LA COSECHA DE TRIGO EN YARUNGA
Y LA LUZ DE LAS SIETE CABRILLAS
Colección: El encanto huañino
Agosto de 1963
En aquellos tiempos, cuando agosto llegaba a Huáñec con sus mañanas frías, sus tardes doradas y sus noches llenas de estrellas, el campo comenzaba a cambiar de color.
Los trigales de Yarunga se mecían con el viento como un
inmenso mar amarillo. Desde aquella pampa, situada al lado del camino, se podía
contemplar una hermosa parte del mundo huañino: hacia arriba, las chacras de
los huañinos trepaban por la falda del cerro, formando andenes que parecían
hechos a mano por los mismos apus; y hacia abajo se alcanzaban a distinguir las
chacras de los quinchinos.
Yarunga era un lugar especial.
No era simplemente una chacra.
Cuando llegaba el tiempo de la cosecha, se convertía en
casa, en comedor, en dormitorio, en lugar de trabajo y también en escenario de
alegrías y jaranas que, con los años, quedarían guardadas para siempre en la
memoria de quienes tuvieron la dicha de vivirlas.
Por aquellos días, toda la familia se trasladaba a Yarunga.
No era cosa de ir por unas horas y regresar a Huáñec. ¡Qué
va! La cosecha duraba por lo menos dos semanas, y durante todo ese tiempo la
chacra se convertía en el hogar de la familia. No era una mudanza de esas que
ahora se hacen con camiones y muebles acomodados. ¡No, señor! En aquellos
tiempos bastaban unas cuantas cosas, unas frazadas, unos pellejos de carnero, algunos
utensilios, herramientas de trabajo y mucha voluntad
Se levantaba una choza de paja en el centro de la chacra,
cerquita de una pirca. Allí se acomodaban para dormir, protegidos como podían
del frío de las noches de agosto.
La cocina se armaba en la parte superior de la chacra, casi
al borde del canal de agua que discurría por el extremo sur.
Y así comenzaba la vida de cosecha.
Desde temprano, cuando el sol apenas asomaba por encima de
los cerros, comenzaba el trabajo.
Había que cortar el trigo, juntar las espigas, formar los
montones y preparar todo para la trilla.
Las manos de los mayores estaban acostumbradas a aquella
faena. Las mujeres trabajaban con la misma energía que los hombres; los
muchachos ayudaban en lo que podían y hasta los pequeños tenían alguna tarea.
Porque en el campo, pues, nadie se quedaba mirando.
Hasta el más chiquito tenía que ganarse su plato de comida.
Entre todos se hacía la cosecha.
Y entre todos se compartía también la alegría.
Daniel tenía ocho años.
Era alumno de la Escuela Fiscal 476 y cursaba el tercer año
de primaria.
Durante los días de clase vivía cerca de la plaza de Huáñec
y asistía puntualmente a la escuela. Pero cuando llegaba la temporada de
cosecha, sabía que al salir de clases no debía regresar directamente a casa.
Una tarde de viernes, cuando el reloj de la escuela marcaba
aproximadamente las cinco, Daniel salió con su cuaderno bajo el brazo.
Los demás muchachos tomaron distintos caminos.
Daniel no.
Él sabía adónde tenía que ir.
En lugar de dirigirse hacia su casa, cerca de la plaza, tomó
el camino hacia el sur, rumbo a Shush, para luego continuar hasta Yarunga.
Su familia entera estaba allá.
El camino era parte de aquella aventura.
A medida que avanzaba, Daniel dejaba atrás las casas del
pueblo y se internaba poco a poco en el campo.
El aire era diferente.
Ya no se escuchaban las voces de los muchachos saliendo de
la escuela ni el movimiento de la plaza.
Ahora se escuchaba el viento.
El agua.
El canto de algún pájaro perdido entre los eucaliptos.
Y, más adelante, comenzaban a aparecer los trigales.
Daniel caminaba ligero.
Sabía que al llegar encontraría a sus padres, a sus abuelos
y a sus hermanos trabajando.
Y sabía también que, al terminar la jornada, vendría lo
mejor.
La comida.
La conversación.
La noche.
Y quizá algún wayno cantado junto a sus hermanos.
Aquella tarde, cuando Daniel llegó a Yarunga, el sol ya estaba bajando.
La chacra estaba llena de actividad.
Las espigas de trigo se encontraban apiladas en cada andén,
formando pequeños cerros dorados.
Desde lejos se veían las familias trabajando en sus
parcelas.
Más allá, en la falda del cerro, algunas fogatas comenzaban
a encenderse.
La tarde se iba apagando lentamente.
—¡Daniel! —se escuchó llamar.
Era uno de los suyos.
Daniel dejó sus cosas y se incorporó a las labores.
En la cosecha, el tiempo pasaba rápido.
Un rato parecía largo, pero cuando uno se daba cuenta ya
había caído la noche.
