Colección: El encanto huañino
Recopilado por David Rivera Romero.
Último día de escuela
Aquel viernes 17 de diciembre de 1965 no fue un día cualquiera. Fue día señalado, día grande, día que uno guarda como semilla en la memoria. Para nosotros, los alumnos del quinto año de primaria, era el día del examen final y, si Dios así lo quería, también el último amanecer como escolares.
Muy temprano, cuando aún estaba “jashpa jashpa” y el gallo
apenas aclaraba la garganta, yo ya estaba de pie. En toda la noche casi no
había conciliado el sueño. El pensamiento me daba vueltas como trompo mal
amarrado: cálculo, lenguaje, historia, geografía… todo se me venía encima.
Hasta la madrugada estuve repasando, a la luz temblorosa de la linterna a
kerosene, que chisporroteaba como si también se pusiera nerviosa conmigo.
Caminaba de un lado a otro del patio, sin darme cuenta, como quien anda
buscando algo que se le ha perdido en la cabeza. Me preguntaba en silencio:
—¿Será muy difícil el examen?
Y yo mismo me respondía:
De ley que será, pues… es oral, ante jurado y delante de todos.
Eso era lo que más me apretaba el pecho: el examen oral, público, con maestros mirándote fijo, esperando que no te trabes, que no te tiemble la voz. A ratos me detenía en seco, mirando el suelo, respirando hondo, y me decía bajito:
—Este viernes es el último día… después ya no seré alumno de primaria, si apruebo, claro está.
—¡Vengan todos a tomar desayuno! —ordenó mi mamá desde la cocina.
Serían como las siete de la mañana. El sol aún no llegaba al pueblo y la mañana era fresca y muy agradable.
Todos desayunaban con calma, como saboreando el momento. Yo, en cambio, comí rápido, como si quisiera huir del tiempo. Mi papá me miró y dijo con voz serena:
—Ten calma, hijo. No te preocupes. Todo saldrá bien, con el favor de Dios.
Asentí, pero igual terminé
pronto. Di las gracias, pedí permiso y salí a alistarme.
Rumbo a la
escuela
Me hice la ablución, como nos habían enseñado los maestros, me vestí a
la carrera y me puse el guardapolvo, obligatorio ese día. En el bolsón de tela
eché mis cuadernos y mi enciclopedia Venciendo, el famoso mataburro, regalo
del maestro Juvenal, ya bien ajado, con las hojas cansadas de tanto trajín.
El cielo estaba despejado, de un azul limpio que daba gusto mirarlo. La calle tenía charcos de la lluvia fuerte de la noche anterior, —anoche llovió loquera,—dijo la vecina, como quien justifica; era la señal clara de que el invierno serrano ya estaba queriendo asomarse.
Al llegar a la esquina me encontré con Juancito, del barrio de Sana
Huerta, con Rigo y Banco, del barrio de Canto. Bajaban juntos desde la plaza.
Apenas nos saludamos. No hacían falta palabras. Caminamos juntos, serios, como
quienes van al encuentro de algo grande, de su propio destino.
Unas cuadras más abajo estaba la escuela, imponente, con sus paredes
altas y blancas. El portón abierto de par en par y, en lo alto del mástil, el
pabellón nacional flameando con alegría y autoridad.
El patio
escolar
Cruzamos el portón y entramos al patio. Me sorprendió el silencio. No
había la bulla de otros días. Casi todos leían o conversaban en voz bajita.
Nadie jugaba. Nadie corría. Los del cuarto y quinto año estaban sentados,
repasando, con los cuadernos abiertos como si fueran salvavidas.
En la esquina derecha estaban Orlando y Guillermo, los más chancones
del quinto, haciéndose señas con las manos, memorizando quién sabe qué cosa.
—Seguro quieren el primer y segundo puesto —pensé.
—Hola, cholitos, ¿cómo están? —les dije.
No respondieron, pero me hicieron un espacio.
—A ver —dijo Guillermo—, a ti que te gusta geografía: ¿cuáles son los límites del departamento de Apurímac?
Respondí. Él verificaba en la enciclopedia.
—Y tú —le dije—, ¿cómo se halla el volumen de un cubo?
—Y tú, Orlando —agregué—, que eres bueno en Niño y la Salud, dime los
huesos de la mano.
Así repasamos un rato, corrigiendo errores. Pero el ambiente estaba pesado, distinto. Hasta los maestros se veían más serios que nunca.
—Será mi nerviosismo —me dije—, por eso lo siento así.
La formación
Sonó el silbato del director.
—¡A formarse, rápido! —ordenaron los maestros.
