jueves, mayo 21, 2026

 "En el camino me cantará..."

Colección: El encanto huañino

            Por: David Rivera Romero

Cuento andino de Huáñec – Sierra de Lima, Perú


Allá por los años cincuenta del siglo XX, cuando Huáñec todavía amanecía con olor a alfalfa mojada, humo de leña y canto de gallos finos, vivía en el extremo del pueblo don Joel Ballarta, hombre de respeto, trabajador como hormiga y recto como vara de eucalipto. Su casa–granja quedaba al extremo del caserío, cerquita de la quebrada, donde en abril las flores silvestres pintaban las chacras de amarillo, morado y rojo encendido, como si el mismo Tayta Dios hubiera tendido un poncho bordado sobre los sembríos.

A esa hora tempranera, cuando el sol apenas despuntaba detrás de los cerros de Cochas y las neblinas todavía dormían en los barrancos, podía verse a Joel recorriendo sus corrales, dando maíz a las gallinas y hablando con sus animales como si fueran de la familia.

Y no era para menos.
Entre todas sus aves había un gallo especial.

Grande, colorado, de cresta parada y pecho arrogante. Caminaba como hacendado en fiesta patronal. Aquel era el famoso gallo fino, el gallo alfa del corral. Joel lo había comprado meses atrás en la granja “El Dorado”, allá en la costa, y desde entonces el animal se había vuelto orgullo del pueblo. Decían que cantaba tan fuerte y tan claro, que su voz rebotaba hasta los cerros de San Joaquín.

Pero en aquellos mismos días llegó al pueblo otro personaje.

Arturo Guillén Malvas.

Hombre tunante y andariego. De rostro alargado, nariz aguileña y barba desordenada que le cubría media cara. Caminaba medio encorvado, ligero y saltadito, como zorro sorprendido entre chacras ajenas. Tenía esa maña de hablar bonito y sonreír de lado, como quien siempre esconde algo bajo el poncho.

Arturo era compadre de Joel, y por eso nomás le dieron posada aquella noche.

—Pase compadrito, acomódese no más —le había dicho Joel—. La noche está fría y por estos caminos anda bravo el sereno.

—Dios se lo pague, compadre Joel —contestó Arturo, sobándose las manos—. Mañana tempranito seguiré viaje.

Y así fue.

Comieron su sopita caliente, conversaron largo rato sobre pueblos, ferias y caminos, y cuando el silencio cubrió Huáñec, cada quien se fue a dormir.

Pero ya de madrugada…

¡Ayayay…!

A eso de las tres, Joel sintió ruidos en el patio.

“¿Quién andará por allí?”, pensó.

Se levantó despacito, tomó su linterna de mano y salió envuelto en su poncho oscuro. El cielo estaba cuajado de estrellas y la quebrada sonaba bajito con el correr del agua.

Allí encontró a Arturo.

Ya tenía listas sus alforjas y un costalillo nuevo, acomodado junto a la puerta.

—¡Compadre! —dijo Joel, todavía soñoliento—. ¿Tan temprano ya quiere marcharse? Todavía ni amanece.

Arturo se acomodó el sombrero y respondió rápido:

—Sí, compadrito. El camino es largo.

Joel bostezó mirando el cielo.

—Pero ni siquiera ha cantado el gallo todavía…

Entonces Arturo sonrió apenas, levantó el costalillo y respondió aquella frase que después se haría famosa en todo Huáñec:

—No se preocupe, compadre…
¡En el camino me cantará!

Joel, medio dormido todavía, soltó una risa corta.

—Entonces, vaya con Dios, compadre.

—Gracias, compadrito.

Y Arturo se perdió camino abajo, tragado por la oscuridad y el silbido del viento.

Joel volvió a dormir.

Pero ya clareando la mañana, cuando llevó maíz al corral…

Algo le golpeó el pecho.

Las gallinas picoteaban normal. Los pollos corrían de aquí para allá.

Pero el gran gallo colorado…

¡No estaba!

—¿Ajá…? —murmuró Joel.

Entró al galpón.

Nada.

Revisó detrás de los costales.

Nada.

Miró el cerco.

Nada.

Entonces sus ojos fueron directo al patio.

Y allí recién se dio cuenta.

El costalillo nuevo… tampoco estaba.

Joel se quedó inmóvil unos segundos.

Como relámpago le vino el recuerdo.

“¡En el camino me cantará compadre!”

—¡Ave María Purísima! —gritó llevándose las manos a la cabeza—.
¡Ese sinvergüenza me ha robado el gallo!

Y dando zapatazos de rabia agregó:

—¡Y todavía me avisó en mi propia cara!

 

Aquella misma mañana Joel fue derechito donde el juez de paz.

El juzgado quedaba al costado de la municipalidad. Allí despachaba el famoso juez costeño, hombre barrigón y elegante, siempre vestido con terno oscuro y una corbata roja que brillaba como ají mirasol bajo el sol serrano.

Tenía fama de justo.

—Pase usted, don Joel —dijo el juez acomodándose los lentes—. ¿Qué asunto lo trae tan temprano?

Joel se quitó el sombrero y habló serio:

—Señor juez, vengo a denunciar un robo.

—¿Qué le han robado?

Joel respiró profundo.

—Mi gallo.

El juez levantó las cejas.

—¿Un gallo?

—No cualquier gallo, señor juez. Mi gallo fino. El mejor del pueblo.

El juez carraspeó.

—¿Y quién es el denunciado?

Joel golpeó la mesa con rabia contenida.

—¡Arturo Guillén Malvas!

La denuncia quedó registrada.

De inmediato mandaron aviso al gobernador del pueblo para traer al acusado “de grado o fuerza”, como decían antes.

Y así fue.

Dos días después el gobernador y sus tenientes llegaron con Arturo, polvoriento y renegando, y lo encerraron en la carceleta del pueblo.

¡Uyuyuy… cómo comentaba la gente!

—“Dicen que se robó un gallo…”

—“No pues, dicen que era un gallo fino…”

—“Capaz quería venderlo en Catahuasi…”

Hasta los muchachos iban a mirar por las rendijas de la carceleta para ver al famoso roba–gallos.

