Escrito por: David Rivera Romero.
Era una tarde soleada
de agosto de 1970. El viento corría ligero, moviendo suavemente las espigas
doradas de las chacras de Antamaque. El cielo azul se extendía limpio,
con apenas unas nubes blancas que parecían descansar sobre la cima de los
cerros.
Caminaba yo por los
senderos polvorientos, cuando, al otro lado de la quebrada, divisé a un hombre
sentado en la orilla de una sementera de trigo. Desde la distancia no pude
reconocerlo. Llevado por la curiosidad, descendí hacia la quebrada, crucé el
arroyo cristalino que discurría sereno entre piedras lisas y musgosas. El agua
cantaba bajito, como quien tararea un yaraví.
Subí la ladera y
avancé en línea recta. Ya más cerca, a unos metros, distinguí la figura: un
hombre de unos cincuenta años, delgado, con el rostro curtido por el sol y el
viento serrano. Llevaba un sombrero negro de fieltro, ya gastado en el ala; una
camisa guinda a cuadros, las mangas largas arremangadas en los codos; pantalón chumpe de cordillate y un par de botas negras, de esas firmes que alguna vez
calzaban los gendarmes, como se les llamaba a los policías, tiempos atrás.
Estaba sentado al
borde del precipicio, con los codos apoyados en los muslos, los puños
sosteniendo la cara, inmóvil, como si conversara en silencio con la distancia.
Sus ojos, hundidos y brillantes, estaban fijos en el horizonte: los pueblos de
San Joaquín y Cochas se dejaban ver allá abajo, envueltos en un manto de luz
que poco a poco cedía a la sombra.
Me acerqué silbando un
huayno, a ver si así volteaba. Pero no reaccionó. Parecía hipnotizado por aquel
diálogo de las montañas y la luz solar.
Cuando estuve a unos
cinco metros, lo reconocí: era Chano, el carpintero del pueblo. El famoso Chano
rula.
Buenas tardes, don
Chano —dije con respeto.
Él giró lentamente,
con una sonrisa cansada, y respondió:
—Hola, David, buenas tardes. ¿Qué haces por aquí, muchacho?
—Le vi desde el frente
—contesté—, y quise saber qué hacía usted sentado en esta orilla.
—Ah… —murmuró,
golpeando suavemente la piedra con la palma de la mano—. Siempre que puedo,
vengo hasta aquí. Esta es mi silla de piedra. Anda, siéntate a mi lado.
Acepté gustoso. Desde
allí, la quebrada se abría profunda, como un gran mural pintado por la
naturaleza. Los cerros altos, verdes y pardos, dejaban caer sus sombras
alargadas que parecían gigantescos dedos señalando los valles.
—¿Ves esas sombras del
frente? —me dijo Chano, con la mirada fija en los perfiles montañosos—. Hace un
rato, la sombra de la izquierda era pequeña y la de la derecha, grande, muy
grande. Ahora ya se enfrentan, casi iguales, como si discutieran. Pero en unos
minutos más, cuando el sol baje, la sombra de la izquierda crecerá, avanzará
lento, paso a paso… hasta cubrir a la otra. Y cuando eso pase, David, también
nosotros estaremos envueltos en la sombra. Será hora de volver a Huáñec.
Sus palabras me
estremecieron. ¡Qué manera tan sabia de ver el mundo! Chano no miraba solo
cerros ni sombras: miraba la vida misma reflejada en la naturaleza.
Animado por su
serenidad, saqué del bolsillo un papel arrugado.
—Mire, don Chano, estoy escribiendo unos versos para un concurso de literatura
en el colegio. Quiero que me diga qué le parecen.
Él tomó el papel con
cuidado, como si fuera un objeto sagrado. Lo leyó en silencio una y otra vez,
con la frente fruncida. Al terminar, levantó los ojos y me dijo:
—Está bonito, David. Pero mira… aquí te falta una rima, aquí una coma. Y aquí,
cambia esta palabra, le dará más fuerza.
Mientras hablaba, sus
dedos manchados de aserrín señalaban cada corrección con firmeza, pero con
ternura. Sentí entonces, que aquel carpintero no solo tallaba madera, también tallaba
palabras y pensamientos.
Cuando acabamos de
pulir los versos, la sombra ya nos había alcanzado. El aire se tornó fresco, y
los grillos comenzaron su canto en la quebrada. Caminamos de regreso al pueblo,
paso a paso, en silencio. Yo con la hoja corregida en el bolsillo, él con la
mirada todavía clavada en las montañas.
Aquella tarde,
comprendí que la verdadera sabiduría no se grita: se comparte con sencillez,
como una sombra que avanza despacio hasta envolvernos.
Y estos son los versos
que presenté en aquel concurso:
LECCIÓN DE VIDA
No puedo dar lo que no
tengo,
amor, consejo, ni un solo bien.
Si no lo siento, no lo expreso,
es un engaño, un cruel desdén.
El que no es humilde,
no enseña,
el que no ama, no puede dar.
El hipócrita, con falsa lengua,
solo hiere, sin nada que amar.
Las lecciones sin
corazón,
no son más que un eco vacío,
un grito hueco, un falso eco,
que deja el alma en un vacío.
Si no lo vives, no lo
digas,
callar es mejor, es más sincero.
Aprender primero, luego hablar,
es la verdad, el camino entero.
No hay mayor engaño
que la falsedad,
no hay peor dolor que la hipocresía.
Solo podemos dar lo que llevamos,
con corazón, con verdad, con alegría.
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