sábado, septiembre 06, 2025

EL CANARIO, CANTOR DE LA GALLADA

 
EL CANARIO, CANTOR DE LA GALLADA

Colección: El encanto huañino.

David Rivera Romero


Recuerdos juveniles de Huáñec en los años setenta.

A la memoria alegre del buen amigo Stalin Isla Carranza, “el Chino”, al que todos llamábamos también el Canario, porque cuando se ponía a cantar, no había huañina ni forastera que no se quedara pasmada con su canto.

Huáñec de los setenta, pueblo mestizo de calles empedradas, balcones de madera y patios con rosales y geranios, guardaba todavía sus huacas escondidas entre los cerros y quebradas, como si quisieran mostrarse solo a los hijos del pueblo. El aire, siempre limpio, olía a tierra mojada en diciembre, porque la lluvia no faltaba cada día, aunque el frío no calaba tanto como en otros meses.

Nosotros, los de la gallada, muchachos recién salidos del colegio Apóstol Santiago Quinches, pasábamos largas horas de las noches en la plaza, sentados en las bancas de fierro forjado y madera tallada. Y si llegaba la lluvia y nos mojaba, nos íbamos rapidito de campada a la casa de alguno: allí, al lado de la leña, entre mates y trompos de eucalipto, chistes y confesiones, hablábamos de sueños, de futuros imposibles y, claro está, de las muchachas del pueblo.

El centro de la gallada era Stalin, el Chino, el Canario: era de talla mediana, flaco, de cabello ondeado como trigo en agosto, de sonrisa franca y con chispa siempre a flor de labios. Tenía el don de improvisar versos al vuelo, con ese tonito entre pícaro y romántico que alborotaba a las muchachas. Cuando alguno de nosotros quería rondar a una pretendida, era él quien ponía voz y alma al huayno.

—Oye, Canario —le solté una vez—, ¿y por qué no te dedicas en serio al canto, ah? Con tu voz ya deberías estar grabando discos en Lima.
Él rio, mostrando la dentadura blanca, y contestó:
—¡Ya estoy en el canto, compadre! ¿Acaso no me escuchas cuando echamos gallo? El pueblo ya me bautizó, yo soy su cantor. Pero no lo haré negocio, no, no. Cantaré siempre, sí, mas seré cantor de mi gente.

La ronda de la gallada

Éramos cinco: yo con la guitarra, Pedro con su rondín, Juan que marcaba el compás golpeando el cajón de la guitarra, Sergio que hacía la segunda voz y siempre organizaba la serenata, y el Canario que nos daba la voz. Cada uno con su musa en el corazón. Y como decía Juan: “para enamorar, no hay flor más segura que una canción bajo la ventana”.

Hacíamos la ronda por el pueblo. En cada esquina pactada, dos canciones al hilo. Y si el papá de la pretendida soltaba los perros, ¡pues a correr con guitarra y todo! Pero la mayor parte de las veces nos dejaban terminar, porque hasta los viejos se enternecían con los versos del Canario.

Una noche, doña Mercedaria nos salió al encuentro en la plaza:
—¿Ustedes eran los que cantaban anoche en mi cuadra, no?
—¡No, tía, nosotros no! —respondimos a coro, nerviosos.
Ella, señalando al Chino, dijo:
—No me mientan, yo conozco esa voz. Era la tuya, Stalin.
Él sonrió, medio apenado:
—Disculpe, tía Merce… yo…
—¡No, hijito! —lo interrumpió ella—. No vengo a reñirte. Al contrario, qué bonito cantabas. Me hiciste recordar cuando yo misma era muchacha. Hasta a la Luzmila le gustó. Puedes volver a cantar por mi calle cuando quieras.

Se fue diciendo: “Qué lindo canta este muchacho”. Y nosotros, apenas se alejó, lo cargamos al Canario a carcajadas.
—¡Ahora sí, problema seguro, compadre! —decía él, riendo—. Porque Luzmila es la chola de Sergio, y ahora parece que la tía me la endilga a mí.