Arturo, sentado en un rincón, chacchaba coca en silencio.

A veces renegaba bajito.

A veces soltaba una sonrisa pícara.

Y a veces parecía arrepentido.

Porque en el fondo sabía que había abusado de la confianza de su compadre.

 

Llegó por fin el día del juicio.

El salón estaba lleno.

Unos habían ido por curiosidad. Otros para reírse un rato. Y no faltaban los viejos que se acomodaban diciendo:

—“A ver qué dice la justicia…”

El juez golpeó la mesa.

—¡Orden!

Luego miró a Arturo.

—Diga usted, señor Guillén. ¿Es verdad que robó el gallo del señor Joel?

Arturo levantó lentamente la cabeza.

—Señor juez… yo no robé el gallo.

—¿Cómo que no? —preguntó el juez frunciendo el ceño.

—No, señor. Yo me llevé el gallo… pero no lo robé.

La sala soltó murmullos.

El juez acomodó su corbata roja.

—Explíquese bien.

Entonces Arturo habló despacito, como quien teje una trampa con palabras.

—Cuando me despedía, mi compadre Joel me dijo que todavía era temprano porque ni el gallo había cantado… y yo le respondí clarito: “En el camino me cantará compadre”. Y él me contestó: “Entonces que te vaya bien”.

Hizo una pausa teatral.

—Si el gallo iba a cantarme en el camino… ¿cómo iba a hacerlo si no lo llevaba conmigo?

¡La sala entera soltó carcajadas!

Hasta el secretario tuvo que agachar la cabeza para ocultar la risa.

Pero Joel se puso colorado de indignación.

—¡No se haga el inocente! —gritó—. ¡Yo no sabía que el gallo estaba dentro del costalillo!

El juez golpeó la mesa otra vez.

—¡Orden carajo!

Luego se quedó pensando largo rato.

Miró a Joel.

Miró a Arturo.

Miró a la ventana donde se escuchaba cantar otro gallo lejano.

Finalmente habló:

—La intención dolosa está clara. El acusado abusó de la confianza de su compadre y se llevó un bien ajeno sin consentimiento.

Arturo bajó la cabeza.

El juez continuó:

—Se ordena la devolución inmediata del gallo y del costalillo. Asimismo, el señor Arturo Guillén Malvas deberá pagar doscientos soles oro por daños y perjuicios.

Un murmullo recorrió la sala.

Dos cientos soles oro…

¡Era plata seria!

Arturo sintió que el alma se le iba a los pies.

Joel, en cambio, respiró tranquilo, aunque por dentro todavía le dolía más la traición que el robo mismo.

Porque perder un gallo era poca cosa.

Pero perder la confianza de un compadre…

Eso sí dolía.

 

Pasaron algunos días.

Llegó el dinero.

Regresó el gallo.

Y desde entonces el animal se volvió celebridad en Huáñec.

Los niños iban a verlo.

Le llevaban maíz.

Le hablaban como a persona importante.

—“Ese es el gallo que cantó en el camino…”

Decían entre risas.

Y el animal, orgulloso como siempre, caminaba por el corral levantando las plumas, como si supiera que ya era famoso.

En cuanto a Arturo…

Quedó libre.

Pero jamás volvió a dormir en casa de Joel.

Cuando alguna vez se cruzaban en la plaza, apenas se saludaban.

Y aunque los años fueron pasando, todavía los viejos del pueblo cuentan esta historia sentados al sol, diciendo entre risas y sacudidas de cabeza:

—¡Cuidado pues compadrito…!
¡No vaya ser que “en el camino le cante…”!


sábado, marzo 28, 2026


 Cotón Verde

Colección: El encanto huañino

Escrito por David Rivera Romero

El mal que no tiene nombre

Aquella tarde, cuando el sol ya se iba escondiendo tras los cerros como cansado de alumbrar tanta pena humana, Silvio yacía inconsciente sobre su lecho, como alma que se ha apartado del cuerpo sin avisar. Su madre, con el corazón encogido y los ojos ya secos de tanto llorar, mandó llamar a la curandera del pueblo, mujer sabia en males del cuerpo y del espíritu.

No tardó mucho en llegar. Entró con paso pausado, sin saludar siquiera, como quien ya sabe que no hay tiempo que perder. Se sentó junto al enfermo y, con manos seguras, “armó la coquita”, chakchando la hoja sagrada con cal, mirando fijamente el vacío, como si desde allí leyera lo que los ojos humanos no alcanzan.

Al terminar el rito, revisó el cuerpo de Silvio, palpó sus brazos, su pecho, su frente fría… y moviendo la cabeza con gravedad dijo:

—No, no está bien… hay que curarlo pronto. Si no, en tres días se nos va… así le pasó a Juvino, por no curar a tiempo murió el pobre.

Se hizo un silencio espeso, como de nube baja.
—Hay que llevarlo donde lo encontraron —sentenció.

 

La noche de la fiesta

El día anterior, Silvio había bajado al pueblo vecino , al encuentro de Felicia, la muchacha que le tenía trastornado el pensamiento. No era cualquier visita: ya había pedido su mano, ya hablaban de matrimonio, ya se soñaban juntos.

Se había vestido con lo mejor del baúl, como mandan las ocasiones serias: sombrero negro a la pedrada, pañuelo rojo al cuello, camisa de franela a cuadros, pantalón caqui bien planchado y zapatillas negras nuevecitas, compradas en la tienda de los Gutiérrez.

Caminaba ligero por el camino angosto, silbando, ensayando versos para su amada.
—Hoy sí le digo bonito —murmuraba.

Y la noche cumplió su promesa.

La fiesta estaba en su punto. La banda “Los Ángeles” hacía retumbar el aire. Había baile, risas, gritos y el infaltable chamis, el trago fuerte que calienta el pecho y suelta la lengua.

Felicia estaba radiante. Vestido azul, aretes de plata largos que Silvio le mandó hacer en la platería Rivera, su sombrero chilcano calado con sus iniciales, la manta labrada nueva prendida con un broche de plata, de jarra con piedra rojas y azules. Era, como dicen en el pueblo, una “buena chola”, de esas que hacen detener la mirada.