Eran las ocho en punto, en un santiamén, como decía mi abuelita, todos estábamos alineados por grados y por talla: los más pequeños adelante, los grandes atrás. A la derecha formaban los pichones de transición, al otro extremo los de quinto, los mayores, los alumnos viejos, de once hasta quince años, porque algunos habíamos llegado hasta aquí “repitiendo, repitiendo.”
Seguro los de primer año nos miraban como alumnos grandes y decían: “Esos
ya son viejos”, y nosotros, ofendidos, les respondíamos: —¡Cállate,
chiuchi!
El maestro Rosas Martínez estaba de turno. Llevaba su saco plomo de
corduroy y se veía más serio que nunca.
—Ese será jurado —murmurábamos.
—¡A sus filas! ¡A cubrirse! ¡Alinearse! ¡Atención! ¡Descanso!
Cumplíamos todo al pie de la letra.
Ese día cantamos con fuerza: a la escuela, a Huáñec, a las lagunas, a Runcho Punta y finalmente a la batalla de Tarapacá a la orden del maestro Apolonio. El pecho se nos hinchaba
de orgullo.
Luego habló el director, ya mayor, pausado. Nos habló del deber con los
padres, con el pueblo, con la tierra. Del orgullo de ser peruanos, huañinos,
hijos del Tahuantinsuyo... Yo ya no escuchaba todo. Miraba el patio, los
portales, los techos de calamina sostenidos por eucaliptos. Todo me parecía
especial. Ya empezaba a extrañar la escuela, aún estando allí.
El salón de
quinto año
Entramos al salón, estaba muy iluminado con las grandes ventanas laterales totalmente abiertas. El piso de tierra estaba bien barrido, compacto. La
pizarra negra ocupaba casi toda la pared. La mesa del jurado, con franela verde
y un crucifijo, imponía respeto.
Me senté en mi carpeta de siempre. La miré con cariño: el tablero
inclinado, los tinteros, el asiento de madera. Nuestra compañera durante años.
—Ya no me sentaré aquí —pensé.
Mis compañeros estaban serios, con los labios apretados. Algunos querían
seguir estudiando, otros miraban los cuadros en las paredes: héroes, siembra,
cosecha, cóndor, puma, serpiente. Todo eso también se estaba despidiendo de
nosotros.
El examen
oral
A las diez sonó el silbato del recreo, pero nadie salió.
Pronto empezó
el examen. Nunca había rendido uno así. Me daba ánimo y luego me entraba la
duda. Recordaba a los dos que se habían jalado el año pasado.
Entró el jurado caminando solemnemente. Nos pusimos de pie. Banco, a mi lado, murmuró:
—¡Achichiu! ¡Achichiu!—
Y el miedo me recorrió entero.
El director habló, nos tranquilizó. Luego el maestro Rosas explicó el
procedimiento.
Los padres estaban atrás, de pie, erguidos, orgullosos. Los alumnos
menores miraban por las ventanas.
Fuimos pasando uno por uno. El jurado ayudaba si había error.
Hubo
respuestas memorables. La de Beto con los puntos cardinales, ubicándolos según
las chacras de su papá, —El Este por el lado de Pilanta, el Oeste por el
lado de Huancajraro, el Norte por el lado de Churca y el Sur el
lado de Uclo, — sacó muchas sonrisas.
Guillermo, con su explicación del
tiempo en horas, al tratar de demostrar que 11+3 puede ser 2. Dijo —Si a las 11 horas de la mañana le sumo 3 horas, me da las 2 de la tarde. — razonamiento que dejó
pensando a los maestros.
Finalmente, todos aprobamos. Algunos muy bien, otros "raspando". Sin
embargo, cada nota fue celebrada con aplausos.
La despedida
y la lluvia
Cuando
salimos al patio, ya había pasado el mediodía. Solo los de quinto formamos, cantamos
el Himno nacional y luego aquel huayno escolar que aún duele recordarlo:
Adiós escuela donde mi niñez yo pasé…
El director, ahora con voz potente, dijo:
—¡Rompan filas!
Era el punto final de estos años felices en la escuela de varones 476.
Había alegría y pena juntas. Ya no éramos niños.
Salimos despacio de la escuela, el cielo se había nublado. La lluvia nos alcanzó en la calle. Corrimos a
guarecernos y, al mirar hacia arriba, en Pilanta, vimos sol y lluvia a la vez.
Una turmanya grande, multicolor, se alzó en el cielo, pintando un
paisaje sobrecogedor.
—Hasta la naturaleza nos felicita hoy —pensé—, con lluvia, con sol y con
turmanya.
Y en el corazón repetí,
como despedida:
¡Adiós escuela donde mi niñez yo pasé!
¡Adiós...!


