Cotón Verde
Colección: El encanto
huañino
Escrito por David
Rivera Romero
El mal que no tiene nombre
Aquella tarde, cuando el sol ya se iba escondiendo tras los
cerros como cansado de alumbrar tanta pena humana, Silvio yacía inconsciente
sobre su lecho, como alma que se ha apartado del cuerpo sin avisar. Su madre,
con el corazón encogido y los ojos ya secos de tanto llorar, mandó llamar a la
curandera del pueblo, mujer sabia en males de la carne y del espíritu.
No tardó mucho en llegar. Entró con paso pausado, sin
saludar siquiera, como quien ya sabe que no hay tiempo que perder. Se sentó
junto al enfermo y, con manos seguras, “armó la coquita”, chakchando la hoja
sagrada con cal, mirando fijamente el vacío, como si desde allí leyera lo que
los ojos humanos no alcanzan.
Al terminar el rito, revisó el cuerpo de Silvio, palpó sus
brazos, su pecho, su frente fría… y moviendo la cabeza con gravedad dijo:
—No, no está bien… hay que curarlo pronto. Si no, en tres
días se nos va… así le pasó a Juvino, por no curar a tiempo murió el pobre.
Se hizo un silencio espeso, como de nube baja.
—Hay que llevarlo donde lo encontraron —sentenció.
La noche de la fiesta
El día anterior, Silvio había bajado al pueblo vecino , al
encuentro de Felicia, la muchacha que le tenía trastornado el pensamiento. No
era cualquier visita: ya había pedido su mano, ya hablaban de matrimonio, ya se
soñaban juntos.
Se había vestido con lo mejor del baúl, como mandan las
ocasiones serias: sombrero negro a la pedrada, pañuelo rojo al cuello, camisa
de franela a cuadros, pantalón caqui bien planchado y zapatillas negras
nuevecitas, compradas en la tienda de los Gutiérrez.
Caminaba ligero por el camino angosto, silbando, ensayando
versos para su amada.
—Hoy sí le digo bonito —murmuraba.
Y la noche cumplió su promesa.
La fiesta estaba en su punto. La banda “Los Ángeles” hacía
retumbar el aire. Había baile, risas, gritos y el infaltable chamis, el
trago fuerte que calienta el pecho y suelta la lengua.
Felicia estaba radiante. Vestido azul, aretes de plata
largos que él mismo le mandó hacer en la platería Rivera, su sombrero chilcano calado
con sus iniciales, la manta labrada nueva prendida con un broche de plata, de
jarra con piedra rojas y azules. Era, como dicen en el pueblo, una “buena
chola”, de esas que hacen detener la mirada.
Silvio bebía, reía, bailaba… y amaba.
El camino de Pungosh
A eso de las once dejaron la fiesta. Felicia y su hermana
Julia lo acompañaron con linterna a kerosene en mano hasta Chinchán. Allí se
despidieron.
Silvio siguió solo.
La noche estaba hermosa, callada, con estrellas que parecían
clavadas en el cielo. Subió hasta Pungosh, ese lugar donde el camino se vuelve
más suave, como si también descansara.
—De aquí ya es planito —dijo, recostándose un momento.
Y entonces… la oyó.
Una voz dulce, cantando:
“De peña blanca yo te vi…”
Se levantó sobresaltado. A lo lejos, una luz amarilla
titilaba. Era ella. Era Felicia… o eso creyó.
Se acercó. Allí estaba, con su manta, su sombrero… pero con
un vestido verde intenso, que no llevaba en la fiesta.
—Felicia… ¿te cambiaste? —preguntó.
Ella no respondió.
—Ven, mi amor… no podía dejarte ir —dijo, tomándole la mano.
Caminaron juntos. Pero algo no estaba bien. El aire pesaba
distinto. El silencio hablaba.
—Regresemos a Pungosh —dijo él.
—No… ahora estamos juntos para siempre —respondió ella, con
voz dulce y fría a la vez.
Y en ese instante lo jaló con una fuerza que no era de este
mundo…
y ambos cayeron al abismo.
El hallazgo y el miedo
Al día siguiente, su ausencia empezó como una inquietud
leve… luego como sospecha… y finalmente como terror.
Su madre, ya deshecha por dentro, bajó hasta Quinches. Allí
supo que Silvio había partido la noche anterior.
—Dios mío… que no sea Cotón Verde… —susurró.
Subió hasta Pungosh, revisando cada piedra, cada huella. Y
allí, junto a una roca que sobresale del suelo, encontró el pañuelo rojo.
El mundo se le vino abajo.
Siguió buscando, ahora por el camino pedregoso que conduce a
Peña blanca… hasta que lo vio. Silvio estaba tendido entre arbustos de quishca,
como detenido entre la vida y la muerte, al borde del precipicio.
El regreso del alma
Lo llevaron al pueblo. Respiraba, sí… pero no despertaba.
—No es golpe… es mal del espíritu —dijeron los curanderos.
La curandera ordenó el ritual.
Dos mujeres deben
quedar al lado de Silvio, rezando siempre y cuidadito con dejarlo solo momento.
En la noche, bajaron nuevamente a Pungosh. La oscuridad era
más honda que de costumbre. El tuco cantaba como anunciando desgracia.
No trajeron a Silvio, solo su ropa, que colocaron sobre el
arbusto.
—Ángel de la guarda, regresa a tu cuerpo… —repetía la curandera.
La coquita no “armaba”… hasta que, tras largo rato, gritó:
—¡Ahora sí! ¡Está dulce!
Señaló una luz lejana:
—Allí está… Cotón Verde, ¿pueden ver? esa es.
Rezaron con fuerza, recuperaron la ropa y volvieron.
Ya en la casa, la curandera vistió a Silvio y, con voz de
mando, gritó:
—¡Silvio, regresa ya!
Le dio una bofetada seca.
Y entonces… Silvio despertó.
—¿Dónde estoy?… —murmuró.
Su madre lo abrazó, llorando:
—¡Gracias a Dios!
El espíritu que camina
Esa noche nadie durmió.
Entre rezos, café de cebada y susurros, se habló de ella…
Cotón Verde.
La doncella antigua.
La de voz dulce.
La que vaga entre Huáñec y Quinches.
La que canta y enamora… y pierde a los hombres.
Dicen que fue abandonada. Que su pena la volvió sombra.
Que en las noches de fiesta aparece…
y que en Pungosh descansa, cantando huaynos tristes.
Los ebrios, los enamorados, los distraídos…
son los que más caen.
El silencio del destino
Al amanecer, el pueblo volvió a respirar.
Silvio vivía.
Pero en su mirada había algo distinto… como si hubiera visto
demasiado.
Felicia estaba allí, callada, con el alma temblando. No
entendía del todo… pero sentía.
Nadie dijo nada.
Nadie preguntó más de la cuenta.
Porque en los pueblos, hay cosas que se saben…
pero no se nombran.
Dicen que Silvio se salvó porque la curandera fue diligente.
Dicen que Dios lo quiso así.
Y sobre si se casaron con Felicia…
nadie lo aseguró.
Pero en el silencio de los viejos, en la media sonrisa de
las mujeres…
parece que sí.
Porque si no fuera así…
este ya sería otro cuento.