Silvio bebía, reía, bailaba… y amaba.

 

El camino de Pungosh

A eso de las once dejaron la fiesta. Felicia y su hermana Julia lo acompañaron con linterna a kerosene en mano hasta Chinchán. Allí se despidieron.

Silvio siguió solo.

La noche estaba hermosa, callada, con estrellas que parecían clavadas en el cielo. Subió hasta Pungosh, ese lugar donde el camino se vuelve más suave, como si también descansara.

—De aquí ya es planito —dijo, recostándose un momento.

Y entonces… la oyó.

Una voz dulce, cantando:

“De peña blanca yo te vi…”

Se levantó sobresaltado. A lo lejos, una luz amarilla titilaba. Era ella. Era Felicia… o eso creyó.

Se acercó. Allí estaba, con su manta, su sombrero… pero con un vestido verde intenso, que no llevaba en la fiesta.

—Felicia… ¿te cambiaste? —preguntó.

Ella no respondió.

—Ven, mi amor… no podía dejarte ir —dijo, tomándole la mano.

Caminaron juntos. Pero algo no estaba bien. El aire pesaba distinto. El silencio hablaba.

—Regresemos a Pungosh —dijo él.

—No… ahora estamos juntos para siempre —respondió ella, con voz dulce y fría a la vez.

Y en ese instante lo jaló con una fuerza que no era de este mundo…
y ambos cayeron al abismo.

 

El hallazgo y el miedo

Al día siguiente, su ausencia empezó como una inquietud leve… luego como sospecha… y finalmente como terror.

Su madre, ya deshecha por dentro, bajó hasta Quinches. Allí supo que Silvio había partido la noche anterior.

—Dios mío… que no sea Cotón Verde… —susurró.

Subió hasta Pungosh, revisando cada piedra, cada huella. Y allí, junto a una roca que sobresale del suelo, encontró el pañuelo rojo.

El mundo se le vino abajo.

Siguió buscando, ahora por el camino pedregoso que conduce a Peña blanca… hasta que lo vio. Silvio estaba tendido entre arbustos de quishca, como detenido entre la vida y la muerte, al borde del precipicio.

 

El regreso del alma

Lo llevaron al pueblo. Respiraba, sí… pero no despertaba.

—No es golpe… es mal del espíritu —dijeron los curanderos.

La curandera ordenó el ritual.

Dos mujeres deben quedar al lado de Silvio, rezando siempre y cuidadito con dejarlo solo ni un momento.

En la noche, bajaron nuevamente a Pungosh. La oscuridad era más honda que de costumbre. El tuco cantaba como anunciando desgracia.

No trajeron a Silvio, solo su ropa, que colocaron sobre el arbusto.
—Ángel de la guarda, regresa a tu cuerpo… —repetía la curandera.

La coquita no “armaba”… hasta que, tras largo rato, gritó:

—¡Ahora sí! ¡Está dulce!

Señaló una luz lejana:
—Allí está… Cotón Verde, ¿pueden ver? esa es.

Rezaron con fuerza, recuperaron la ropa y volvieron.

Ya en la casa, la curandera vistió a Silvio y, con voz de mando, gritó:

—¡Silvio, regresa ya!

Le dio una bofetada seca.

Y entonces… Silvio despertó.

—¿Dónde estoy?… —murmuró.

Su madre lo abrazó, llorando:
—¡Gracias a Dios!

 

El espíritu que camina

Esa noche nadie durmió.

Entre rezos, café de cebada y susurros, se habló de ella…

Cotón Verde.

La doncella antigua.
La de voz dulce.
La que vaga entre Huáñec y Quinches.
La que canta y enamora… y pierde a los hombres.

Dicen que fue abandonada. Que su pena la volvió sombra.
Que en las noches de fiesta aparece…
y que en Pungosh descansa, cantando huaynos tristes.

Los ebrios, los enamorados, los distraídos…
son los que más caen.

 

El silencio del destino

Al amanecer, el pueblo volvió a respirar.

Silvio vivía.

Pero en su mirada había algo distinto… como si hubiera visto demasiado.

Felicia estaba allí, callada, con el alma temblando. No entendía del todo… pero sentía.

Nadie dijo nada.
Nadie preguntó más de la cuenta.

Porque en los pueblos, hay cosas que se saben…
pero no se nombran.

Dicen que Silvio se salvó porque la curandera fue diligente.
Dicen que Dios lo quiso así.

Y sobre si se casaron Felicia y Silvio…
nadie lo aseguró.

Pero en el silencio de los viejos, en la media sonrisa de las mujeres…
parece que sí.

Porque si no fuera así…
este ya sería otro cuento.

domingo, febrero 15, 2026

 

Huáñec: Tierra de brujos, dioses y resistencias

Colección: El encanto huañino
Escrito por David Rivera Romero

Foto tomada de San Cristobal blogspot

Huáñec: Balcón sagrado de los Andes

Huáñec es un hermoso rincón de nuestro querido Perú, pródigo en tradiciones, leyendas, arte y costumbres ancestrales que sobreviven al tiempo como un susurro persistente de la memoria colectiva. Geográficamente se ubica en la vertiente occidental de la cordillera de los Andes, en la zona noroeste de la provincia de Yauyos, a una altitud de 3 200 metros sobre el nivel del mar. Su clima es seco y templado, y se asienta a las faldas tutelares del Apu Huaylayo, como una planicie andina semejante a un vasto balcón natural, desde donde se domina la inmensidad de las estribaciones costeras de Calango y Mala.

Los atardeceres en Huáñec son un espectáculo íntimo y conmovedor: el sol desciende lentamente, posándose con fuerza en las laderas, calentando la tierra hasta volverla tibia, acogedora, casi maternal. El aire se vuelve dorado y el silencio se llena de una paz antigua que parece detener el tiempo. Es entonces cuando el pueblo entero se sumerge en un sosiego profundo, como si respirara al unísono con la montaña.

Desde tiempos remotos, Huáñec ha sido la cuna de los Hanan Yauyos. Durante el Tawantinsuyo fue un centro de administración de colcas y tambos, con huacas de gran importancia ceremonial y una población organizada en ayllus que, en pequeñas concentraciones o estancias, se extendían por toda la comarca, formando una red viva de producción, ritualidad y convivencia.

