jueves, enero 01, 2026

Donde la luna alumbra el recuerdo

 

Colección: El encanto huañino
Escrito por David Rivera Romero 

Camino de Chinca - Huáñec

 De regreso a casa

Dicen los antiguos que cuando uno vuelve al pueblo, no regresa solo el cuerpo: vuelven también los pasos antiguos y las penas bien guardadas.

Javier, o como todos lo llamaban de chiquillo, Javicho, regresaba a su querido Huáñec después de más de una década. Apenas llegó a la entrada del pueblo, después de caminar largas horas desde la estación, sus ojos se llenaron de un brillo nostálgico. El aire fresco de la sierra lo recibió con el aroma a eucalipto y tierra húmeda, mientras el sonido lejano del canal de “Lalancucho” le recordaba su infancia. Al fondo, el Apu Huaylayo se alzaba imponente, guardián eterno de las memorias del pueblo.

Esa tarde, luego de reencontrarse con sus padres y hermanos, merendaron juntos como en los viejos tiempos: café pasado en fogón, pan serrano calentado en la “callana”, queso fresco y un poco de cancha amarilla que su madre tostaba con cariño. Pero mientras reía con su familia, en el fondo de su corazón palpitaba un recuerdo profundo que nunca lo abandonó. Aquel amanecer de su partida.

El amanecer de la despedida

Javicho tenía apenas 17 años cuando dejó Huáñec para ir a Lima en busca de “un mejor porvenir” como decían los mayores. El sol aún no asomaba detrás del Huaylayo, y las nubes, blancas como ovejas dormidas, bordeaban el cielo de un azul profundo. El viejo reloj de la casa marcaba las siete en punto. A esa hora, con la alforja al hombro, inició la caminata con paso decidido pero el corazón encogido. Lo acompañaban sus padres, que lo despedían con orgullo, pero también con los ojos húmedos. Él, sin embargo, al llegar a la portada de Shush, miraba discretamente hacia todos lados, esperando ver a Dorita, la muchacha huañina de ojos claros que le había robado el corazón.

No estaba.

“¿Por qué no vino?, dijo que me esperaría en la portada”, pensaba mientras los pasos lo alejaban de su casa, de la plaza, de ella. Pero al llegar al recodo del camino, justo frente al viejo molino abandonado, Dorita apareció como un suspiro. Llevaba puesta una manta labrada, un quipe en la espalda y el cabello negro sujeto con una trenza que parecía tejida con hilos de viento. Corrió hacia él y se colgó de su cuello. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No quise despedirme allá, delante de todos —dijo, sollozando—. Por eso te esperé aquí.

Sacó de su quipe una pequeña talega de tocuyo blanco.

—Te traje tu fiambre. La cancha la tosté recién, aún está calientita, y aquí hay queso seco.

Javicho, conmovido, guardó el paquetito en su alforja.

—Dorita —le dijo—, ya debo irme. Si no, llegaré tarde a la estación y perderé el carro. Pero te juro que antes de doce meses regresaré a verte. Te escribiré desde Lima y tú me escribirás también, ¿sí?

Dorita asintió, aunque un nudo en la garganta no le permitió pronunciar palabra. Se abrazaron fuerte, como queriendo detener el tiempo. Luego, un beso selló ese amor que había nacido en estas tierras, como las rojas flores del “chinanhuayta” en primavera.

Los meses pasaron. Las cartas volaron entre Lima y Huáñec, llenas de palabras amorosas, promesas y sueños. Pero el tiempo es un río traicionero. Javicho no pudo regresar ese primer año, ni el segundo. Al tercero, las cartas de Dorita cesaron. Él, herido en su orgullo, dejó también de escribir…

La piedra y la voz del viento

Ahora, de vuelta en Huáñec, después de la merienda en la tosca mesa grande de la cocina con sus padres, se levantó luego de pedir permiso, se envolvió con su poncho nogal de listones azules y la suave bufanda que hace tanto tiempo, Dorita le tejió con hilo de alpaca y salió a caminar por las angostas calles, llevaba una linterna a pilas en la mano, aunque la luna nueva y el cielo estrellado alumbraban lo suficiente.