Y aquella noche de agosto era una de esas noches que no se
olvidan.
Después de la faena vino la comida.
Y entre las cosas que más esperaba Daniel estaba la famosa
watia de calabaza.
La calabaza se colocaba entre la paja encendida y las
cenizas calientes del trigo cosechado.
Poco a poco se iba cocinando.
El olor comenzaba a llenar el aire.
—Ya está, ya está —decía alguno.
Y los pequeños se acercaban con los ojos bien abiertos.
Cuando por fin sacaban la calabaza, estaba caliente y suave.
¡Qué maravilla!
No hacía falta plato elegante ni cubiertos finos.
En Yarunga, en esos tiempos, una watia recién salida de la
paja podía convertirse en el mejor manjar del mundo.
Y así, entre risas y conversaciones, la familia comía.
Pero la noche recién comenzaba.
El cielo estaba completamente despejado. ¡Qué cielo aquel!
Limpio, profundo, inmenso.
Parecía que Dios había lavado el firmamento para que las
estrellas brillaran con toda su fuerza.
Daniel levantó la mirada.
Allá arriba estaba la Cruz del sur.
Más allá, los llamados Ojos de Llama.
Y cruzando el cielo, como un enorme camino de luz, el Tayta
Mayu, la Vía Láctea.
Pero las que más atractivas y alucinantes eran Las Siete
Cabrillas.
Pequeñitas, juntas, brillando allá arriba.
Daniel las miraba maravillado. Soñaba que algún día podría
alcanzar con sus manos y ponerlos en su bolso de la escuela.
La luna, en cuarto menguante, apenas iluminaba el paisaje.
El resto lo hacían las estrellas.
Abajo, en las chacras, se podían ver pequeñas fogatas.
Parecían lucecitas perdidas en la oscuridad de la falda del
cerro.
Los eucaliptos se movían suavemente con el viento.
Sus sombras se alargaban sobre la tierra.
Y por el canal de regadío corría el agua con un murmullo
tranquilo.
Era una noche serena.
Una de esas noches en que hasta el silencio parece cantar.
Daniel se quedó escuchando.
No había ruido de motores.
No había electricidad que iluminara el campo.
No había televisión.
No había teléfonos.
No había apuro.
Solamente el cielo, los cerros, los trigales, el agua y la
familia.
Y eso era suficiente.
Cuando llegaba la hora de dormir, la familia se acomodaba
como podía.
Pero Daniel tenía una preferencia.
Le gustaba dormir afuera.
Al lado de la choza.
Sobre el pellejo de oveja que servía como colchón.
¡Ah, qué suavidad!
Después de todo un día de trabajo, acostarse sobre aquel
pellejo y mirar el cielo era una felicidad que hoy resulta difícil explicar.
Daniel se acomodaba.
Sus hermanos estaban cerca.
La familia conversaba un rato.
Y luego comenzaban los waynos.
Uno empezaba.
Otro respondía.
Y así, entre voces juveniles, alguna guitarra imaginaria en
la memoria y el murmullo del agua, la noche se llenaba de música.
A veces cantaban bajito.
A veces con más fuerza.
Porque cuando uno es joven, pues, el cansancio se olvida
cuando aparece un wayno.
Y si el corazón está contento, se canta nomás.
No importa si la voz es buena o mala.
¡Para eso está la noche!
Para cantar.
Para reír.
Para recordar.
Para vivir.
Daniel escuchaba a sus hermanos y, poco a poco, el sueño
comenzaba a vencerlo.
Miraba por última vez las estrellas.
Y se quedaba dormido.
Así pasaron aquellos días de cosecha.
Día tras día.
Mañana tras mañana.
Con el trigo cortado bajo el sol, las espigas acumulándose
en los andenes, el trabajo familiar, la watia, las fogatas, los waynos y
aquellas noches interminables de agosto.
La cosecha de trigo no era solamente una actividad agrícola.
Era una forma de vida.
Era la familia reunida.
Era el campo convertido en casa.
Era el trabajo compartido.
Era la conversación de los mayores.
Era la alegría de los niños.
Era la música de los jóvenes.
Era el cielo de Yarunga cubriendo a todos por igual.
Y aquellas experiencias fueron quedando grabadas, poco a
poco, en la mente, en el corazón y en el alma de Daniel.
Pasaron los años.
Muchos años.
Casi medio siglo.
Y un día Daniel regresó a Yarunga.
Ya no era aquel niño de ocho años que salía de la escuela
con su cuaderno bajo el brazo.
Ahora era un hombre.
Se quedó parado sobre una gran piedra de la chacra.
Miró alrededor.
El paisaje seguía teniendo algo conocido.
El cerro.
Los andenes.
El camino.
El agua.
El cielo.
Pero faltaban personas.
Muchas personas.
Ya no estaban los abuelos Arnaldo y Elena.
Tampoco estaban sus padres.