 

De ayllus a reducciones: la irrupción colonial

La organización social de Huáñec sufrió transformaciones profundas con la llegada de los españoles. Con el propósito de administrar mejor a la población, identificar mano de obra para las mitas, aumentar la recaudación de tributos e imponer la doctrina cristiana, los colonizadores concentraron de manera forzada a las poblaciones indígenas en las llamadas “reducciones de indios”.

Una de las primeras reducciones fundadas en el territorio de los Hanan Yauyos fue Huáñec, durante el virreinato de Francisco de Toledo. Así, el nuevo asentamiento fue planificado para albergar entre cuatrocientos y quinientos tributarios indígenas. En teoría, su composición étnica debía ser homogénea; sin embargo, la realidad desbordó el diseño administrativo: junto a los indígenas se asentaron españoles, criollos y mestizos, generando una convivencia compleja, tensa y profundamente transformadora.

Huáñec nació entonces como un centro urbano al estilo español, con calles rectas, cuadras bien delineadas y una plaza principal en el corazón del poblado. En el lado norte se alza la iglesia, flanqueada por dos campanarios que dominan el perfil urbano. En la esquina noreste se ubican los locales de las dos parcialidades indígenas, hoy Comunidades Campesinas. En el lado sur destaca el imponente Cabildo, con hermosos portales que ocupan toda una cuadra, testigos silenciosos del poder colonial. Al centro de la plaza brilla la glorieta, con su plataforma circular elevada y balaustres de madera tallada, símbolo del encuentro entre solemnidad y fiesta.

La iglesia posee un amplio atrio, reservado antiguamente para acoger a los indígenas no bautizados o en proceso de adoctrinamiento, pues solo los fieles podían ingresar al templo. Un dato crucial es que el altar fue construido sobre la huaca principal de la comarca, cuyos vestigios aún pueden apreciarse. Hasta fines del siglo XX se conservó su plataforma en una esquina de la llamada “plaza chica”, junto a una pequeña escalinata donde se ubicaba la banda de música durante las fiestas patronales.

Cada cuadra estaba compuesta por cuatro solares, cada uno equivalente a la cuarta parte de la manzana. La distribución no fue equitativa: los criollos, mestizos y potentados ocuparon los lugares privilegiados, consolidando una jerarquía espacial que reflejaba la estratificación social.

En 1588, Huáñec fue escenario del V Sínodo Diocesano Limense, presidido por el arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo, en el marco del vasto proceso de “conversión civil” y “conversión espiritual” impulsado por la Diócesis de Lima.

 

Caminos sagrados y arquitectura ritual

Huáñec posee cuatro caminos de salida, cada uno cargado de historia y simbolismo. Hacia el norte se habre el camino hacia el Apu Priakaka, en el extremo del pueblo se encuentra el paraje denominado “Canto”, donde aún se conserva la piedra simbólica de la apacheta prehispánica. Cerca de ella se levantó la capilla de Santa Clara, hoy desaparecida tras su derrumbe en la década de 1970; solo persiste su plataforma.

Hacia el sur, se encuentra el camino hacia los pueblos del Hatun Yauyos,  en esta salida, en el sector de   “Shush”construyeron dos capillas coloniales, de las cuales sobrevive solemente una. Al oeste se abre el camino que conecta con la costa, flanqueado por los vestigios de otras dos capillas. Finalmente, al este, la ruta asciende hacia el Apu Huaylayo, donde todavía se reconocen restos de una capilla en ruinas.

De todas estas edificaciones coloniales, solo permanece en pie la capilla de Shush; las demás han quedado reducidas a plataformas sagradas, espacios donde los antiguos Hanan Yauyos celebraban sus fiestas, trabajos colectivos y rituales dedicados a sus Apus.

Al ingresar al pueblo por cualquiera de estos accesos, se percibe el trazo rectilíneo de sus calles, angostas y empedradas, y la armoniosa distribución de sus más de treinta manzanas. Los barrios tradicionales —Sana-huerta, Canto, Calpa y Antamaque— conservan sus nombres ancestrales pese a los intentos posteriores por rebautizarlos, resistiendo como marcas vivas de la identidad local.

 

El silencio de los muertos y las huacas vivas

El cementerio de Huáñec cumple un rol prominente en el paisaje huañino. Se sitúa al noroeste, fuera del pueblo, al final de un camino largo y melancólico conocido como “Adiós Huáñec”. Es un campo santo sereno, de gran belleza y recogimiento, donde reposan las memorias y los restos de generaciones enteras, custodiadas por el viento andino y la luz clara de la planicie huañina.

En el barrio de Calpa, situado sobre una pequeña loma al suroeste, se conservan los vestigios de la huaca prehispánica del encuentro con el Dios Sol. Aunque muchas de sus piedras fueron reutilizadas, aún permanecen algunas enormes, como gigantes dormidos. La tradición oral afirma que allí habitan los “gentiles”, seres antiguos a los que se debe respeto, pues pueden atrapar al desprevenido y causarle enfermedad.

 

La tierra de los brujos y la resistencia espiritual

Huáñec es conocido como la “tierra de los brujos”, denominación nacida en los primeros años de la Colonia. Los doctrineros católicos descubrieron que en la zona vivían numerosos sacerdotes indígenas, algunos de gran jerarquía —los Hatun Wilca— y otros de menor rango, los Humus, dedicados a la curación.

Estos sabios empleaban hierbas, sacrificios rituales como la "callpa" y estados de trance para comunicarse con lo sagrado, prácticas profundamente ajenas y contrarias al dogma católico. Uno de los más notables fue Cristóbal Curis Hanampa, Hatun Wilca huañino cuyo principal Apu era Rasu Yacolca, dios de las aguas que mora al sur del Pariakaka.

Cristóbal Curis Hanampa es recordado como un baluarte de la resistencia cultural de los Hanan Yauyos, símbolo de una lucha silenciosa por preservar la cosmovisión andina frente al embate colonial. Los curas llamaron “brujos” a estos sacerdotes, y debido a su notable presencia en Huáñec, el pueblo quedó marcado con ese apelativo que hoy evoca misterio, sabiduría ancestral y espiritualidad profunda.