Tenía la intención de ir a la plaza, pero el corazón lo desvió. Se encaminó hacia el oeste, rumbo a Antamaque, donde alguna vez vivió Dorita. A cada paso, los recuerdos le susurraban: las risas, los paseos y las confesiones bajo el árbol de sauco. Sin darse cuenta, llegó a la casa de adobe que tantas veces ha visitado antes, aún conservaba la pintura blanca, la vetusta puerta marrón de madera, el techo de calamina. Sin embargo, ahora solo escuchaba el sonido del silencio. La puerta estaba asegurada con el candado azul, que lucía viejo y oxidado; las ventanas cerradas y oscuras, no había la luz de la lámpara a kerosene que se filtraba por las rendijas; los perros de antaño ya no estaban. El silencio y los recuerdos le apretaron tanto el pecho que apenas podía respirar.

Siguió caminando muy lentamente, sintió como flotara en el aire, cruzó el portillo de piedras y salió a la campiña y avanzó por el camino angosto, flanqueado por pircas de piedra y eucaliptos, hasta llegar a la gran piedra laja que yacía al lado izquierdo, testigo de tantos reuniones y tertulias juveniles. Subió sobre ella, se abrigó con su poncho y se acomodó como lo hacía antaño.

La memoria

No necesitaba cerrar los ojos para recordar, los recuerdos se agolpaban en la memoria. Sentía, como antes, que Dorita aparecería en cualquier momento. Parecía escuchar su dulce voz, contándole que había ordeñado las vacas, que un ternero se había escapado, que ese día el queso no había completado el molde y tantas cosas cotidianas. Y él, por su parte, le contaba el detalle de cómo se cayó del burro en plena plaza mientras la buscaba con la mirada.

—Esa tarde decidí pasar por la plaza, entré por la calle de abajo con mis burritos, —susurró—, pensando que estarías sentada en la grada de la plaza, te busqué con la vista entre el gentío; y justo cuando te vi, el burro que montaba dio un salto y me caí en plena acequia. ¡Qué vergüenza sentí! Pero tú solo reías bajito con las dos manos en la cara. Risa dulce y clara como el sonido un arroyo.

Al retornar de los recuerdos, ahora solo sintió que las lágrimas se deslizaban silenciosas por sus mejillas. El viento soplaba suavemente y hacía crujir las hojas del viejo eucalipto cercano. Entonces, una voz interior, o tal vez el susurro del árbol, pareció decirle:

—Ella te esperó muchas tardes y noches aquí mirando el horizonte como buscando entre la gente que llegaba al pueblo… hasta que un día, ya no vino más. Pocos días después, una noche muy oscura, a eso de las siete doblaron las campanas…

—Ya no sigas —murmuró Javicho—. Ya sé que se fue.

Se quedó en silencio. Sintió, por un instante, que Dorita estaba allí como antes, sentada a su lado, mirándolo con ternura con esos grandes ojos pardos tan encantadores. Cuando el canto lúgubre del tuco lo devolvió a la realidad, se puso de pie, miró el cielo. La luna de otoño, la luna de Antamaque, parecía esconderse entre las ramas, avergonzada por no poder consolarlo.

Entonces, con voz quebrada, Javicho habló por última vez:

—Dorita, esta vez sí he venido a verte. Pero tú ya no estás para esperarme. Te fallé, y el destino no me perdonó. Solo me queda esta piedra, este cielo, y el recuerdo de tus suaves manos tibias…

El frio viento sopló más fuerte, y las hojas del eucalipto danzaron como si quisieran abrazarlo. Un rayo de luna cayó sobre la piedra, como una despedida, como una señal de que el amor verdadero no muere… solo se transforma en memoria.

Y así, en la soledad de la noche serrana, Javicho se quedó allí, abrazado por los árboles y la luna, esperando un consuelo que quizá solo los Apus puedan ofrecer.

 




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