domingo, febrero 15, 2026

 

Huáñec: Tierra de brujos, dioses y resistencias

Colección: El encanto huañino
Escrito por David Rivera Romero

Foto tomada de San Cristobal blogspot

Huáñec: Balcón sagrado de los Andes

Huáñec es un hermoso rincón de nuestro querido Perú, pródigo en tradiciones, leyendas, arte y costumbres ancestrales que sobreviven al tiempo como un susurro persistente de la memoria colectiva. Geográficamente se ubica en la vertiente occidental de la cordillera de los Andes, en la zona noroeste de la provincia de Yauyos, a una altitud de 3 200 metros sobre el nivel del mar. Su clima es seco y templado, y se asienta a las faldas tutelares del Apu Huaylayo, como una planicie andina semejante a un vasto balcón natural, desde donde se domina la inmensidad de las estribaciones costeras de Calango y Mala.

Los atardeceres en Huáñec son un espectáculo íntimo y conmovedor: el sol desciende lentamente, posándose con fuerza en las laderas, calentando la tierra hasta volverla tibia, acogedora, casi maternal. El aire se vuelve dorado y el silencio se llena de una paz antigua que parece detener el tiempo. Es entonces cuando el pueblo entero se sumerge en un sosiego profundo, como si respirara al unísono con la montaña.

Desde tiempos remotos, Huáñec ha sido la cuna de los Hanan Yauyos. Durante el Tawantinsuyo fue un centro de administración de colcas y tambos, con huacas de gran importancia ceremonial y una población organizada en ayllus que, en pequeñas concentraciones o estancias, se extendían por toda la comarca, formando una red viva de producción, ritualidad y convivencia.

 

De ayllus a reducciones: la irrupción colonial

La organización social de Huáñec sufrió transformaciones profundas con la llegada de los españoles. Con el propósito de administrar mejor a la población, identificar mano de obra para las mitas, aumentar la recaudación de tributos e imponer la doctrina cristiana, los colonizadores concentraron de manera forzada a las poblaciones indígenas en las llamadas “reducciones de indios”.

Una de las primeras reducciones fundadas en el territorio de los Hanan Yauyos fue Huáñec, durante el virreinato de Francisco de Toledo. Así, el nuevo asentamiento fue planificado para albergar entre cuatrocientos y quinientos tributarios indígenas. En teoría, su composición étnica debía ser homogénea; sin embargo, la realidad desbordó el diseño administrativo: junto a los indígenas se asentaron españoles, criollos y mestizos, generando una convivencia compleja, tensa y profundamente transformadora.

Huáñec nació entonces como un centro urbano al estilo español, con calles rectas, cuadras bien delineadas y una plaza principal en el corazón del poblado. En el lado norte se alza la iglesia, flanqueada por dos campanarios que dominan el perfil urbano. En la esquina noreste se ubican los locales de las dos parcialidades indígenas, hoy Comunidades Campesinas. En el lado sur destaca el imponente Cabildo, con hermosos portales que ocupan toda una cuadra, testigos silenciosos del poder colonial. Al centro de la plaza brilla la glorieta, con su plataforma circular elevada y balaustres de madera tallada, símbolo del encuentro entre solemnidad y fiesta.

La iglesia posee un amplio atrio, reservado antiguamente para acoger a los indígenas no bautizados o en proceso de adoctrinamiento, pues solo los fieles podían ingresar al templo. Un dato crucial es que el altar fue construido sobre la huaca principal de la comarca, cuyos vestigios aún pueden apreciarse. Hasta fines del siglo XX se conservó su plataforma en una esquina de la llamada “plaza chica”, junto a una pequeña escalinata donde se ubicaba la banda de música durante las fiestas patronales.

Cada cuadra estaba compuesta por cuatro solares, cada uno equivalente a la cuarta parte de la manzana. La distribución no fue equitativa: los criollos, mestizos y potentados ocuparon los lugares privilegiados, consolidando una jerarquía espacial que reflejaba la estratificación social.

En 1588, Huáñec fue escenario del V Sínodo Diocesano Limense, presidido por el arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo, en el marco del vasto proceso de “conversión civil” y “conversión espiritual” impulsado por la Diócesis de Lima.