 

Fe, comunidad y celebración

Actualmente, Huáñec cuenta con dos comunidades campesinas: la Comunidad Campesina Huáñec y la Comunidad Campesina Santísima Trinidad de Huáñec. Profundamente devotos de la fe católica, los huañinos celebran sus fiestas patronales en junio, con misa solemne, bailes sociales y corridas de toros.

La festividad de mayor atractivo es la dedicada al Corpus Christi, cuyas actividades centrales son la misa y la corrida de toros de competencia, que congregan tanto a los hijos del pueblo como a visitantes, renovando los lazos comunitarios y la memoria colectiva.

sábado, enero 31, 2026

El examen final de quinto año

Colección: El encanto huañino 

Recopilado por David Rivera Romero.


Último día de escuela

Aquel viernes 17 de diciembre de 1965 no fue un día cualquiera. Fue día señalado, día grande, día que uno guarda como semilla en la memoria. Para nosotros, los alumnos del quinto año de primaria, era el día del examen final y, si Dios así lo quería, también el último amanecer como escolares.

Muy temprano, cuando aún estaba “jashpa jashpa” y el gallo apenas aclaraba la garganta, yo ya estaba de pie. En toda la noche casi no había conciliado el sueño. El pensamiento me daba vueltas como trompo mal amarrado: cálculo, lenguaje, historia, geografía… todo se me venía encima. Hasta la madrugada estuve repasando, a la luz temblorosa de la linterna a kerosene, que chisporroteaba como si también se pusiera nerviosa conmigo.

Caminaba de un lado a otro del patio, sin darme cuenta, como quien anda buscando algo que se le ha perdido en la cabeza. Me preguntaba en silencio:

—¿Será muy difícil el examen?
Y yo mismo me respondía:
De ley que será, pues… es oral, ante jurado y delante de todos.

Eso era lo que más me apretaba el pecho: el examen oral, público, con maestros mirándote fijo, esperando que no te trabes, que no te tiemble la voz. A ratos me detenía en seco, mirando el suelo, respirando hondo, y me decía bajito:

—Este viernes es el último día… después ya no seré alumno de primaria, si apruebo, claro está.

—¡Vengan todos a tomar desayuno! —ordenó mi mamá desde la cocina.

Serían como las siete de la mañana. El sol aún no llegaba al pueblo y la mañana era fresca y muy agradable.

Todos desayunaban con calma, como saboreando el momento. Yo, en cambio, comí rápido, como si quisiera huir del tiempo. Mi papá me miró y dijo con voz serena: 

—Ten calma, hijo. No te preocupes. Todo saldrá bien, con el favor de Dios.

Asentí, pero igual terminé pronto. Di las gracias, pedí permiso y salí a alistarme.

Rumbo a la escuela

Me hice la ablución, como nos habían enseñado los maestros, me vestí a la carrera y me puse el guardapolvo, obligatorio ese día. En el bolsón de tela eché mis cuadernos y mi enciclopedia Venciendo, el famoso mataburro, regalo del maestro Juvenal, ya bien ajado, con las hojas cansadas de tanto trajín.

El cielo estaba despejado, de un azul limpio que daba gusto mirarlo. La calle tenía charcos de la lluvia fuerte de la noche anterior, anoche llovió loquera,dijo la vecina, como quien justifica; era la señal clara de que el invierno serrano ya estaba queriendo asomarse.

Al llegar a la esquina me encontré con Juancito, del barrio de Sana Huerta, con Rigo y Banco, del barrio de Canto. Bajaban juntos desde la plaza. Apenas nos saludamos. No hacían falta palabras. Caminamos juntos, serios, como quienes van al encuentro de algo grande, de su propio destino.

Unas cuadras más abajo estaba la escuela, imponente, con sus paredes altas y blancas. El portón abierto de par en par y, en lo alto del mástil, el pabellón nacional flameando con alegría y autoridad.

El patio escolar

Cruzamos el portón y entramos al patio. Me sorprendió el silencio. No había la bulla de otros días. Casi todos leían o conversaban en voz bajita. Nadie jugaba. Nadie corría. Los del cuarto y quinto año estaban sentados, repasando, con los cuadernos abiertos como si fueran salvavidas.

En la esquina derecha estaban Orlando y Guillermo, los más chancones del quinto, haciéndose señas con las manos, memorizando quién sabe qué cosa.

—Seguro quieren el primer y segundo puesto pensé.

—Hola, cholitos, ¿cómo están? —les dije.
No respondieron, pero me hicieron un espacio.

—A ver —dijo Guillermo—, a ti que te gusta geografía: ¿cuáles son los límites del departamento de Apurímac?
Respondí. Él verificaba en la enciclopedia.
—Y tú —le dije—, ¿cómo se halla el volumen de un cubo?
—Y tú, Orlando —agregué—, que eres bueno en Niño y la Salud, dime los huesos de la mano.

Así repasamos un rato, corrigiendo errores. Pero el ambiente estaba pesado, distinto. Hasta los maestros se veían más serios que nunca.

—Será mi nerviosismo —me dije—, por eso lo siento así.

La formación

Sonó el silbato del director.

—¡A formarse, rápido! —ordenaron los maestros.

Eran las ocho en punto, en un santiamén, como decía mi abuelita, todos estábamos alineados por grados y por talla: los más pequeños adelante, los grandes atrás. A la derecha formaban los pichones de transición, al otro extremo los de quinto, los mayores, los alumnos viejos, de once hasta quince años, porque algunos habíamos llegado hasta aquí “repitiendo, repitiendo.”

Seguro los de primer año nos miraban como alumnos grandes y decían: “Esos ya son viejos”, y nosotros, ofendidos, les respondíamos: —¡Cállate, chiuchi!

El maestro Rosas Martínez estaba de turno. Llevaba su saco plomo de corduroy y se veía más serio que nunca.

—Ese será jurado —murmurábamos.

—¡A sus filas! ¡A cubrirse! ¡Alinearse! ¡Atención! ¡Descanso!

Cumplíamos todo al pie de la letra.

