandera del pueblo, mujer sabia en males del cuerpo y del espíritu.

No tardó mucho en llegar. Entró con paso pausado, sin saludar siquiera, como quien ya sabe que no hay tiempo que perder. Se sentó junto al enfermo y, con manos seguras, “armó la coquita”, chakchando la hoja sagrada con cal, mirando fijamente el vacío, como si desde allí leyera lo que los ojos humanos no alcanzan.

Al terminar el rito, revisó el cuerpo de Silvio, palpó sus brazos, su pecho, su frente fría… y moviendo la cabeza con gravedad dijo:

—No, no está bien… hay que curarlo pronto. Si no, en tres días se nos va… así le pasó a Juvino, por no curar a tiempo murió el pobre.

Se hizo un silencio espeso, como de nube baja.
—Hay que llevarlo donde lo encontraron —sentenció.

 

La noche de la fiesta

El día anterior, Silvio había bajado al pueblo vecino , al encuentro de Felicia, la muchacha que le tenía trastornado el pensamiento. No era cualquier visita: ya había pedido su mano, ya hablaban de matrimonio, ya se soñaban juntos.

Se había vestido con lo mejor del baúl, como mandan las ocasiones serias: sombrero negro a la pedrada, pañuelo rojo al cuello, camisa de franela a cuadros, pantalón caqui bien planchado y zapatillas negras nuevecitas, compradas en la tienda de los Gutiérrez.

Caminaba ligero por el camino angosto, silbando, ensayando versos para su amada.
—Hoy sí le digo bonito —murmuraba.

Y la noche cumplió su promesa.

La fiesta estaba en su punto. La banda “Los Ángeles” hacía retumbar el aire. Había baile, risas, gritos y el infaltable chamis, el trago fuerte que calienta el pecho y suelta la lengua.

Felicia estaba radiante. Vestido azul, aretes de plata largos que Silvio le mandó hacer en la platería Rivera, su sombrero chilcano calado con sus iniciales, la manta labrada nueva prendida con un broche de plata, de jarra con piedra rojas y azules. Era, como dicen en el pueblo, una “buena chola”, de esas que hacen detener la mirada.

Silvio bebía, reía, bailaba… y amaba.

 

El camino de Pungosh

A eso de las once dejaron la fiesta. Felicia y su hermana Julia lo acompañaron con linterna a kerosene en mano hasta Chinchán. Allí se despidieron.

Silvio siguió solo.

La noche estaba hermosa, callada, con estrellas que parecían clavadas en el cielo. Subió hasta Pungosh, ese lugar donde el camino se vuelve más suave, como si también descansara.

—De aquí ya es planito —dijo, recostándose un momento.

Y entonces… la oyó.

Una voz dulce, cantando:

“De peña blanca yo te vi…”

Se levantó sobresaltado. A lo lejos, una luz amarilla titilaba. Era ella. Era Felicia… o eso creyó.

Se acercó. Allí estaba, con su manta, su sombrero… pero con un vestido verde intenso, que no llevaba en la fiesta.

—Felicia… ¿te cambiaste? —preguntó.

Ella no respondió.

—Ven, mi amor… no podía dejarte ir —dijo, tomándole la mano.

Caminaron juntos. Pero algo no estaba bien. El aire pesaba distinto. El silencio hablaba.

—Regresemos a Pungosh —dijo él.

—No… ahora estamos juntos para siempre —respondió ella, con voz dulce y fría a la vez.

Y en ese instante lo jaló con una fuerza que no era de este mundo…
y ambos cayeron al abismo.

 

El hallazgo y el miedo

Al día siguiente, su ausencia empezó como una inquietud leve… luego como sospecha… y finalmente como terror.

Su madre, ya deshecha por dentro, bajó hasta Quinches. Allí supo que Silvio había partido la noche anterior.

—Dios mío… que no sea Cotón Verde… —susurró.

Subió hasta Pungosh, revisando cada piedra, cada huella. Y allí, junto a una roca que sobresale del suelo, encontró el pañuelo rojo.

El mundo se le vino abajo.

Siguió buscando, ahora por el camino pedregoso que conduce a Peña blanca… hasta que lo vio. Silvio estaba tendido entre arbustos de quishca, como detenido entre la vida y la muerte, al borde del precipicio.

 

El regreso del alma

Lo llevaron al pueblo. Respiraba, sí… pero no despertaba.

—No es golpe… es mal del espíritu —dijeron los curanderos.

La curandera ordenó el ritual.

Dos mujeres deben quedar al lado de Silvio, rezando siempre y cuidadito con dejarlo solo ni un momento.

En la noche, bajaron nuevamente a Pungosh. La oscuridad era más honda que de costumbre. El tuco cantaba como anunciando desgracia.

No trajeron a Silvio, solo su ropa, que colocaron sobre el arbusto.
—Ángel de la guarda, regresa a tu cuerpo… —repetía la curandera.

La coquita no “armaba”… hasta que, tras largo rato, gritó:

—¡Ahora sí! ¡Está dulce!

Señaló una luz lejana:
—Allí está… Cotón Verde, ¿pueden ver? esa es.