El gobernador

Era junio, medianoche helada. Bajo el poncho de nogal llevábamos la “chatita” de anisado, para que el frío no nos entumeciera la voz. Íbamos entonando a viva voz: el Canario al frente, Pedro con su rondín, Juan marcando el ritmo con la botella y yo a la guitarra.

De pronto, la voz grave y potente del gobernador nos cortó en seco:
—¡Alto ahí! ¿Por qué tanta bulla? ¿Acaso no saben que está prohibido alterar la tranquilidad del pueblo?

Queríamos escapar, pero ya estaba Miño, el teniente, cerrándonos el paso al otro lado.
—Buenas noches, tío Cachipuro —saludamos con respeto.
El gobernador nos enfocó con su linterna, llevábamos las bufandas hasta la nariz. Solo Stalin estaba descubierto.
—Tú tenías que ser, hijo de mi compadre Elezer… ¡Ya bájense esas bufandas!

Nos identificó uno por uno y ordenó:
—Mañana temprano los quiero en la gobernación. Si no, los mando detener.

Ya se retiraba cuando el Canario, con esa picardía que lo caracterizaba, dijo:
—Tío, hace frío, ¿no? —y sacó la chatita de anisado. Le dio un sorbo y se la ofreció.
El gobernador dudó, luego aceptó:
—¡Pero solo un sorbito!

Y sorbo va, sorbo viene, hasta el teniente Miño se animó. Entre tragos, Juan le pidió:
—Tío, ¿por qué no le enseñas al Canario esas canciones antiguas con las que enamoraste a la tía?

El tío Cachipuro se rio, golpeándose el pecho:
—¡Ya ni me acuerdo! Pero vamos a probar…

Y así, bajo las estrellas, el mismísimo gobernador terminó guiando nuestra ronda, entonando tonadas viejas que luego se sumaron al repertorio del Canario. Aquella noche la “bronca” se convirtió en jarana.

La trilla en Antaura

Llegó agosto, y con él las sementeras amarillas de trigo y cebada, listas para la cosecha. Un viernes por la noche, Don Donato me buscó:
—Sobrino, esta noche hay trilla en Antaura. Tráete la guitarra, dijo

Y yo convoqué a la gallada. ¡Cómo no iba a estar el Canario!, ensayamos un rato y fuimos a Antaura.

La luna llena alumbraba como si fuera de día. En la era de trigo ya se bailaba fuerte para desgranar la espiga. El chamis de cañazo circulaba de mano en mano. Tres bonitas muchachas cantaban versos de amor y desdicha, cuando nos vieron llegar, de inmediato pidieron al Canario que se hiciera cargo del canto.

Él empezó con un huayno alegre, zapateando como si el suelo ardiera. Luego otro, nostálgico, sobre un poncho perdido en Cochatupe. Las muchachas respondían con versos picarescos, y el contrapunto encendió la fiesta. La paja se apartaba del grano con cada pisada, y el aire se llenaba de polvo dorado, canto y risas.

El Canario se lució como nunca esa noche. Tras cada canción, las muchachas se peleaban por bailar con él. Y cuando ya la madrugada se abría, con el trigo trillado y el café de cebada humeando en pocillos de porcelana, emprendimos el regreso a Huáñec, silbando bajito los huaynos de la noche.

La luna se escondía tras los cerros, y entre la neblina pasajera se veían parejitas arrimadas, cuchicheando poemas de amor.

El Canario, caminando ligero, nos dijo con esa chispa de siempre:
—¿Ven, muchachos? El canto no da plata, pero da alegría. Y mientras el pueblo exista, yo seré su cantor, y la gallada entró al pueblo cantando, como siempre.

 

Gracias Canario, entrañable amigo, por los momentos vividos juntos, que siempre los llevaré en mi corazón.

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