La Despedida Huañina
Colección “El encanto huañino”
Autor: David Rivera RomeroLa fiesta del pueblo, la más grande, había llegado a su fin. El bullicio se tornaba silencio, los trajes bordados de fiesta dormían bien dobladitos el al baúl o colgados en los clavos de los cuartos de adobe hasta el otro año, y los músicos empacaban con nostalgia sus instrumentos. Hoy partían los “residentes”. Aquellos hijos huañinos que, como golondrinas de estación, regresaban cada año desde Lima o más allá para llenar la plaza con recuerdos, con abrazos, con chamis y con chicha de airampo.
En la portada de Shush, ese arco flanqueado por dos antiguas capillas coloniales, que marca el límite entre el adentro y el afuera, se concentraban las despedidas. Besos, abrazos, promesas, y lágrimas que el viento secaba sin pedir permiso. Entre todos, destacaba Daniel, un joven huañino residente en Lima que había regresado después de cinco largos años. Volvía con ansias de tierra, de pueblo, de fiesta, de banda y de reencuentro. Pero más que nada, volvía por ella: Juanita, su ñatita querida, esa linda flor huañina que aún lo esperaba.
Ella, con los ojos llenos de rocío, le alcanzó una taleguita con fiambre: cancha amarilla, queso seco y un trozo de charqui envuelto en papel de bolsa de azúcar. Daniel no quería irse, pero tenía que hacerlo. Llevaba en el hombro varias huantalinas bien cargadas de frutas, quesos, “machca” de cebada y uno que otro encargo de última hora. En sus alforjas, reposaba su terno azul, ese que usó para pasar de “cabecilla” y su sombrero de macora.
Juanita estaba muy cerca de la Capilla, con las manos apretadas contra el pecho, como si con ellas pudiera contener ese dolor que le subía desde el ombligo hasta la garganta. A su alrededor, sus amigas intentaban consolarla: “¡No llores, zonza! Le decían. Si él te ha prometido que volverá para llevarte a Lima, seguro lo hará. Vas a ver, solo es cosa de esperar”.
La banda de músicos, con los pulmones aún henchidos de aire limpio serrano, comenzó a tocar la “Despedida Yauyina”. Esa mulisa que parte el alma, aunque uno no quiera, que tiene en cada nota el susurro de un adiós.
Daniel, que ya estaba montado en su caballo, desmontó de golpe. Cruzó la multitud como si el tiempo se detuviera, tomó la mano de Juanita y la llevó al centro de la ronda. Allí, entre pasos y giros, bailaron. Él tenía los ojos rojos, dijo que era por el chamis que le habían dado en la mañana, pero todos sabían que era por las lágrimas que no quiso dejar escapar.
Ella lucía un sombrero blanco con un prendedor de plata que Daniel le regaló dos días antes. Su manta labrada tenía bordadas las iniciales de su nombre, y el mandil largo de cuerpo entero nuevo —hecho por la tía Ricarda— brillaba como un bordado de estrellas en cada bolsillo. Sus llanques “tapsha”, con cintas multicolores, daban vueltas con elegancia sobre el suelo polvoriento de la portada.
Daniel vestía una casaca negra de cuero, un pantalón caqui, y zapatillas blancas recién lavadas. En la cintura llevaba una cadena con silbato y un puñal de viajero que su tío le había regalado como amuleto. El sombrero negro, adornado con flores rojas y blancas, resaltaba su apariencia de un apuesto joven mestizo entre los antiguos danzantes del tiempo.
El sol ya calentaba las laderas de Lalancucho, dorando los cerros y acortando las sombras. La despedida estaba en su punto más triste. Entre abrazos, besos y miradas, se escuchaban gritos de ¡Hasta el otro año, paisano! ¡Que te vaya bonito!
Mientras la banda seguía:
“Adiós, Dios linda huañina, Llegó la hora de mi partida, Ay qué cruel es el destino, Separarme de mi adorada…” (1)
Daniel montó su caballo, pero antes de partir, buscó con la mirada a Juanita. Sus ojos se encontraron una vez más. No dijeron nada con palabras, pero sus pupilas se hablaron como solo los que han amado saben hablar.
Con un espuelazo, el caballo arrancó. Juanita ya no pudo disimular y rompió en llanto. Daniel se alejaba con el corazón apretado. Al llegar al Molino, las lágrimas ya eran dueñas de su rostro. Sacó un pañuelo blanco, de esos que se llevan solo para despedidas importantes, y lo agitó mirando hacia atrás. En Shush, aún sonaban las últimas notas de la banda.
Al pasar por Chinca, ya no se escuchaba la música. Solo el trote de las cabalgaduras y algún silbido lejano. Daniel sacó su silbato y, con fuerza, tocó ese sonido especial que tantas veces usó para llamar a Juanita. Un sonido que solo ella reconocería. Un silbido que atravesó las quebradas y fue a chocar directo contra el pecho de su ñatita que aún lo buscaba con los ojos.
Al llegar a Peña Blanca, se sacó el sombrero y lo alzó volteando la mirada hacia Calpa. Lo agitó con fuerza, como si en ese ademán se fuera también su alma. Allí, entre piedras, viento y maguey, dejó una promesa sellada con silencio.
En su corazón, llevaba un cofre invisible donde guardaba las palabras no dichas, los abrazos robados y el sabor de la chicha de airampo compartida. Cuando regresara -porque así lo había jurado- no vendría solo con regalos, sino con la decisión firme de pedir la mano de Juanita.
Historias de amor como la de Daniel y Juanita abundan en el pueblo cada año, unas crecen y se fortalecen cual un eucalipto, soportan todos los vientos y tempestades y perduran para siempre; otros crecen un tiempo, soportan vientos fuertes, pero basta una tempestad para arrancarlos de raíz y se secan lentamente a pasar de los días, otros no siquiera soportan una ventisca y cual hoja seca vuelan y desaparecen rápidamente sin dejar huella alguna.
Cada historia tiene su propio camino, Daniel y Juanita tenían la esperanza de que amor fuera tan fuerte como el eucalipto.
¡Adiós, Juanita! Llegó la hora de mi partida, Ay qué cruel es el destino, Separarme de mi adorada…”
(1) Fragmento de la obra musical “La Despedida Yauyina” de la Calandria peruana, Olga Espíritu Javier.


