Recordar es es volver a vivir, reza el dicho, les invito a jugar el en ciprés de la plaza.
Colección: El encanto huañino
Esa noche el frío
había llegado antes que la luna. El aire cortaba la cara como un cuchillo de
piedra, pero la noche era tan clara que hasta las estrellas parecían más cerca.
Me puse el poncho nogal, la bufanda blanca que mi madre tejió cuando partí a la
ciudad, y salí a caminar por las calles del pueblo. Eran cerca de las ocho, y
el silencio se metía por las rendijas de las casas, como si todos estuvieran
guardando secretos.
Qué distinto se veía
Huáñec ahora, pensé mientras avanzaba. Cuando llegué, a eso de las cinco de la
tarde, la vida hervía por todas partes: niñas cargando baldes de agua desde el
caño de la esquina, con las trenzas saltando a cada paso; niños arreando piaras
de burros que se resistían a caminar, rebuznando y pateando el polvo; hombres y
mujeres guiando sus borregas, sus reses, entre carcajadas y silbidos, rumbo a
los corrales. Una mezcla de voces, risas y el aroma de tierra mojada llenaban
el aire. Hasta las campanas de la iglesia sonaban alegres, aunque solo fuera
para anunciar la misa de las seis.
“Este es el encanto
huañino”, me dije entonces, cansado pero feliz de estar de vuelta después de
tantos años. El viaje había sido largo y arduo: nueve horas caminando desde la
estación de ómnibus en el paraje de Huayquilla, al otro lado del abra de Tres
Cruces, con el costalillo al hombro, liviano porque dentro llevaba apenas mi
ropa y unos cuantos panetones envueltos en papeles rojos, azules y verdes
—comprados en la panadería del chino José en La Parada— para regalar a los
míos. Ya era diciembre y pronto llegarían la Navidad y el Año Nuevo, y uno no
puede llegar con las manos vacías.
Pero ahora, a esa hora
de la noche, las calles estaban vacías y oscuras. Solo la luna comenzaba a
derramar su luz por las faldas de los cerros de Lalancucho y Moya, y las
estrellas se esparcían como granos de maíz blanco en el cielo. El silencio era
tan profundo que se podía oír el suave murmullo de la pila de agua desde la
esquina.
Avancé despacio,
esperando encontrar a alguien con quien cruzar palabra. La pila seguía allí,
eterna, dejando escapar su hilo cristalino con un sonido dulce y frío. Me
apreté la bufanda, miré a todos lados, pero no había ni un alma.
Doblé la esquina rumbo
a la plaza. Desde abajo, ya se divisaba al final de la calle el alto
campanario, con su base de piedra y su techo de calamina que brillaba
débilmente. Al llegar a la plaza encontré la misma soledad. Solo la luz de la
luna y las estrellas permitían ver con claridad las siluetas de los cuatro
cipreses, que custodiaban cada cuadrante.
Tres de ellos se
alzaban altísimos, orgullosos, con sus hojas escamosas apuntando hacia el cielo
como lanzas verdes. El cuarto, en cambio, era diferente: muy bajito, pequeño,
con un tronco corto y retorcido, sus ramas enmarañadas y su follaje tan espeso
que parecía esconderse de la mirada ajena. Ese estaba plantado frente a la
iglesia, apartado en cierto modo de sus hermanos altivos.
Me detuve y lo miré
con cariño. Recordé cuando de niño yo solía trepar a ese ciprés bajito, el
único que se dejaba conquistar por nuestras manos pequeñas. También recordé la
fotografía que mi madre mandó a tomar una tarde de 28 de julio, después del
desfile escolar: yo de pie frente a aquel ciprés, con mi uniforme impecable y
un orgullo inocente en los ojos.
—¿Te acuerdas de mí,
compadre? —le murmuré, sin darme cuenta—. El que siempre andaba colgado de tus
ramas…
En ese instante,
juraría que una brisa suave me revolvió el cabello como respuesta.
Las ramas susurraban,
y me parecieron las voces de mis compañeros de infancia: “¡A que no llegas
hasta la punta!”, “¡Agárrate bien, que te caes!”, “¡Mira cuántas semillas
junté!”.
Cerré los ojos y, por
un momento, pude vernos: un puñado de niños, trepando y descolgándonos como viscachas
entre las ramas, riendo a carcajadas, arañándonos las manos y las rodillas.
Recordé también cómo recogíamos las semillas redondas que el árbol dejaba caer
como canicas mágicas para nuestros juegos.
Me senté al pie del
ciprés, recostado contra su corteza. Sentí el frío de la tierra, el perfume del
musgo y de las flores de retama que alguien habría dejado en la iglesia. Desde
allí miré al campanario y a las estrellas. La luna ya estaba alta y plateaba la
plaza entera.
Entonces, recordé una
leyenda que solíamos contar mientras jugábamos aquí, a veces a escondidas, a
veces en voz alta para asustar a los más pequeños. Decían los abuelos que ese
ciprés, el más bajito, estaba hechizado. Que, en las madrugadas de enero,
cuando la neblina cubría la plaza, se le veía moverse, estirando sus ramas como
si fueran brazos, y que quien se atrevía a treparlo a esa hora podía escuchar
las voces de los niños que ya no estaban, los que partieron jóvenes, llamando
desde el tronco.
Me reí solo al
recordarlo.
—No te enojes, compadre —le dije en voz baja, dándole una palmadita al tronco—.
Yo no creo en cuentos… pero igual no me trepo esta noche.
El viento volvió a
agitar las hojas, y, por un instante, me pareció que una risita infantil
flotaba entre las ramas.
—Sí, sí —añadí—, tú
también extrañas nuestras travesuras, ¿verdad?
No supe cuánto tiempo
estuve ahí, con la cabeza recostada en el tronco. Cuando volví en mí, la luna
bañaba toda la plaza, y las calaminas del cabildo brillaban alegres. En las
ventanas más cercanas, algunas luces temblaban, y un aroma a patache con masara
caliente llegó desde alguna cocina cercana.
Me levanté despacio.
Me sacudí el polvo, me acomodé el poncho y el sombrero. Ya no sentía nostalgia.
En el pecho había un calor sereno, como si alguien —quizá el propio ciprés— me
hubiera reconfortado.
Me incliné levemente y
murmuré:
—Gracias, amigo. Volveré pronto.
Al dar unos pasos
hacia el mercado, volví la vista una última vez. Las estrellas parecían
colgarse de las puntas de los cipreses más altos, mientras el pequeño, con sus
ramas retorcidas, se recostaba contra la luna como un viejo guardián
satisfecho.
Y así, con el corazón
ligero, caminé rumbo al mercado a buscar una tasa de chocolate “tigre” caliente,
seguro de que esa noche el ciprés también dormiría tranquilo.

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