Rezaron con fuerza, recuperaron la ropa y volvieron.

Ya en la casa, la curandera vistió a Silvio y, con voz de mando, gritó:

—¡Silvio, regresa ya!

Le dio una bofetada seca.

Y entonces… Silvio despertó.

—¿Dónde estoy?… —murmuró.

Su madre lo abrazó, llorando:
—¡Gracias a Dios!

 

El espíritu que camina

Esa noche nadie durmió.

Entre rezos, café de cebada y susurros, se habló de ella…

Cotón Verde.

La doncella antigua.
La de voz dulce.
La que vaga entre Huáñec y Quinches.
La que canta y enamora… y pierde a los hombres.

Dicen que fue abandonada. Que su pena la volvió sombra.
Que en las noches de fiesta aparece…
y que en Pungosh descansa, cantando huaynos tristes.

Los ebrios, los enamorados, los distraídos…
son los que más caen.

 

El silencio del destino

Al amanecer, el pueblo volvió a respirar.

Silvio vivía.

Pero en su mirada había algo distinto… como si hubiera visto demasiado.

Felicia estaba allí, callada, con el alma temblando. No entendía del todo… pero sentía.

Nadie dijo nada.
Nadie preguntó más de la cuenta.

Porque en los pueblos, hay cosas que se saben…
pero no se nombran.

Dicen que Silvio se salvó porque la curandera fue diligente.
Dicen que Dios lo quiso así.

Y sobre si se casaron Felicia y Silvio…
nadie lo aseguró.

Pero en el silencio de los viejos, en la media sonrisa de las mujeres…
parece que sí.

Porque si no fuera así…
este ya sería otro cuento.

domingo, febrero 15, 2026

 

Huáñec: Tierra de brujos, dioses y resistencias

Colección: El encanto huañino
Escrito por David Rivera Romero

Foto tomada de San Cristobal blogspot

Huáñec: Balcón sagrado de los Andes

Huáñec es un hermoso rincón de nuestro querido Perú, pródigo en tradiciones, leyendas, arte y costumbres ancestrales que sobreviven al tiempo como un susurro persistente de la memoria colectiva. Geográficamente se ubica en la vertiente occidental de la cordillera de los Andes, en la zona noroeste de la provincia de Yauyos, a una altitud de 3 200 metros sobre el nivel del mar. Su clima es seco y templado, y se asienta a las faldas tutelares del Apu Huaylayo, como una planicie andina semejante a un vasto balcón natural, desde donde se domina la inmensidad de las estribaciones costeras de Calango y Mala.

Los atardeceres en Huáñec son un espectáculo íntimo y conmovedor: el sol desciende lentamente, posándose con fuerza en las laderas, calentando la tierra hasta volverla tibia, acogedora, casi maternal. El aire se vuelve dorado y el silencio se llena de una paz antigua que parece detener el tiempo. Es entonces cuando el pueblo entero se sumerge en un sosiego profundo, como si respirara al unísono con la montaña.

Desde tiempos remotos, Huáñec ha sido la cuna de los Hanan Yauyos. Durante el Tawantinsuyo fue un centro de administración de colcas y tambos, con huacas de gran importancia ceremonial y una población organizada en ayllus que, en pequeñas concentraciones o estancias, se extendían por toda la comarca, formando una red viva de producción, ritualidad y convivencia.

 

De ayllus a reducciones: la irrupción colonial

La organización social de Huáñec sufrió transformaciones profundas con la llegada de los españoles. Con el propósito de administrar mejor a la población, identificar mano de obra para las mitas, aumentar la recaudación de tributos e imponer la doctrina cristiana, los colonizadores concentraron de manera forzada a las poblaciones indígenas en las llamadas “reducciones de indios”.

Una de las primeras reducciones fundadas en el territorio de los Hanan Yauyos fue Huáñec, durante el virreinato de Francisco de Toledo. Así, el nuevo asentamiento fue planificado para albergar entre cuatrocientos y quinientos tributarios indígenas. En teoría, su composición étnica debía ser homogénea; sin embargo, la realidad desbordó el diseño administrativo: junto a los indígenas se asentaron españoles, criollos y mestizos, generando una convivencia compleja, tensa y profundamente transformadora.

Huáñec nació entonces como un centro urbano al estilo español, con calles rectas, cuadras bien delineadas y una plaza principal en el corazón del poblado. En el lado norte se alza la iglesia, flanqueada por dos campanarios que dominan el perfil urbano. En la esquina noreste se ubican los locales de las dos parcialidades indígenas, hoy Comunidades Campesinas. En el lado sur destaca el imponente Cabildo, con hermosos portales que ocupan toda una cuadra, testigos silenciosos del poder colonial. Al centro de la plaza brilla la glorieta, con su plataforma circular elevada y balaustres de madera tallada, símbolo del encuentro entre solemnidad y fiesta.