Ese día cantamos con fuerza: a la escuela, a Huáñec, a las lagunas, a Runcho Punta y finalmente a la batalla de Tarapacá a la orden del maestro Apolonio. El pecho se nos hinchaba de orgullo.

Luego habló el director, ya mayor, pausado. Nos habló del deber con los padres, con el pueblo, con la tierra. Del orgullo de ser peruanos, huañinos, hijos del Tahuantinsuyo... Yo ya no escuchaba todo. Miraba el patio, los portales, los techos de calamina sostenidos por eucaliptos. Todo me parecía especial. Ya empezaba a extrañar la escuela, aún estando allí.

El salón de quinto año

Entramos al salón, estaba muy iluminado con las grandes ventanas laterales totalmente abiertas. El piso de tierra estaba bien barrido, compacto. La pizarra negra ocupaba casi toda la pared. La mesa del jurado, con franela verde y un crucifijo, imponía respeto.

Me senté en mi carpeta de siempre. La miré con cariño: el tablero inclinado, los tinteros, el asiento de madera. Nuestra compañera durante años.

—Ya no me sentaré aquí —pensé.

Mis compañeros estaban serios, con los labios apretados. Algunos querían seguir estudiando, otros miraban los cuadros en las paredes: héroes, siembra, cosecha, cóndor, puma, serpiente. Todo eso también se estaba despidiendo de nosotros.

El examen oral

A las diez sonó el silbato del recreo, pero nadie salió. 

Pronto empezó el examen. Nunca había rendido uno así. Me daba ánimo y luego me entraba la duda. Recordaba a los dos que se habían jalado el año pasado.

Entró el jurado caminando solemnemente. Nos pusimos de pie. Banco, a mi lado, murmuró:

¡Achichiu! ¡Achichiu!
Y el miedo me recorrió entero.

El director habló, nos tranquilizó. Luego el maestro Rosas explicó el procedimiento.

Los padres estaban atrás, de pie, erguidos, orgullosos. Los alumnos menores miraban por las ventanas.

Fuimos pasando uno por uno. El jurado ayudaba si había error. 

Hubo respuestas memorables. La de Beto con los puntos cardinales, ubicándolos según las chacras de su papá, —El Este por el lado de Pilanta, el Oeste por el lado de Huancajraro, el Norte por el lado de Churca y el Sur el lado de Uclo, sacó muchas sonrisas.

 Guillermo, con su explicación del tiempo en horas, al tratar de demostrar que 11+3 puede ser 2. Dijo —Si a las 11 horas de la mañana le sumo 3 horas, me da las 2 de la tarde. — razonamiento que dejó pensando a los maestros.

Finalmente, todos aprobamos. Algunos muy bien, otros "raspando". Sin embargo, cada nota fue celebrada con aplausos.

La despedida y la lluvia

Cuando salimos al patio, ya había pasado el mediodía. Solo los de quinto formamos, cantamos el Himno nacional y luego aquel huayno escolar que aún duele recordarlo:

Adiós escuela donde mi niñez yo pasé…

El director, ahora con voz potente, dijo:

—¡Rompan filas!

Era el punto final de estos años felices en la escuela de varones 476.

Había alegría y pena juntas. Ya no éramos niños.

Salimos despacio de la escuela, el cielo se había nublado. La lluvia nos alcanzó en la calle. Corrimos a guarecernos y, al mirar hacia arriba, en Pilanta, vimos sol y lluvia a la vez. Una turmanya grande, multicolor, se alzó en el cielo, pintando un paisaje sobrecogedor.

—Hasta la naturaleza nos felicita hoy —pensé—, con lluvia, con sol y con turmanya.

Y en el corazón repetí, como despedida:

¡Adiós escuela donde mi niñez yo pasé!

¡Adiós...!


jueves, enero 01, 2026

Donde la luna alumbra el recuerdo

 

Colección: El encanto huañino
Escrito por David Rivera Romero 

Camino de Chinca - Huáñec

 De regreso a casa

Dicen los antiguos que cuando uno vuelve al pueblo, no regresa solo el cuerpo: vuelven también los pasos antiguos y las penas bien guardadas.

Javier, o como todos lo llamaban de chiquillo, Javicho, regresaba a su querido Huáñec después de más de una década. Apenas llegó a la entrada del pueblo, después de caminar largas horas desde la estación, sus ojos se llenaron de un brillo nostálgico. El aire fresco de la sierra lo recibió con el aroma a eucalipto y tierra húmeda, mientras el sonido lejano del canal de “Lalancucho” le recordaba su infancia. Al fondo, el Apu Huaylayo se alzaba imponente, guardián eterno de las memorias del pueblo.

Esa tarde, luego de reencontrarse con sus padres y hermanos, merendaron juntos como en los viejos tiempos: café pasado en fogón, pan serrano calentado en la “callana”, queso fresco y un poco de cancha amarilla que su madre tostaba con cariño. Pero mientras reía con su familia, en el fondo de su corazón palpitaba un recuerdo profundo que nunca lo abandonó. Aquel amanecer de su partida.

El amanecer de la despedida

Javicho tenía apenas 17 años cuando dejó Huáñec para ir a Lima en busca de “un mejor porvenir” como decían los mayores. El sol aún no asomaba detrás del Huaylayo, y las nubes, blancas como ovejas dormidas, bordeaban el cielo de un azul profundo. El viejo reloj de la casa marcaba las siete en punto. A esa hora, con la alforja al hombro, inició la caminata con paso decidido pero el corazón encogido. Lo acompañaban sus padres, que lo despedían con orgullo, pero también con los ojos húmedos. Él, sin embargo, al llegar a la portada de Shush, miraba discretamente hacia todos lados, esperando ver a Dorita, la muchacha huañina de ojos claros que le había robado el corazón.

No estaba.

“¿Por qué no vino?, dijo que me esperaría en la portada”, pensaba mientras los pasos lo alejaban de su casa, de la plaza, de ella. Pero al llegar al recodo del camino, justo frente al viejo molino abandonado, Dorita apareció como un suspiro. Llevaba puesta una manta labrada, un quipe en la espalda y el cabello negro sujeto con una trenza que parecía tejida con hilos de viento. Corrió hacia él y se colgó de su cuello. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No quise despedirme allá, delante de todos —dijo, sollozando—. Por eso te esperé aquí.

