Colección: El encanto huañino
Escrito por David Rivera Romero
De regreso a casa
Dicen los antiguos que
cuando uno vuelve al pueblo, no regresa solo el cuerpo: vuelven también los
pasos antiguos y las penas bien guardadas.
Javier, o como todos
lo llamaban de chiquillo, Javicho, regresaba a su querido Huáñec después
de más de una década. Apenas llegó a la entrada
del pueblo, después de caminar largas horas desde la estación, sus ojos se llenaron de un brillo nostálgico. El aire fresco de la
sierra lo recibió con el aroma a eucalipto y tierra húmeda, mientras el sonido
lejano del canal de “Lalancucho” le recordaba su infancia. Al fondo, el Apu
Huaylayo se alzaba imponente, guardián eterno de las memorias del pueblo.
Esa tarde, luego de
reencontrarse con sus padres y hermanos, merendaron juntos como en los viejos
tiempos: café pasado en fogón, pan serrano calentado en la “callana”, queso
fresco y un poco de cancha amarilla que su madre tostaba con cariño. Pero
mientras reía con su familia, en el fondo de su corazón palpitaba un recuerdo
profundo que nunca lo abandonó. Aquel amanecer de su partida.
El amanecer de la
despedida
Javicho tenía apenas
17 años cuando dejó Huáñec para ir a Lima en busca de “un mejor porvenir” como
decían los mayores. El sol aún no asomaba detrás del Huaylayo, y las nubes,
blancas como ovejas dormidas, bordeaban el cielo de un azul profundo. El viejo reloj
de la casa marcaba las siete en punto. A esa hora, con la alforja al hombro, inició
la caminata con paso decidido pero el corazón encogido. Lo acompañaban sus
padres, que lo despedían con orgullo, pero también con los ojos húmedos. Él,
sin embargo, al llegar a la portada de Shush, miraba discretamente hacia todos
lados, esperando ver a Dorita, la muchacha huañina de ojos claros que le había
robado el corazón.
No estaba.
“¿Por qué no vino?, dijo
que me esperaría en la portada”, pensaba mientras los pasos lo alejaban de su
casa, de la plaza, de ella. Pero al llegar al recodo del camino, justo frente
al viejo molino abandonado, Dorita apareció como un suspiro. Llevaba puesta una
manta labrada, un quipe en la espalda y el cabello negro sujeto con una trenza
que parecía tejida con hilos de viento. Corrió hacia él y se colgó de su
cuello. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—No quise despedirme
allá, delante de todos —dijo, sollozando—. Por eso te esperé aquí.
Sacó de su quipe una
pequeña talega de tocuyo blanco.
—Te traje tu fiambre.
La cancha la tosté recién, aún está calientita, y aquí hay queso seco.
Javicho, conmovido,
guardó el paquetito en su alforja.
—Dorita —le dijo—, ya
debo irme. Si no, llegaré tarde a la estación y perderé el carro. Pero te juro
que antes de doce meses regresaré a verte. Te escribiré desde Lima y tú me
escribirás también, ¿sí?
Dorita asintió, aunque
un nudo en la garganta no le permitió pronunciar palabra. Se abrazaron fuerte,
como queriendo detener el tiempo. Luego, un beso selló ese amor que había
nacido en estas tierras, como las rojas flores del “chinanhuayta” en primavera.
Los meses pasaron. Las
cartas volaron entre Lima y Huáñec, llenas de palabras amorosas, promesas y
sueños. Pero el tiempo es un río traicionero. Javicho no pudo regresar ese
primer año, ni el segundo. Al tercero, las cartas de Dorita cesaron. Él, herido
en su orgullo, dejó también de escribir…
La piedra y la voz
del viento
Ahora, de vuelta en
Huáñec, después de la merienda en la tosca mesa grande de la cocina con sus
padres, se levantó luego de pedir permiso, se envolvió con su poncho nogal de
listones azules y la suave bufanda que hace tanto tiempo, Dorita le tejió con
hilo de alpaca y salió a caminar por las angostas calles, llevaba una linterna a
pilas en la mano, aunque la luna nueva y el cielo estrellado alumbraban lo
suficiente.