La iglesia posee un amplio atrio, reservado antiguamente para acoger a los indígenas no bautizados o en proceso de adoctrinamiento, pues solo los fieles podían ingresar al templo. Un dato crucial es que el altar fue construido sobre la huaca principal de la comarca, cuyos vestigios aún pueden apreciarse. Hasta fines del siglo XX se conservó su plataforma en una esquina de la llamada “plaza chica”, junto a una pequeña escalinata donde se ubicaba la banda de música durante las fiestas patronales.

Cada cuadra estaba compuesta por cuatro solares, cada uno equivalente a la cuarta parte de la manzana. La distribución no fue equitativa: los criollos, mestizos y potentados ocuparon los lugares privilegiados, consolidando una jerarquía espacial que reflejaba la estratificación social.

En 1588, Huáñec fue escenario del V Sínodo Diocesano Limense, presidido por el arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo, en el marco del vasto proceso de “conversión civil” y “conversión espiritual” impulsado por la Diócesis de Lima.

 

Caminos sagrados y arquitectura ritual

Huáñec posee cuatro caminos de salida, cada uno cargado de historia y simbolismo. Hacia el norte se habre el camino hacia el Apu Priakaka, en el extremo del pueblo se encuentra el paraje denominado “Canto”, donde aún se conserva la piedra simbólica de la apacheta prehispánica. Cerca de ella se levantó la capilla de Santa Clara, hoy desaparecida tras su derrumbe en la década de 1970; solo persiste su plataforma.

Hacia el sur, se encuentra el camino hacia los pueblos del Hatun Yauyos,  en esta salida, en el sector de   “Shush”construyeron dos capillas coloniales, de las cuales sobrevive solemente una. Al oeste se abre el camino que conecta con la costa, flanqueado por los vestigios de otras dos capillas. Finalmente, al este, la ruta asciende hacia el Apu Huaylayo, donde todavía se reconocen restos de una capilla en ruinas.

De todas estas edificaciones coloniales, solo permanece en pie la capilla de Shush; las demás han quedado reducidas a plataformas sagradas, espacios donde los antiguos Hanan Yauyos celebraban sus fiestas, trabajos colectivos y rituales dedicados a sus Apus.

Al ingresar al pueblo por cualquiera de estos accesos, se percibe el trazo rectilíneo de sus calles, angostas y empedradas, y la armoniosa distribución de sus más de treinta manzanas. Los barrios tradicionales —Sana-huerta, Canto, Calpa y Antamaque— conservan sus nombres ancestrales pese a los intentos posteriores por rebautizarlos, resistiendo como marcas vivas de la identidad local.

 

El silencio de los muertos y las huacas vivas

El cementerio de Huáñec cumple un rol prominente en el paisaje huañino. Se sitúa al noroeste, fuera del pueblo, al final de un camino largo y melancólico conocido como “Adiós Huáñec”. Es un campo santo sereno, de gran belleza y recogimiento, donde reposan las memorias y los restos de generaciones enteras, custodiadas por el viento andino y la luz clara de la planicie huañina.

En el barrio de Calpa, situado sobre una pequeña loma al suroeste, se conservan los vestigios de la huaca prehispánica del encuentro con el Dios Sol. Aunque muchas de sus piedras fueron reutilizadas, aún permanecen algunas enormes, como gigantes dormidos. La tradición oral afirma que allí habitan los “gentiles”, seres antiguos a los que se debe respeto, pues pueden atrapar al desprevenido y causarle enfermedad.

 

La tierra de los brujos y la resistencia espiritual

Huáñec es conocido como la “tierra de los brujos”, denominación nacida en los primeros años de la Colonia. Los doctrineros católicos descubrieron que en la zona vivían numerosos sacerdotes indígenas, algunos de gran jerarquía —los Hatun Wilca— y otros de menor rango, los Humus, dedicados a la curación.

Estos sabios empleaban hierbas, sacrificios rituales como la "callpa" y estados de trance para comunicarse con lo sagrado, prácticas profundamente ajenas y contrarias al dogma católico. Uno de los más notables fue Cristóbal Curis Hanampa, Hatun Wilca huañino cuyo principal Apu era Rasu Yacolca, dios de las aguas que mora al sur del Pariakaka.

Cristóbal Curis Hanampa es recordado como un baluarte de la resistencia cultural de los Hanan Yauyos, símbolo de una lucha silenciosa por preservar la cosmovisión andina frente al embate colonial. Los curas llamaron “brujos” a estos sacerdotes, y debido a su notable presencia en Huáñec, el pueblo quedó marcado con ese apelativo que hoy evoca misterio, sabiduría ancestral y espiritualidad profunda.

 

Fe, comunidad y celebración

Actualmente, Huáñec cuenta con dos comunidades campesinas: la Comunidad Campesina Huáñec y la Comunidad Campesina Santísima Trinidad de Huáñec. Profundamente devotos de la fe católica, los huañinos celebran sus fiestas patronales en junio, con misa solemne, bailes sociales y corridas de toros.

La festividad de mayor atractivo es la dedicada al Corpus Christi, cuyas actividades centrales son la misa y la corrida de toros de competencia, que congregan tanto a los hijos del pueblo como a visitantes, renovando los lazos comunitarios y la memoria colectiva.