sábado, enero 31, 2026

El examen final de quinto año

Colección: El encanto huañino 

Recopilado por David Rivera Romero.


Último día de escuela

Aquel viernes 17 de diciembre de 1965 no fue un día cualquiera. Fue día señalado, día grande, día que uno guarda como semilla en la memoria. Para nosotros, los alumnos del quinto año de primaria, era el día del examen final y, si Dios así lo quería, también el último amanecer como escolares.

Muy temprano, cuando aún estaba “jashpa jashpa” y el gallo apenas aclaraba la garganta, yo ya estaba de pie. En toda la noche casi no había conciliado el sueño. El pensamiento me daba vueltas como trompo mal amarrado: cálculo, lenguaje, historia, geografía… todo se me venía encima. Hasta la madrugada estuve repasando, a la luz temblorosa de la linterna a kerosene, que chisporroteaba como si también se pusiera nerviosa conmigo.

Caminaba de un lado a otro del patio, sin darme cuenta, como quien anda buscando algo que se le ha perdido en la cabeza. Me preguntaba en silencio:

—¿Será muy difícil el examen?
Y yo mismo me respondía:
De ley que será, pues… es oral, ante jurado y delante de todos.

Eso era lo que más me apretaba el pecho: el examen oral, público, con maestros mirándote fijo, esperando que no te trabes, que no te tiemble la voz. A ratos me detenía en seco, mirando el suelo, respirando hondo, y me decía bajito:

—Este viernes es el último día… después ya no seré alumno de primaria, si apruebo, claro está.

—¡Vengan todos a tomar desayuno! —ordenó mi mamá desde la cocina.

Serían como las siete de la mañana. El sol aún no llegaba al pueblo y la mañana era fresca y muy agradable.

Todos desayunaban con calma, como saboreando el momento. Yo, en cambio, comí rápido, como si quisiera huir del tiempo. Mi papá me miró y dijo con voz serena: 

—Ten calma, hijo. No te preocupes. Todo saldrá bien, con el favor de Dios.

Asentí, pero igual terminé pronto. Di las gracias, pedí permiso y salí a alistarme.

Rumbo a la escuela

Me hice la ablución, como nos habían enseñado los maestros, me vestí a la carrera y me puse el guardapolvo, obligatorio ese día. En el bolsón de tela eché mis cuadernos y mi enciclopedia Venciendo, el famoso mataburro, regalo del maestro Juvenal, ya bien ajado, con las hojas cansadas de tanto trajín.

El cielo estaba despejado, de un azul limpio que daba gusto mirarlo. La calle tenía charcos de la lluvia fuerte de la noche anterior, anoche llovió loquera,dijo la vecina, como quien justifica; era la señal clara de que el invierno serrano ya estaba queriendo asomarse.

Al llegar a la esquina me encontré con Juancito, del barrio de Sana Huerta, con Rigo y Banco, del barrio de Canto. Bajaban juntos desde la plaza. Apenas nos saludamos. No hacían falta palabras. Caminamos juntos, serios, como quienes van al encuentro de algo grande, de su propio destino.

Unas cuadras más abajo estaba la escuela, imponente, con sus paredes altas y blancas. El portón abierto de par en par y, en lo alto del mástil, el pabellón nacional flameando con alegría y autoridad.

El patio escolar

Cruzamos el portón y entramos al patio. Me sorprendió el silencio. No había la bulla de otros días. Casi todos leían o conversaban en voz bajita. Nadie jugaba. Nadie corría. Los del cuarto y quinto año estaban sentados, repasando, con los cuadernos abiertos como si fueran salvavidas.

En la esquina derecha estaban Orlando y Guillermo, los más chancones del quinto, haciéndose señas con las manos, memorizando quién sabe qué cosa.

—Seguro quieren el primer y segundo puesto pensé.

—Hola, cholitos, ¿cómo están? —les dije.
No respondieron, pero me hicieron un espacio.

—A ver —dijo Guillermo—, a ti que te gusta geografía: ¿cuáles son los límites del departamento de Apurímac?
Respondí. Él verificaba en la enciclopedia.
—Y tú —le dije—, ¿cómo se halla el volumen de un cubo?
—Y tú, Orlando —agregué—, que eres bueno en Niño y la Salud, dime los huesos de la mano.