Sacó de su quipe una pequeña talega de tocuyo blanco.

—Te traje tu fiambre. La cancha la tosté recién, aún está calientita, y aquí hay queso seco.

Javicho, conmovido, guardó el paquetito en su alforja.

—Dorita —le dijo—, ya debo irme. Si no, llegaré tarde a la estación y perderé el carro. Pero te juro que antes de doce meses regresaré a verte. Te escribiré desde Lima y tú me escribirás también, ¿sí?

Dorita asintió, aunque un nudo en la garganta no le permitió pronunciar palabra. Se abrazaron fuerte, como queriendo detener el tiempo. Luego, un beso selló ese amor que había nacido en estas tierras, como las rojas flores del “chinanhuayta” en primavera.

Los meses pasaron. Las cartas volaron entre Lima y Huáñec, llenas de palabras amorosas, promesas y sueños. Pero el tiempo es un río traicionero. Javicho no pudo regresar ese primer año, ni el segundo. Al tercero, las cartas de Dorita cesaron. Él, herido en su orgullo, dejó también de escribir…

La piedra y la voz del viento

Ahora, de vuelta en Huáñec, después de la merienda en la tosca mesa grande de la cocina con sus padres, se levantó luego de pedir permiso, se envolvió con su poncho nogal de listones azules y la suave bufanda que hace tanto tiempo, Dorita le tejió con hilo de alpaca y salió a caminar por las angostas calles, llevaba una linterna a pilas en la mano, aunque la luna nueva y el cielo estrellado alumbraban lo suficiente.

Tenía la intención de ir a la plaza, pero el corazón lo desvió. Se encaminó hacia el oeste, rumbo a Antamaque, donde alguna vez vivió Dorita. A cada paso, los recuerdos le susurraban: las risas, los paseos y las confesiones bajo el árbol de sauco. Sin darse cuenta, llegó a la casa de adobe que tantas veces ha visitado antes, aún conservaba la pintura blanca, la vetusta puerta marrón de madera, el techo de calamina. Sin embargo, ahora solo escuchaba el sonido del silencio. La puerta estaba asegurada con el candado azul, que lucía viejo y oxidado; las ventanas cerradas y oscuras, no había la luz de la lámpara a kerosene que se filtraba por las rendijas; los perros de antaño ya no estaban. El silencio y los recuerdos le apretaron tanto el pecho que apenas podía respirar.

Siguió caminando muy lentamente, sintió como flotara en el aire, cruzó el portillo de piedras y salió a la campiña y avanzó por el camino angosto, flanqueado por pircas de piedra y eucaliptos, hasta llegar a la gran piedra laja que yacía al lado izquierdo, testigo de tantos reuniones y tertulias juveniles. Subió sobre ella, se abrigó con su poncho y se acomodó como lo hacía antaño.

La memoria

No necesitaba cerrar los ojos para recordar, los recuerdos se agolpaban en la memoria. Sentía, como antes, que Dorita aparecería en cualquier momento. Parecía escuchar su dulce voz, contándole que había ordeñado las vacas, que un ternero se había escapado, que ese día el queso no había completado el molde y tantas cosas cotidianas. Y él, por su parte, le contaba el detalle de cómo se cayó del burro en plena plaza mientras la buscaba con la mirada.

—Esa tarde decidí pasar por la plaza, entré por la calle de abajo con mis burritos, —susurró—, pensando que estarías sentada en la grada de la plaza, te busqué con la vista entre el gentío; y justo cuando te vi, el burro que montaba dio un salto y me caí en plena acequia. ¡Qué vergüenza sentí! Pero tú solo reías bajito con las dos manos en la cara. Risa dulce y clara como el sonido un arroyo.

Al retornar de los recuerdos, ahora solo sintió que las lágrimas se deslizaban silenciosas por sus mejillas. El viento soplaba suavemente y hacía crujir las hojas del viejo eucalipto cercano. Entonces, una voz interior, o tal vez el susurro del árbol, pareció decirle:

—Ella te esperó muchas tardes y noches aquí mirando el horizonte como buscando entre la gente que llegaba al pueblo… hasta que un día, ya no vino más. Pocos días después, una noche muy oscura, a eso de las siete doblaron las campanas…

—Ya no sigas —murmuró Javicho—. Ya sé que se fue.

Se quedó en silencio. Sintió, por un instante, que Dorita estaba allí como antes, sentada a su lado, mirándolo con ternura con esos grandes ojos pardos tan encantadores. Cuando el canto lúgubre del tuco lo devolvió a la realidad, se puso de pie, miró el cielo. La luna de otoño, la luna de Antamaque, parecía esconderse entre las ramas, avergonzada por no poder consolarlo.

Entonces, con voz quebrada, Javicho habló por última vez:

—Dorita, esta vez sí he venido a verte. Pero tú ya no estás para esperarme. Te fallé, y el destino no me perdonó. Solo me queda esta piedra, este cielo, y el recuerdo de tus suaves manos tibias…

El frio viento sopló más fuerte, y las hojas del eucalipto danzaron como si quisieran abrazarlo. Un rayo de luna cayó sobre la piedra, como una despedida, como una señal de que el amor verdadero no muere… solo se transforma en memoria.

Y así, en la soledad de la noche serrana, Javicho se quedó allí, abrazado por los árboles y la luna, esperando un consuelo que quizá solo los Apus puedan ofrecer.

 




lunes, diciembre 22, 2025

 

La Despedida Huañina

 

           Colección “El encanto huañino”

           Autor: David Rivera Romero


 Esto que voy a contar sucedió allá por los años sesenta del siglo pasado, cuando Huáñec, ese pueblo enclavado entre los pliegues azules de la cordillera yauyina, era todavía más remoto, más íntimo. En aquellos tiempos, la carretera solo llegaba hasta “Pie de la Cuesta”. De ahí para arriba, a lomo de bestia o caminando con el alma bien templada por el viento serrano, era la única forma de llegar. Un día de viaje. Y otro tanto para regresar.

