martes, septiembre 23, 2025

El ciprés que guarda mis juegos

Recordar es es volver a vivir, reza el dicho, les invito a jugar el en ciprés de la plaza.

 Colección: El encanto huañino

David Rivera Romero

Esa noche el frío había llegado antes que la luna. El aire cortaba la cara como un cuchillo de piedra, pero la noche era tan clara que hasta las estrellas parecían más cerca. Me puse el poncho nogal, la bufanda blanca que mi madre tejió cuando partí a la ciudad, y salí a caminar por las calles del pueblo. Eran cerca de las ocho, y el silencio se metía por las rendijas de las casas, como si todos estuvieran guardando secretos.

Qué distinto se veía Huáñec ahora, pensé mientras avanzaba. Cuando llegué, a eso de las cinco de la tarde, la vida hervía por todas partes: niñas cargando baldes de agua desde el caño de la esquina, con las trenzas saltando a cada paso; niños arreando piaras de burros que se resistían a caminar, rebuznando y pateando el polvo; hombres y mujeres guiando sus borregas, sus reses, entre carcajadas y silbidos, rumbo a los corrales. Una mezcla de voces, risas y el aroma de tierra mojada llenaban el aire. Hasta las campanas de la iglesia sonaban alegres, aunque solo fuera para anunciar la misa de las seis.

“Este es el encanto huañino”, me dije entonces, cansado pero feliz de estar de vuelta después de tantos años. El viaje había sido largo y arduo: nueve horas caminando desde la estación de ómnibus en el paraje de Huayquilla, al otro lado del abra de Tres Cruces, con el costalillo al hombro, liviano porque dentro llevaba apenas mi ropa y unos cuantos panetones envueltos en papeles rojos, azules y verdes —comprados en la panadería del chino José en La Parada— para regalar a los míos. Ya era diciembre y pronto llegarían la Navidad y el Año Nuevo, y uno no puede llegar con las manos vacías.

Pero ahora, a esa hora de la noche, las calles estaban vacías y oscuras. Solo la luna comenzaba a derramar su luz por las faldas de los cerros de Lalancucho y Moya, y las estrellas se esparcían como granos de maíz blanco en el cielo. El silencio era tan profundo que se podía oír el suave murmullo de la pila de agua desde la esquina.

Avancé despacio, esperando encontrar a alguien con quien cruzar palabra. La pila seguía allí, eterna, dejando escapar su hilo cristalino con un sonido dulce y frío. Me apreté la bufanda, miré a todos lados, pero no había ni un alma.

Doblé la esquina rumbo a la plaza. Desde abajo, ya se divisaba al final de la calle el alto campanario, con su base de piedra y su techo de calamina que brillaba débilmente. Al llegar a la plaza encontré la misma soledad. Solo la luz de la luna y las estrellas permitían ver con claridad las siluetas de los cuatro cipreses, que custodiaban cada cuadrante.

Tres de ellos se alzaban altísimos, orgullosos, con sus hojas escamosas apuntando hacia el cielo como lanzas verdes. El cuarto, en cambio, era diferente: muy bajito, pequeño, con un tronco corto y retorcido, sus ramas enmarañadas y su follaje tan espeso que parecía esconderse de la mirada ajena. Ese estaba plantado frente a la iglesia, apartado en cierto modo de sus hermanos altivos.

Me detuve y lo miré con cariño. Recordé cuando de niño yo solía trepar a ese ciprés bajito, el único que se dejaba conquistar por nuestras manos pequeñas. También recordé la fotografía que mi madre mandó a tomar una tarde de 28 de julio, después del desfile escolar: yo de pie frente a aquel ciprés, con mi uniforme impecable y un orgullo inocente en los ojos.

—¿Te acuerdas de mí, compadre? —le murmuré, sin darme cuenta—. El que siempre andaba colgado de tus ramas…

En ese instante, juraría que una brisa suave me revolvió el cabello como respuesta.

Las ramas susurraban, y me parecieron las voces de mis compañeros de infancia: “¡A que no llegas hasta la punta!”, “¡Agárrate bien, que te caes!”, “¡Mira cuántas semillas junté!”.

Cerré los ojos y, por un momento, pude vernos: un puñado de niños, trepando y descolgándonos como viscachas entre las ramas, riendo a carcajadas, arañándonos las manos y las rodillas. Recordé también cómo recogíamos las semillas redondas que el árbol dejaba caer como canicas mágicas para nuestros juegos.

Me senté al pie del ciprés, recostado contra su corteza. Sentí el frío de la tierra, el perfume del musgo y de las flores de retama que alguien habría dejado en la iglesia. Desde allí miré al campanario y a las estrellas. La luna ya estaba alta y plateaba la plaza entera.

Entonces, recordé una leyenda que solíamos contar mientras jugábamos aquí, a veces a escondidas, a veces en voz alta para asustar a los más pequeños. Decían los abuelos que ese ciprés, el más bajito, estaba hechizado. Que, en las madrugadas de enero, cuando la neblina cubría la plaza, se le veía moverse, estirando sus ramas como si fueran brazos, y que quien se atrevía a treparlo a esa hora podía escuchar las voces de los niños que ya no estaban, los que partieron jóvenes, llamando desde el tronco.

Me reí solo al recordarlo.
—No te enojes, compadre —le dije en voz baja, dándole una palmadita al tronco—. Yo no creo en cuentos… pero igual no me trepo esta noche.

El viento volvió a agitar las hojas, y, por un instante, me pareció que una risita infantil flotaba entre las ramas.

—Sí, sí —añadí—, tú también extrañas nuestras travesuras, ¿verdad?

No supe cuánto tiempo estuve ahí, con la cabeza recostada en el tronco. Cuando volví en mí, la luna bañaba toda la plaza, y las calaminas del cabildo brillaban alegres. En las ventanas más cercanas, algunas luces temblaban, y un aroma a patache con masara caliente llegó desde alguna cocina cercana.

Me levanté despacio. Me sacudí el polvo, me acomodé el poncho y el sombrero. Ya no sentía nostalgia. En el pecho había un calor sereno, como si alguien —quizá el propio ciprés— me hubiera reconfortado.

Me incliné levemente y murmuré:
—Gracias, amigo. Volveré pronto.

Al dar unos pasos hacia el mercado, volví la vista una última vez. Las estrellas parecían colgarse de las puntas de los cipreses más altos, mientras el pequeño, con sus ramas retorcidas, se recostaba contra la luna como un viejo guardián satisfecho.

Y así, con el corazón ligero, caminé rumbo al mercado a buscar una tasa de chocolate “tigre” caliente, seguro de que esa noche el ciprés también dormiría tranquilo.