Y Daniel sintió entonces que el tiempo había pasado de
verdad.
Se quedó en silencio.
Miró hacia arriba.
Las estrellas comenzaban a aparecer nuevamente.
Una.
Dos.
Tres.
Después muchas y pudo avizorar nuevamente Las siete
cabrillas.
Y entonces recordó algo que alguna vez le había dicho su
abuelo Arnaldo.
Daniel era todavía un niño cuando escuchó aquella
explicación.
—Abuelito, ¿por qué hay tantas estrellas?
Su abuelo Arnaldo, que conocía muchas historias de los
antiguos, miraba hacia el cielo y después a su nieto.
—Porque allá arriba también hay gente que nos mira.
Daniel se quedó callado.
—¿Quiénes?
El abuelo sonrió.
—Nuestros antepasados. Los que ya se fueron. Ellos están
allá arriba mirando a sus hijos, a sus nietos... Por eso las estrellas no se
apagan.
Daniel volvió a mirar el cielo.
—¿Y las Siete Cabrillas?
—También —respondió el abuelo—. Mira bien. Cuando brillan
fuerte, es porque alguien está mirando.
Aquella explicación quedó grabada en la memoria del
muchacho.
No sabía entonces que muchos años después recordaría esas
palabras con una claridad que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar.
Las estrellas seguían allí.
Titilaban.
Brillaban.
Parecían lejanas.
Pero nunca se apagaban.
Daniel pensó entonces que quizá el abuelo tenía razón.
Tal vez aquellas luces que veía en el cielo eran los ojos de
quienes alguna vez caminaron por esas mismas chacras.
De quienes trabajaron aquellos andenes.
De quienes cantaron aquellos waynos.
De quienes encendieron las fogatas.
De quienes prepararon la watia.
De quienes durmieron sobre el pellejo de oveja mirando el
mismo cielo.
De quienes amaron aquella tierra.
Y de quienes, aunque ya no estaban físicamente, seguían
acompañando a los que habían quedado.
Daniel permaneció allí un largo rato.
Miró hacia las chacras de los huañinos, allá arriba.
Miró hacia las chacras bajas de los quinchinos.
Escuchó nuevamente el rumor del agua por el canal.
El viento movió suavemente los eucaliptos.
Y por un instante le pareció escuchar, muy lejos, una voz
cantando un antiguo wayno.
Quizá era solamente el viento.
Quizá era el recuerdo.
O quizá eran las voces de los que se habían ido.
Quién sabe.
En el corazón de un huañino, esas cosas no necesitan
explicación.
Porque hay recuerdos que no mueren.
Hay canciones que no dejan de sonar.
Hay caminos que uno puede recorrer después de cincuenta años
y sentir que acaba de pasar por allí ayer.
Y hay noches en que uno mira las estrellas y descubre que
los seres queridos no se han ido del todo.
Siguen allí.
Arriba.
En el cielo inmenso.
Titilando.
Cuidándonos.
Sin apagarse nunca.
Daniel sonrió.
Tenía tristeza en el corazón por aquellos seres queridos que
ya no estaban.
Pero también tenía alegría.
Alegría por haber vivido aquellos años.
Por haber conocido aquellas noches.
Por haber corrido de niño entre los trigales.
Por haber compartido la cosecha con su familia.
Por haber dormido al lado de la choza, sobre un pellejo de carnero,
bajo el cielo más hermoso que podía recordar.
Y comprendió que, después de tantos años, la cosecha de
trigo todavía seguía allí.
No en los andenes.
No en las espigas.
No en las fogatas.
Sino dentro de él.
Porque algunas cosechas no se recogen con las manos.
Se recogen con el corazón.
Y la cosecha de aquel agosto de 1963 había dejado en Daniel
una riqueza que ningún tiempo podía quitarle.
La riqueza de sus recuerdos.
La riqueza de su familia.
La riqueza de Yarunga.
La riqueza de ser huañino.
Daniel volvió a mirar las estrellas.
Y allá arriba, entre las Siete Cabrillas, la Cruz del Sur,
los Ojos de Llama y el Tayta Mayu, una luz seguía titilando.
Y otra.
Y otra.
Como si los antiguos habitantes de aquella tierra todavía
estuvieran allí, cuidando desde el cielo a sus hijos, a sus nietos y a todos
aquellos que alguna vez caminaron por las chacras de Yarunga.
Daniel bajó lentamente de la gran piedra.
Y mientras emprendía el camino de regreso, pensó que quizá
eso era la vida:
trabajar, cantar, querer, recordar...
y algún día convertirse también en una pequeña estrella que,
desde lo alto, siguiera iluminando el camino de los que vienen detrás.
Así era Yarunga.
Así era la cosecha.
Así era la vida de aquellos huañinos de antaño.
Y así, entre trigo, fogatas, waynos y estrellas, quedó para
siempre guardado en la memoria de Daniel aquel hermoso agosto de 1963.