La fiesta del pueblo, la más grande, había llegado a su fin. El bullicio se tornaba silencio, los trajes bordados de fiesta dormían bien dobladitos el al baúl o colgados en los clavos de los cuartos de adobe hasta el otro año, y los músicos empacaban con nostalgia sus instrumentos. Hoy partían los “residentes”. Aquellos hijos huañinos que, como golondrinas de estación, regresaban cada año desde Lima o más allá para llenar la plaza con recuerdos, con abrazos, con chamis y con chicha de airampo.

En la portada de Shush, ese arco flanqueado por dos antiguas capillas coloniales, que marca el límite entre el adentro y el afuera, se concentraban las despedidas. Besos, abrazos, promesas, y lágrimas que el viento secaba sin pedir permiso. Entre todos, destacaba Daniel, un joven huañino residente en Lima que había regresado después de cinco largos años. Volvía con ansias de tierra, de pueblo, de fiesta, de banda y de reencuentro. Pero más que nada, volvía por ella: Juanita, su ñatita querida, esa linda flor huañina que aún lo esperaba.

Ella, con los ojos llenos de rocío, le alcanzó una taleguita con fiambre: cancha amarilla, queso seco y un trozo de charqui envuelto en papel de bolsa de azúcar. Daniel no quería irse, pero tenía que hacerlo. Llevaba en el hombro varias huantalinas bien cargadas de frutas, quesos, “machca” de cebada y uno que otro encargo de última hora. En sus alforjas, reposaba su terno azul, ese que usó para pasar de “cabecilla” y su sombrero de macora.

Juanita estaba muy cerca de la Capilla, con las manos apretadas contra el pecho, como si con ellas pudiera contener ese dolor que le subía desde el ombligo hasta la garganta. A su alrededor, sus amigas intentaban consolarla: “¡No llores, zonza! Le decían. Si él te ha prometido que volverá para llevarte a Lima, seguro lo hará. Vas a ver, solo es cosa de esperar”.

La banda de músicos, con los pulmones aún henchidos de aire limpio serrano, comenzó a tocar la “Despedida Yauyina”. Esa mulisa que parte el alma, aunque uno no quiera, que tiene en cada nota el susurro de un adiós.

Daniel, que ya estaba montado en su caballo, desmontó de golpe. Cruzó la multitud como si el tiempo se detuviera, tomó la mano de Juanita y la llevó al centro de la ronda. Allí, entre pasos y giros, bailaron. Él tenía los ojos rojos, dijo que era por el chamis que le habían dado en la mañana, pero todos sabían que era por las lágrimas que no quiso dejar escapar.

Ella lucía un sombrero blanco con un prendedor de plata que Daniel le regaló dos días antes. Su manta labrada tenía bordadas las iniciales de su nombre, y el mandil largo de cuerpo entero nuevo —hecho por la tía Ricarda— brillaba como un bordado de estrellas en cada bolsillo. Sus llanques “tapsha”, con cintas multicolores, daban vueltas con elegancia sobre el suelo polvoriento de la portada.

Daniel vestía una casaca negra de cuero, un pantalón caqui, y zapatillas blancas recién lavadas. En la cintura llevaba una cadena con silbato y un puñal de viajero que su tío le había regalado como amuleto. El sombrero negro, adornado con flores rojas y blancas, resaltaba su apariencia de un apuesto joven mestizo entre los antiguos danzantes del tiempo.

El sol ya calentaba las laderas de Lalancucho, dorando los cerros y acortando las sombras. La despedida estaba en su punto más triste. Entre abrazos, besos y miradas, se escuchaban gritos de ¡Hasta el otro año, paisano! ¡Que te vaya bonito!

Mientras la banda seguía:

“Adiós, Dios linda huañina, Llegó la hora de mi partida, Ay qué cruel es el destino, Separarme de mi adorada…” (1)

Daniel montó su caballo, pero antes de partir, buscó con la mirada a Juanita. Sus ojos se encontraron una vez más. No dijeron nada con palabras, pero sus pupilas se hablaron como solo los que han amado saben hablar.

Con un espuelazo, el caballo arrancó. Juanita ya no pudo disimular y rompió en llanto. Daniel se alejaba con el corazón apretado. Al llegar al Molino, las lágrimas ya eran dueñas de su rostro. Sacó un pañuelo blanco, de esos que se llevan solo para despedidas importantes, y lo agitó mirando hacia atrás. En Shush, aún sonaban las últimas notas de la banda.

Al pasar por Chinca, ya no se escuchaba la música. Solo el trote de las cabalgaduras y algún silbido lejano. Daniel sacó su silbato y, con fuerza, tocó ese sonido especial que tantas veces usó para llamar a Juanita. Un sonido que solo ella reconocería. Un silbido que atravesó las quebradas y fue a chocar directo contra el pecho de su ñatita que aún lo buscaba con los ojos.

Al llegar a Peña Blanca, se sacó el sombrero y lo alzó volteando la mirada hacia Calpa. Lo agitó con fuerza, como si en ese ademán se fuera también su alma. Allí, entre piedras, viento y maguey, dejó una promesa sellada con silencio.

En su corazón, llevaba un cofre invisible donde guardaba las palabras no dichas, los abrazos robados y el sabor de la chicha de airampo compartida. Cuando regresara -porque así lo había jurado- no vendría solo con regalos, sino con la decisión firme de pedir la mano de Juanita.

Historias de amor como la de Daniel y Juanita abundan en el pueblo cada año, unas crecen y se fortalecen cual un eucalipto, soportan todos los vientos y tempestades y perduran para siempre; otros crecen un tiempo, soportan vientos fuertes, pero basta una tempestad para arrancarlos de raíz y se secan lentamente a pasar de los días, otros no siquiera soportan una ventisca y cual hoja seca vuelan y desaparecen rápidamente sin dejar huella alguna.

Cada historia tiene su propio camino, Daniel y Juanita tenían la esperanza de que amor fuera tan fuerte como el eucalipto.

¡Adiós, Juanita! Llegó la hora de mi partida, Ay qué cruel es el destino, Separarme de mi adorada…”

(1) Fragmento de la obra musical “La Despedida Yauyina” de la Calandria peruana, Olga Espíritu Javier.