EL CANARIO,
CANTOR DE LA GALLADA
Colección: El
encanto huañino.
David Rivera Romero
Recuerdos juveniles de Huáñec en los años setenta.
A la memoria alegre
del buen amigo Stalin Isla Carranza, “el Chino”, al que todos llamábamos también el
Canario, porque cuando se ponía a cantar, no había huañina ni forastera que no
se quedara pasmada con su canto.
Huáñec de los setenta,
pueblo mestizo de calles empedradas, balcones de madera y patios con rosales y geranios,
guardaba todavía sus huacas escondidas entre los cerros y quebradas, como si
quisieran mostrarse solo a los hijos del pueblo. El aire, siempre limpio, olía
a tierra mojada en diciembre, porque la lluvia no faltaba cada día, aunque el
frío no calaba tanto como en otros meses.
Nosotros, los de la gallada, muchachos recién salidos del colegio Apóstol Santiago Quinches,
pasábamos largas horas de las noches en la plaza, sentados en las bancas de
fierro forjado y madera tallada. Y si llegaba la lluvia y nos mojaba, nos
íbamos rapidito de campada a la casa de alguno: allí, al lado de la leña, entre
mates y trompos de eucalipto, chistes y confesiones, hablábamos de sueños, de
futuros imposibles y, claro está, de las muchachas del pueblo.
El centro de la
gallada era Stalin, el Chino, el Canario: era de talla mediana, flaco, de cabello
ondeado como trigo en agosto, de sonrisa franca y con chispa siempre a flor de
labios. Tenía el don de improvisar versos al vuelo, con ese tonito entre pícaro
y romántico que alborotaba a las muchachas. Cuando alguno de nosotros quería
rondar a una pretendida, era él quien ponía voz y alma al huayno.
—Oye, Canario —le
solté una vez—, ¿y por qué no te dedicas en serio al canto, ah? Con tu voz ya
deberías estar grabando discos en Lima.
Él rio, mostrando la dentadura blanca, y contestó:
—¡Ya estoy en el canto, compadre! ¿Acaso no me escuchas cuando echamos gallo?
El pueblo ya me bautizó, yo soy su cantor. Pero no lo haré negocio, no, no.
Cantaré siempre, sí, mas seré cantor de mi gente.
La ronda de la
gallada
Éramos cinco: yo con
la guitarra, Pedro con su rondín, Juan que marcaba el compás golpeando el cajón
de la guitarra, Sergio que hacía la segunda voz y siempre organizaba la
serenata, y el Canario que nos daba la voz. Cada uno con su musa en el corazón.
Y como decía Juan: “para enamorar, no hay flor más segura que una canción bajo
la ventana”.
Hacíamos la ronda por
el pueblo. En cada esquina pactada, dos canciones al hilo. Y si el papá de la
pretendida soltaba los perros, ¡pues a correr con guitarra y todo! Pero la
mayor parte de las veces nos dejaban terminar, porque hasta los viejos se
enternecían con los versos del Canario.
Una noche, doña
Mercedaria nos salió al encuentro en la plaza:
—¿Ustedes eran los que cantaban anoche en mi cuadra, no?
—¡No, tía, nosotros no! —respondimos a coro, nerviosos.
Ella, señalando al Chino, dijo:
—No me mientan, yo conozco esa voz. Era la tuya, Stalin.
Él sonrió, medio apenado:
—Disculpe, tía Merce… yo…
—¡No, hijito! —lo interrumpió ella—. No vengo a reñirte. Al contrario, qué
bonito cantabas. Me hiciste recordar cuando yo misma era muchacha. Hasta a la
Luzmila le gustó. Puedes volver a cantar por mi calle cuando quieras.
Se fue diciendo: “Qué
lindo canta este muchacho”. Y nosotros, apenas se alejó, lo cargamos al Canario
a carcajadas.
—¡Ahora sí, problema seguro, compadre! —decía él, riendo—. Porque Luzmila es la chola de Sergio, y ahora parece que la tía me la endilga a mí.