Tenía la intención de ir
a la plaza, pero el corazón lo desvió. Se encaminó hacia el oeste, rumbo a Antamaque,
donde alguna vez vivió Dorita. A cada paso, los recuerdos le susurraban: las
risas, los paseos y las confesiones bajo el árbol de sauco. Sin darse cuenta, llegó
a la casa de adobe que tantas veces ha visitado antes, aún conservaba la
pintura blanca, la vetusta puerta marrón de madera, el techo de calamina. Sin
embargo, ahora solo escuchaba el sonido del silencio. La puerta estaba
asegurada con el candado azul, que lucía viejo y oxidado; las ventanas cerradas
y oscuras, no había la luz de la lámpara a kerosene que se filtraba por las
rendijas; los perros de antaño ya no estaban. El silencio y los recuerdos le apretaron
tanto el pecho que apenas podía respirar.
Siguió caminando muy lentamente,
sintió como flotara en el aire, cruzó el portillo de piedras y salió a la
campiña y avanzó por el camino angosto, flanqueado por pircas de piedra y
eucaliptos, hasta llegar a la gran piedra laja que yacía al lado izquierdo,
testigo de tantos reuniones y tertulias juveniles. Subió sobre ella, se abrigó
con su poncho y se acomodó como lo hacía antaño.
La memoria
No necesitaba cerrar
los ojos para recordar, los recuerdos se agolpaban en la memoria. Sentía, como
antes, que Dorita aparecería en cualquier momento. Parecía escuchar su dulce
voz, contándole que había ordeñado las vacas, que un ternero se había escapado,
que ese día el queso no había completado el molde y tantas cosas cotidianas. Y
él, por su parte, le contaba el detalle de cómo se cayó del burro en plena
plaza mientras la buscaba con la mirada.
—Esa tarde decidí pasar
por la plaza, entré por la calle de abajo con mis burritos, —susurró—, pensando
que estarías sentada en la grada de la plaza, te busqué con la vista entre el
gentío; y justo cuando te vi, el burro que montaba dio un salto y me caí en
plena acequia. ¡Qué vergüenza sentí! Pero tú solo reías bajito con las dos manos
en la cara. Risa dulce y clara como el sonido un arroyo.
Al retornar de los
recuerdos, ahora solo sintió que las lágrimas se deslizaban silenciosas por sus
mejillas. El viento soplaba suavemente y hacía crujir las hojas del viejo
eucalipto cercano. Entonces, una voz interior, o tal vez el susurro del árbol,
pareció decirle:
—Ella te esperó muchas
tardes y noches aquí mirando el horizonte como buscando entre la gente que
llegaba al pueblo… hasta que un día, ya no vino más. Pocos días después, una
noche muy oscura, a eso de las siete doblaron las campanas…
—Ya no sigas —murmuró
Javicho—. Ya sé que se fue.
Se quedó en silencio.
Sintió, por un instante, que Dorita estaba allí como antes, sentada a su lado,
mirándolo con ternura con esos grandes ojos pardos tan encantadores. Cuando el
canto lúgubre del tuco lo devolvió a la realidad, se puso de pie, miró
el cielo. La luna de otoño, la luna de Antamaque, parecía esconderse entre las
ramas, avergonzada por no poder consolarlo.
Entonces, con voz
quebrada, Javicho habló por última vez:
—Dorita, esta vez sí
he venido a verte. Pero tú ya no estás para esperarme. Te fallé, y el destino
no me perdonó. Solo me queda esta piedra, este cielo, y el recuerdo de tus suaves
manos tibias…
El frio viento sopló
más fuerte, y las hojas del eucalipto danzaron como si quisieran abrazarlo. Un
rayo de luna cayó sobre la piedra, como una despedida, como una señal de que el
amor verdadero no muere… solo se transforma en memoria.
Y así, en la soledad
de la noche serrana, Javicho se quedó allí, abrazado por los árboles y la luna,
esperando un consuelo que quizá solo los Apus puedan ofrecer.