Así repasamos un rato, corrigiendo errores. Pero el ambiente estaba pesado, distinto. Hasta los maestros se veían más serios que nunca.

—Será mi nerviosismo —me dije—, por eso lo siento así.

La formación

Sonó el silbato del director.

—¡A formarse, rápido! —ordenaron los maestros.

Eran las ocho en punto, en un santiamén, como decía mi abuelita, todos estábamos alineados por grados y por talla: los más pequeños adelante, los grandes atrás. A la derecha formaban los pichones de transición, al otro extremo los de quinto, los mayores, los alumnos viejos, de once hasta quince años, porque algunos habíamos llegado hasta aquí “repitiendo, repitiendo.”

Seguro los de primer año nos miraban como alumnos grandes y decían: “Esos ya son viejos”, y nosotros, ofendidos, les respondíamos: —¡Cállate, chiuchi!

El maestro Rosas Martínez estaba de turno. Llevaba su saco plomo de corduroy y se veía más serio que nunca.

—Ese será jurado —murmurábamos.

—¡A sus filas! ¡A cubrirse! ¡Alinearse! ¡Atención! ¡Descanso!

Cumplíamos todo al pie de la letra.

Ese día cantamos con fuerza: a la escuela, a Huáñec, a las lagunas, a Runcho Punta y finalmente a la batalla de Tarapacá a la orden del maestro Apolonio. El pecho se nos hinchaba de orgullo.

Luego habló el director, ya mayor, pausado. Nos habló del deber con los padres, con el pueblo, con la tierra. Del orgullo de ser peruanos, huañinos, hijos del Tahuantinsuyo... Yo ya no escuchaba todo. Miraba el patio, los portales, los techos de calamina sostenidos por eucaliptos. Todo me parecía especial. Ya empezaba a extrañar la escuela, aún estando allí.

El salón de quinto año

Entramos al salón, estaba muy iluminado con las grandes ventanas laterales totalmente abiertas. El piso de tierra estaba bien barrido, compacto. La pizarra negra ocupaba casi toda la pared. La mesa del jurado, con franela verde y un crucifijo, imponía respeto.

Me senté en mi carpeta de siempre. La miré con cariño: el tablero inclinado, los tinteros, el asiento de madera. Nuestra compañera durante años.

—Ya no me sentaré aquí —pensé.

Mis compañeros estaban serios, con los labios apretados. Algunos querían seguir estudiando, otros miraban los cuadros en las paredes: héroes, siembra, cosecha, cóndor, puma, serpiente. Todo eso también se estaba despidiendo de nosotros.

El examen oral

A las diez sonó el silbato del recreo, pero nadie salió. 

Pronto empezó el examen. Nunca había rendido uno así. Me daba ánimo y luego me entraba la duda. Recordaba a los dos que se habían jalado el año pasado.

Entró el jurado caminando solemnemente. Nos pusimos de pie. Banco, a mi lado, murmuró:

¡Achichiu! ¡Achichiu!
Y el miedo me recorrió entero.

El director habló, nos tranquilizó. Luego el maestro Rosas explicó el procedimiento.

Los padres estaban atrás, de pie, erguidos, orgullosos. Los alumnos menores miraban por las ventanas.

Fuimos pasando uno por uno. El jurado ayudaba si había error. 

Hubo respuestas memorables. La de Beto con los puntos cardinales, ubicándolos según las chacras de su papá, —El Este por el lado de Pilanta, el Oeste por el lado de Huancajraro, el Norte por el lado de Churca y el Sur el lado de Uclo, sacó muchas sonrisas.

 Guillermo, con su explicación del tiempo en horas, al tratar de demostrar que 11+3 puede ser 2. Dijo —Si a las 11 horas de la mañana le sumo 3 horas, me da las 2 de la tarde. — razonamiento que dejó pensando a los maestros.

Finalmente, todos aprobamos. Algunos muy bien, otros "raspando". Sin embargo, cada nota fue celebrada con aplausos.

La despedida y la lluvia

Cuando salimos al patio, ya había pasado el mediodía. Solo los de quinto formamos, cantamos el Himno nacional y luego aquel huayno escolar que aún duele recordarlo:

Adiós escuela donde mi niñez yo pasé…

El director, ahora con voz potente, dijo:

—¡Rompan filas!

Era el punto final de estos años felices en la escuela de varones 476.