 

Caminos sagrados y arquitectura ritual

Huáñec posee cuatro caminos de salida, cada uno cargado de historia y simbolismo. Hacia el norte se habre el camino hacia el Apu Priakaka, en el extremo del pueblo se encuentra el paraje denominado “Canto”, donde aún se conserva la piedra simbólica de la apacheta prehispánica. Cerca de ella se levantó la capilla de Santa Clara, hoy desaparecida tras su derrumbe en la década de 1970; solo persiste su plataforma.

Hacia el sur, se encuentra el camino hacia los pueblos del Hatun Yauyos,  en esta salida, en el sector de   “Shush”construyeron dos capillas coloniales, de las cuales sobrevive solemente una. Al oeste se abre el camino que conecta con la costa, flanqueado por los vestigios de otras dos capillas. Finalmente, al este, la ruta asciende hacia el Apu Huaylayo, donde todavía se reconocen restos de una capilla en ruinas.

De todas estas edificaciones coloniales, solo permanece en pie la capilla de Shush; las demás han quedado reducidas a plataformas sagradas, espacios donde los antiguos Hanan Yauyos celebraban sus fiestas, trabajos colectivos y rituales dedicados a sus Apus.

Al ingresar al pueblo por cualquiera de estos accesos, se percibe el trazo rectilíneo de sus calles, angostas y empedradas, y la armoniosa distribución de sus más de treinta manzanas. Los barrios tradicionales —Sana-huerta, Canto, Calpa y Antamaque— conservan sus nombres ancestrales pese a los intentos posteriores por rebautizarlos, resistiendo como marcas vivas de la identidad local.

 

El silencio de los muertos y las huacas vivas

El cementerio de Huáñec cumple un rol prominente en el paisaje huañino. Se sitúa al noroeste, fuera del pueblo, al final de un camino largo y melancólico conocido como “Adiós Huáñec”. Es un campo santo sereno, de gran belleza y recogimiento, donde reposan las memorias y los restos de generaciones enteras, custodiadas por el viento andino y la luz clara de la planicie huañina.

En el barrio de Calpa, situado sobre una pequeña loma al suroeste, se conservan los vestigios de la huaca prehispánica del encuentro con el Dios Sol. Aunque muchas de sus piedras fueron reutilizadas, aún permanecen algunas enormes, como gigantes dormidos. La tradición oral afirma que allí habitan los “gentiles”, seres antiguos a los que se debe respeto, pues pueden atrapar al desprevenido y causarle enfermedad.

 

La tierra de los brujos y la resistencia espiritual

Huáñec es conocido como la “tierra de los brujos”, denominación nacida en los primeros años de la Colonia. Los doctrineros católicos descubrieron que en la zona vivían numerosos sacerdotes indígenas, algunos de gran jerarquía —los Hatun Wilca— y otros de menor rango, los Humus, dedicados a la curación.

Estos sabios empleaban hierbas, sacrificios rituales como la "callpa" y estados de trance para comunicarse con lo sagrado, prácticas profundamente ajenas y contrarias al dogma católico. Uno de los más notables fue Cristóbal Curis Hanampa, Hatun Wilca huañino cuyo principal Apu era Rasu Yacolca, dios de las aguas que mora al sur del Pariakaka.

Cristóbal Curis Hanampa es recordado como un baluarte de la resistencia cultural de los Hanan Yauyos, símbolo de una lucha silenciosa por preservar la cosmovisión andina frente al embate colonial. Los curas llamaron “brujos” a estos sacerdotes, y debido a su notable presencia en Huáñec, el pueblo quedó marcado con ese apelativo que hoy evoca misterio, sabiduría ancestral y espiritualidad profunda.

 

Fe, comunidad y celebración

Actualmente, Huáñec cuenta con dos comunidades campesinas: la Comunidad Campesina Huáñec y la Comunidad Campesina Santísima Trinidad de Huáñec. Profundamente devotos de la fe católica, los huañinos celebran sus fiestas patronales en junio, con misa solemne, bailes sociales y corridas de toros.

La festividad de mayor atractivo es la dedicada al Corpus Christi, cuyas actividades centrales son la misa y la corrida de toros de competencia, que congregan tanto a los hijos del pueblo como a visitantes, renovando los lazos comunitarios y la memoria colectiva.

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