El gobernador
Era junio, medianoche
helada. Bajo el poncho de nogal llevábamos la “chatita” de anisado, para que el
frío no nos entumeciera la voz. Íbamos entonando a viva voz: el Canario al
frente, Pedro con su rondín, Juan marcando el ritmo con la botella y yo a la
guitarra.
De pronto, la voz
grave y potente del gobernador nos cortó en seco:
—¡Alto ahí! ¿Por qué tanta bulla? ¿Acaso no saben que está prohibido alterar la
tranquilidad del pueblo?
Queríamos escapar,
pero ya estaba Miño, el teniente, cerrándonos el paso al otro lado.
—Buenas noches, tío Cachipuro —saludamos con respeto.
El gobernador nos enfocó con su linterna, llevábamos las bufandas hasta la
nariz. Solo Stalin estaba descubierto.
—Tú tenías que ser, hijo de mi compadre Elezer… ¡Ya bájense esas bufandas!
Nos identificó uno por
uno y ordenó:
—Mañana temprano los quiero en la gobernación. Si no, los mando detener.
Ya se retiraba cuando
el Canario, con esa picardía que lo caracterizaba, dijo:
—Tío, hace frío, ¿no? —y sacó la chatita de anisado. Le dio un sorbo y se la
ofreció.
El gobernador dudó, luego aceptó:
—¡Pero solo un sorbito!
Y sorbo va, sorbo
viene, hasta el teniente Miño se animó. Entre tragos, Juan le pidió:
—Tío, ¿por qué no le enseñas al Canario esas canciones antiguas con las que
enamoraste a la tía?
El tío Cachipuro se
rio, golpeándose el pecho:
—¡Ya ni me acuerdo! Pero vamos a probar…
Y así, bajo las
estrellas, el mismísimo gobernador terminó guiando nuestra ronda, entonando
tonadas viejas que luego se sumaron al repertorio del Canario. Aquella noche la
“bronca” se convirtió en jarana.
La trilla en Antaura
Llegó agosto, y con él
las sementeras amarillas de trigo y cebada, listas para la cosecha. Un viernes
por la noche, Don Donato me buscó:
—Sobrino, esta noche hay trilla en Antaura. Tráete la guitarra, dijo
Y yo convoqué a la
gallada. ¡Cómo no iba a estar el Canario!, ensayamos un rato y fuimos a
Antaura.
La luna llena
alumbraba como si fuera de día. En la era de trigo ya se bailaba fuerte para
desgranar la espiga. El chamis de cañazo circulaba de mano en mano. Tres bonitas
muchachas cantaban versos de amor y desdicha, cuando nos vieron llegar, de
inmediato pidieron al Canario que se hiciera cargo del canto.
Él empezó con un
huayno alegre, zapateando como si el suelo ardiera. Luego otro, nostálgico,
sobre un poncho perdido en Cochatupe. Las muchachas respondían con versos
picarescos, y el contrapunto encendió la fiesta. La paja se apartaba del grano
con cada pisada, y el aire se llenaba de polvo dorado, canto y risas.
El Canario se lució
como nunca esa noche. Tras cada canción, las muchachas se peleaban por bailar
con él. Y cuando ya la madrugada se abría, con el trigo trillado y el café de
cebada humeando en pocillos de porcelana, emprendimos el regreso a Huáñec,
silbando bajito los huaynos de la noche.
La luna se escondía
tras los cerros, y entre la neblina pasajera se veían parejitas arrimadas,
cuchicheando poemas de amor.
El Canario, caminando
ligero, nos dijo con esa chispa de siempre:
—¿Ven, muchachos? El canto no da plata, pero da alegría. Y mientras el pueblo
exista, yo seré su cantor, y la gallada entró al pueblo cantando, como siempre.
Gracias Canario, entrañable amigo, por los momentos vividos juntos, que siempre los llevaré en mi corazón.

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