Había alegría y pena juntas. Ya no éramos niños.

Salimos despacio de la escuela, el cielo se había nublado. La lluvia nos alcanzó en la calle. Corrimos a guarecernos y, al mirar hacia arriba, en Pilanta, vimos sol y lluvia a la vez. Una turmanya grande, multicolor, se alzó en el cielo, pintando un paisaje sobrecogedor.

—Hasta la naturaleza nos felicita hoy —pensé—, con lluvia, con sol y con turmanya.

Y en el corazón repetí, como despedida:

¡Adiós escuela donde mi niñez yo pasé!

¡Adiós...!


jueves, enero 01, 2026

Donde la luna alumbra el recuerdo

 

Colección: El encanto huañino
Escrito por David Rivera Romero 

Camino de Chinca - Huáñec

 De regreso a casa

Dicen los antiguos que cuando uno vuelve al pueblo, no regresa solo el cuerpo: vuelven también los pasos antiguos y las penas bien guardadas.

Javier, o como todos lo llamaban de chiquillo, Javicho, regresaba a su querido Huáñec después de más de una década. Apenas llegó a la entrada del pueblo, después de caminar largas horas desde la estación, sus ojos se llenaron de un brillo nostálgico. El aire fresco de la sierra lo recibió con el aroma a eucalipto y tierra húmeda, mientras el sonido lejano del canal de “Lalancucho” le recordaba su infancia. Al fondo, el Apu Huaylayo se alzaba imponente, guardián eterno de las memorias del pueblo.

Esa tarde, luego de reencontrarse con sus padres y hermanos, merendaron juntos como en los viejos tiempos: café pasado en fogón, pan serrano calentado en la “callana”, queso fresco y un poco de cancha amarilla que su madre tostaba con cariño. Pero mientras reía con su familia, en el fondo de su corazón palpitaba un recuerdo profundo que nunca lo abandonó. Aquel amanecer de su partida.

El amanecer de la despedida

Javicho tenía apenas 17 años cuando dejó Huáñec para ir a Lima en busca de “un mejor porvenir” como decían los mayores. El sol aún no asomaba detrás del Huaylayo, y las nubes, blancas como ovejas dormidas, bordeaban el cielo de un azul profundo. El viejo reloj de la casa marcaba las siete en punto. A esa hora, con la alforja al hombro, inició la caminata con paso decidido pero el corazón encogido. Lo acompañaban sus padres, que lo despedían con orgullo, pero también con los ojos húmedos. Él, sin embargo, al llegar a la portada de Shush, miraba discretamente hacia todos lados, esperando ver a Dorita, la muchacha huañina de ojos claros que le había robado el corazón.

No estaba.

“¿Por qué no vino?, dijo que me esperaría en la portada”, pensaba mientras los pasos lo alejaban de su casa, de la plaza, de ella. Pero al llegar al recodo del camino, justo frente al viejo molino abandonado, Dorita apareció como un suspiro. Llevaba puesta una manta labrada, un quipe en la espalda y el cabello negro sujeto con una trenza que parecía tejida con hilos de viento. Corrió hacia él y se colgó de su cuello. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No quise despedirme allá, delante de todos —dijo, sollozando—. Por eso te esperé aquí.

Sacó de su quipe una pequeña talega de tocuyo blanco.

—Te traje tu fiambre. La cancha la tosté recién, aún está calientita, y aquí hay queso seco.

Javicho, conmovido, guardó el paquetito en su alforja.

—Dorita —le dijo—, ya debo irme. Si no, llegaré tarde a la estación y perderé el carro. Pero te juro que antes de doce meses regresaré a verte. Te escribiré desde Lima y tú me escribirás también, ¿sí?

Dorita asintió, aunque un nudo en la garganta no le permitió pronunciar palabra. Se abrazaron fuerte, como queriendo detener el tiempo. Luego, un beso selló ese amor que había nacido en estas tierras, como las rojas flores del “chinanhuayta” en primavera.

Los meses pasaron. Las cartas volaron entre Lima y Huáñec, llenas de palabras amorosas, promesas y sueños. Pero el tiempo es un río traicionero. Javicho no pudo regresar ese primer año, ni el segundo. Al tercero, las cartas de Dorita cesaron. Él, herido en su orgullo, dejó también de escribir…

La piedra y la voz del viento

Ahora, de vuelta en Huáñec, después de la merienda en la tosca mesa grande de la cocina con sus padres, se levantó luego de pedir permiso, se envolvió con su poncho nogal de listones azules y la suave bufanda que hace tanto tiempo, Dorita le tejió con hilo de alpaca y salió a caminar por las angostas calles, llevaba una linterna a pilas en la mano, aunque la luna nueva y el cielo estrellado alumbraban lo suficiente.

Tenía la intención de ir a la plaza, pero el corazón lo desvió. Se encaminó hacia el oeste, rumbo a Antamaque, donde alguna vez vivió Dorita. A cada paso, los recuerdos le susurraban: las risas, los paseos y las confesiones bajo el árbol de sauco. Sin darse cuenta, llegó a la casa de adobe que tantas veces ha visitado antes, aún conservaba la pintura blanca, la vetusta puerta marrón de madera, el techo de calamina. Sin embargo, ahora solo escuchaba el sonido del silencio. La puerta estaba asegurada con el candado azul, que lucía viejo y oxidado; las ventanas cerradas y oscuras, no había la luz de la lámpara a kerosene que se filtraba por las rendijas; los perros de antaño ya no estaban. El silencio y los recuerdos le apretaron tanto el pecho que apenas podía respirar.

Siguió caminando muy lentamente, sintió como flotara en el aire, cruzó el portillo de piedras y salió a la campiña y avanzó por el camino angosto, flanqueado por pircas de piedra y eucaliptos, hasta llegar a la gran piedra laja que yacía al lado izquierdo, testigo de tantos reuniones y tertulias juveniles. Subió sobre ella, se abrigó con su poncho y se acomodó como lo hacía antaño.

La memoria

No necesitaba cerrar los ojos para recordar, los recuerdos se agolpaban en la memoria. Sentía, como antes, que Dorita aparecería en cualquier momento. Parecía escuchar su dulce voz, contándole que había ordeñado las vacas, que un ternero se había escapado, que ese día el queso no había completado el molde y tantas cosas cotidianas. Y él, por su parte, le contaba el detalle de cómo se cayó del burro en plena plaza mientras la buscaba con la mirada.

—Esa tarde decidí pasar por la plaza, entré por la calle de abajo con mis burritos, —susurró—, pensando que estarías sentada en la grada de la plaza, te busqué con la vista entre el gentío; y justo cuando te vi, el burro que montaba dio un salto y me caí en plena acequia. ¡Qué vergüenza sentí! Pero tú solo reías bajito con las dos manos en la cara. Risa dulce y clara como el sonido un arroyo.

Al retornar de los recuerdos, ahora solo sintió que las lágrimas se deslizaban silenciosas por sus mejillas. El viento soplaba suavemente y hacía crujir las hojas del viejo eucalipto cercano. Entonces, una voz interior, o tal vez el susurro del árbol, pareció decirle:

—Ella te esperó muchas tardes y noches aquí mirando el horizonte como buscando entre la gente que llegaba al pueblo… hasta que un día, ya no vino más. Pocos días después, una noche muy oscura, a eso de las siete doblaron las campanas…

—Ya no sigas —murmuró Javicho—. Ya sé que se fue.

Se quedó en silencio. Sintió, por un instante, que Dorita estaba allí como antes, sentada a su lado, mirándolo con ternura con esos grandes ojos pardos tan encantadores. Cuando el canto lúgubre del tuco lo devolvió a la realidad, se puso de pie, miró el cielo. La luna de otoño, la luna de Antamaque, parecía esconderse entre las ramas, avergonzada por no poder consolarlo.

Entonces, con voz quebrada, Javicho habló por última vez:

—Dorita, esta vez sí he venido a verte. Pero tú ya no estás para esperarme. Te fallé, y el destino no me perdonó. Solo me queda esta piedra, este cielo, y el recuerdo de tus suaves manos tibias…

El frio viento sopló más fuerte, y las hojas del eucalipto danzaron como si quisieran abrazarlo. Un rayo de luna cayó sobre la piedra, como una despedida, como una señal de que el amor verdadero no muere… solo se transforma en memoria.

Y así, en la soledad de la noche serrana, Javicho se quedó allí, abrazado por los árboles y la luna, esperando un consuelo que quizá solo los Apus puedan ofrecer.